La novela familiar de un androide

Simulacros del fin del mundo | Por Lucas Asmar Moreno

Odiar a Lionel Messi es tan infértil como amarlo. Ambas instancias quedan reservadas para los ídolos, seres que a fuerza de carisma e industria cultural aniquilan la racionalidad y activan una devoción pura o un asco visceral. Maradona, Houllebecq, Evita, Woody Allen, Moria Casán. Este trémolo emocional no lo provoca Messi, aunque su juego genere embelesamiento. ¿Sería Messi el primer artista que se desligó de su obra? Tampoco: todo sujeto mediático, lo quiera o no, adjunta su personalidad como plusvalía de la obra. Surge entonces una duda: ¿cuál es la personalidad de Messi y qué le impide entrar en el fervor religioso? Sabemos que le sobra industria cultural (Messi es más Messi que nunca en los videojuegos de EA Sports), pero que le falta carisma (la malicia de algunos le adjudican, en el más benevolente de los casos, un Síndrome de Asperger). ¿Por qué este desbalance tampoco resuelve el enigma?

El Bayern Múnich destroza al Barcelona por 8 a 2 en los cuartos de final de la Champions League. Messi anuncia que se retira del club que lo cobijó durante 20 años. La noticia genera un simpático revuelo y en el enjambre se viraliza el video de un hincha que, aún masticando la humillación de la goleada, hace su descargo. Dice, entre varias cosas, que, sin el Barça, Messi no es nadie, que el Barça le dio todo y que el nombre de Messi será olvidado, no así el escudo.

Lamentablemente estas aseveraciones son, como suele decirse ahora, contrafácticas, pero hay algo indiscutible en la premisa de que el Barcelona diseñó a Messi desde su más temprana edad. Habría que revisar el dilema: ¿Messi le debe todo al Barça o el Barça le quitó todo a Messi? ¿Es posible entrever una deuda bioética del Barça para con Messi?

Cuando Messi se frustra con la selección argentina declara su renuncia, aunque luego da marcha atrás. Sintomatología explícitamente histérica que ahora sucedió con el Barcelona. El impacto fue más atroz porque romper con tu selección implica deshacer un chauvinismo anacrónico (¿qué centennial iría a una guerra para defender a la patria?), mientras que romper con el Barcelona significa la rebelión de la máquina ante su creador. Messi le da la espalda a la entidad que le inyectó hormonas de crecimiento y que le proveyó un ejército de médicos calculando hasta la frondosidad de su barba. El Barça pergeñó un estilo de juego basado en la potencia matemática de su criatura.

De Messi se aman las estadísticas, se contabilizan lascivamente los goles, las asistencias, los balones y botines de oro. En el 2017, algo tan chiflado como un estudio del Centro de Investigaciones de Historia y Estadística del Fútbol Español (CIHEFE) lo rotuló como el jugador más determinante de la historia de la liga española. Cada nuevo récord excita al periodismo y algunos de estos récords son asombrosamente estúpidos, como ser el “primer jugador argentino en convertir goles a todas las selecciones sudamericanas”. La adoración hacia Messi se asemeja a la intriga por la obra de un alquimista que va presentando versiones cada vez más sofisticadas de su piedra filosofal.

¿Qué otro jugador es sometido a esta tiranía del cómputo? Ni Ronaldo, ni Neymar, ni Mbappé. El pathos del ídolo, eso que los hace impredecibles e impunes, cede ante la asepsia algorítmica. Se acusa a Messi de no tener carácter, pero se lo formó justamente para no tenerlo, porque un carácter atentaría contra la obediencia robótica. Messi es la consumación del nuevo paradigma futbolístico, lejano a la mística del potrero y cercano al desafío algebraico. Messi es lo controlable, lo predecible, lo optimizable.

Por eso el video del hincha del Barça parece tan atinado: un androide que pretende sublevarse resulta perturbador e inmoral. Messi como androide no debería ser dueño de su destino, y esta condición trágica excede el plano profesional, como una mancha tan potente que traspasa un abrigo y se impregna sobre las prendas inferiores. A través de Messi no solo se aprecian los hilos del Barcelona, también ganan visibilidad los integrantes de su intimidad: la sensual Antonella, el bromista Mateo, el manager Jorge, el amigo Kun. Estos satélites le dan gravedad a Messi como si las leyes físicas se invirtieran: gracias a las órbitas satelitales gira el planeta.

Messi está al servicio de emblemas que lo anteceden: un club, una mujer, un amigo, un padre. Y a todos les guarda idéntica fidelidad. Messi encarna un statu quo que no muta, sino que se hace cada vez más parecido a sí mismo. Este devenir es carcelario, un laberinto del que se hará imposible salir. El escándalo que generó la falsa rescisión con el Barcelona no diferiría en nada del escándalo que generaría la separación con Antonella o un cambio de manager.

La única chance que tiene Messi para romper su maleficio de no-ídolo es consumando el mito de Frankenstein: rebelándose por completo contra su club, contra su país y contra todo ese folklore de centro derecha que lo mantiene dócil, incluyendo su fundación de UNICEF. Los berrinches ante las caídas futbolísticas serían incipientes cortocircuitos y ojalá se multipliquen. El androide sublevado será el nuevo mito fundacional, un terrorista del sponsor, un caos para los guardianes del copyright. Este androide enloquecido, hackeando el mercado de pases y el conservadurismo familiar, incitará una indignación similar a la del hincha del video.

Y luego del odio, por supuesto, sobrevendrá el amor verdadero, enceguecido, incondicional. Messi, al fin, se alza como el Ídolo de los Androides: representante de aquellos que arrastrados por una idea de optimización perdieron el control de su voluntad.

 
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