Reflexiones atípicas en torno a un cáncer

Simulacros del fin del mundo | Por Lucas Asmar Moreno

Tengo o tuve cáncer. La clausura nunca es clara, siempre se espera la biopsia de una biopsia. Indistintamente del tiempo verbal, me llama la atención lo mal que encaja esta enfermedad con el dramatismo hollywoodense. Desde que me encontraron un tumor haciendo metástasis en la garganta hace dos meses hasta su reciente extirpación, la cadena de acciones se asemejó más a un capítulo de The Office. Quizás haya sido mi tipo de cáncer, uno apático y simple, de tiroides, o bien el contexto surreal: una pandemia. La muerte planetaria destituyendo una muerte precisa, impertinente en demasía.

La palabra cáncer aún no se despoja de su historia y supongo que espanta. Como en todas las familias, en la mía hubieron muertes cancerosas traumáticas, procesos implacables que pese a su velocidad resultaron lentísimos. Las agonías, disconformes con el tiempo mundano, buscan su propia medida y en ese capricho tuercen la temporalidad de quienes rodean al enfermo. Pero mis dos meses fueron dos meses exactos. Dos meses curiosos, claro, pero no deformes. Llegué a preguntarme si no estaría disociado, o en shock, pero sincerarse en la duda marca una distancia con la locura.

Tras el diagnóstico tomé una decisión que a muchos les resulta insana: callar. Algo más severo que la discreción: hermetismo absoluto. Seguí con mi vida en cuarentena, solo que yendo dos o tres veces por semana a una clínica para hacerme estudios.

–¿Ya le dijiste a alguien? –me preguntó la médica.

–No.

–¿Y tus padres?

–Viven en otra provincia, no podrían venir, enloquecen.

Resignada, la médica arrojó migajas de sabiduría: –No te va a pasar nada, pero hablarlo con alguien te puede hacer bien.

Se daba por sentado que yo estaba mal por fuera de lo biológico y no era así. Trampas que ponían al cáncer en una situación injusta: era lo peor que podía pasarle a un cuerpo, una pincelada con sangre de cabra para que te identifiquen. Tendría cierto sentido: estadísticamente es una de las principales causas de fallecimiento. De no concretarse, te deja maltrecho o sin órganos. Mi glándula tiroides, por ejemplo, ya no existe, tendré que tomar una pastilla vitalicia. Lo raro era no percibir una amenaza interna. Sabía que algo se estaba desparramando, que requería cirugía, pero no había incomodidad.

Frase recurrente: “mi lucha contra el cáncer”. Esa lucha en sentido estricto no existe, nadie comanda con la mente ejércitos nanotecnológicos que matan células cancerígenas. Uno apenas soporta el tratamiento que le imponen y aguarda a que se vayan los dolores. No se me ocurre nada más pasivo. La lucha sería, en todo caso, anímica. Esto implica enfrentarse con uno mismo, ceder a una lógica bélica en donde tanto aliados como enemigos son imprecisos, camuflados por humores diversos (desesperación, optimismo, miedo, esperanza). Tenía pocas ganas de morirme a los 37 años, pero asumir que contra el cáncer “se luchaba” era un sinsentido. Y aclaro: tampoco considero al cáncer mi amigo, prefiero no tenerlo y quiero que la ciencia actúe sobre mí cuanto antes.

Empezaba a resultarme obvio el retaceo de la noticia. Nada del imaginario de esta enfermedad me cerraba. El heroísmo de atravesar solitario un suplicio quedaba descartado. Hasta el día de hoy, pensarlo así me repugna, porque implica usufructuar la morbidez para luego legitimarse en la valentía de los que tocan el umbral del inframundo. Pretender que el cáncer te ennoblezca es pasarle factura, quedar lo suficientemente resentido como para exigir ante los demás una cuota de prestigio por los contratiempos de un veredicto errado. El cáncer no te elige ni uno se lo genera, simplemente sucede bajo un fascinante azar biológico. Fenómenos en boga, como la biodecodificación, no hacen más que actualizar las ideas que Susan Sontag quiso exorcizar en su ensayo “La enfermedad y sus metáforas”.

Atravesar una patología culturalmente limítrofe puede ser una experiencia extraordinaria. Compartiendo el parte médico, la experiencia justamente se atrofiaba bajo sus estigmas. Alrededor del cáncer hay un exceso de lugares comunes: la impotencia de la familia, la tristeza de las amistades, las condolencias de los colegas, reacciones empaquetadas en fórmulas léxicas como “tenés que ser fuerte” o “todo va a salir todo bien”. Interferencias que le expropian al enfermo ese vínculo único e irrepetible que tendrá con la enfermedad.

Cuánta urgencia por reinventar mi relación con el cáncer. Era algo que me ponía en riesgo sin por ello significar enemistad. Ese quejido bíblico “¡¿por qué a mí?!” diluía su melodrama para dejar una aserción imperturbable: “a mí”. Por eso la percepción que mejor se ajusta a mi cáncer es la de un devenir artístico: proceso idéntico a la interpelación emocional y profunda que provoca una obra de arte. Al placer por lo incierto se le mezclaba el temor por lo incierto. La vida y la muerte como una moneda girando en el aire en cámara lenta. La cuenta regresiva a la cirugía imponía una vibración sentimental que nunca antes había experimentado. Jamás llegaba al extremo del pesimismo ni del jolgorio new age; era un cosquilleo en el estómago que jugaba con la desintegración de todos sentidos.

–Respeté tu decisión –me anunció la médica horas antes de entrar al quirófano–, pero por protocolo me tenés que pasar un número de teléfono por si te morís.

Su planteo me pareció razonable. Le pasé el número de un amigo viviendo en Buenos Aires y lo llamé para avisarle que podían llamarlo.

–¿Quién me va a llamar?

–Una médica.

–¿Por qué?

–Porque tengo cáncer y en un rato entro al quirófano.

Al despertar, otro amigo me miraba incrédulo desde el sillón de la habitación. Alucinaba, seguía bajo los efectos de la anestesia, con cables en la garganta y en los brazos. Pero al rato apareció otro amigo y después otro más. El cáncer dejó de pertenecerme. Tampoco estaba mal, el devenir artístico de la enfermedad había gozado de una prolongada exclusividad. Además, mi tajo en el cuello es indisimulable: la ebullición interna de las células cancerígenas se calmaba a cambio de dejar una impronta externa. Mi experiencia pasó a ser colectiva y se teje en torno a ella una red de ternura y solidaridad que me deja pasmado. Jamás imaginé semejante coordinación amorosa en un momento planetario tan hostil.

Por supuesto, demás está decirlo, esta columna intenta darle las gracias a los que contuvieron su enojo en los últimos días y explicarle mis razones a los que se acaban de enterar. A la aventura de la quimioterapia no me la reservo y la iré relatando por alguna red social.

 
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