Alberto, el mediático

Simulacros del fin del mundo | Por Lucas Asmar Moreno

Un fantasma recorre la presidencia de Alberto Fernández: no es él quien tiene el poder sino su vicepresidenta: CFK. Que esto sea cierto o no carece de relevancia: el problema es cuando un imaginario se instala, porque aún siendo falso, a largo plazo trae consecuencias reales. Todo rumor es como una macha de café insignificante que, al ser detectada, se intenta remover con furia, creando una mancha más notoria. ¿Cómo demuestra Alberto que tiene las riendas de la conducción?

Hasta el momento, pareciera que la estrategia para desterrar ese imaginario de “Albertítere” o “Alberso” es la hiper mediatización del Presidente: ocupar infinidad de horas televisivas en señales heterogéneas, desde C5N hasta TN, pasando por programas surtidos, como La Peña de Morfi, o lives en Instagram con Residente, de Calle 13. En simultáneo, la figura de CFK se oculta. Un inconveniente: con la exhibición intensa, el imaginario a desterrar podría intensificarse. Más explicita Alberto su poder en las pantallas, más obvio sería que no lo posee.

Pero se tiende a menospreciar la fuerza misteriosa de la mediatización. Un imaginario defensivo puede devorar al imaginario ofensivo sin hacer ruido. A la fantasía de que Alberto no tiene poder se le superpone una simulación televisiva que, a largo plazo, tendrá un peso performático afectando la percepción.

Empezaría a ser identificable la presidencia de Alberto Fernández no como acumulaciones de Plazas de Mayo sino de horas televisivas, en perfecta sintonía con el estado pandémico del mundo, que restringe el contacto físico, vela el espacio público e impone un despliegue infernal de telecomunicaciones. Alberto se transforma así en un Gran Hermano que, tenga o no poder, lo teatraliza.

Estrategia atípica y original, considerando las presidencias antecedentes. CFK se valía de un aparato propagandístico que usurpaba el aire televisivo a través de cadenas nacionales. La transmisión se cortaba y CFK regalaba shows de stand up. Contaba con su propio set y con la asistencia de funcionarios que aplaudían sus ocurrencias. Macri, por su parte, era un discapacitado mediático: sin un telepromter no lograba hilar ideas ni modular dos oraciones seguidas. Carente de IQ y fonoaudiología, la exposición espontánea de Macri en los medios derivaba en memes, por eso era tan necesario el beneplácito periodístico, la exactitud del focus group y la cibermilitancia instalando trendings topics. Macri era el coaching total, hombre atado al guión, relatado a través de fotografías estilizadas.

Alberto se desliga de ambas estéticas: no se impone soviéticamente ni subliminalmente. Podría decirse que Alberto no la juega de local y es un nómade televisivo, un flâneur desalojado de la Casa Rosada. Porque una condición fundamental del mediático es no poseer el medio, sino existir a través de él.

Lo más parecido a una cadena nacional en Alberto fueron las extensiones sistemáticas de la cuarentena. Al estar pautadas cada quince días y no ser sorpresivas, adoptaban un tono folletinesco, en donde la narrativa no era del todo libre: “aumentan los contagios, seguimos en cuarentena y en dos semanas diremos lo mismo”. Detalle fundamental: a esto no lo anunciaba solo, sino bajo el coprotagonismo de Axel y Larreta, logrando un degradé político inusual. Cada tanto aparecían gobernadores del interior del país encerrados en pantallas LEDs gigantes. Estas emisiones adquirían el tono de una sitcom distópica y transpartidaria, en donde Alberto era un personaje más dentro de una trama que lo excedía.

¿Es la mediatización radical de Alberto un gesto de vanguardia para una democracia gastada y negligente, caída en el descrédito? Dentro de la fogoneada “Nueva Normalidad” –virtual, sedentaria, ya sin esa capciosa idea de participación democrática del pueblo copando la calle–, ¿qué nos convierte en seres políticos, acaso nuestros posteos en redes sociales? ¿Cómo receptar el exterior desde el confinamiento? Necesitamos osados ejercicios de imaginación: la tecnofilia imperante reclama un régimen gubernamental acorde. Quizás estemos encaminándonos a un The Truman Show presidencial, un sistema en donde los presidentes sean transmitidos en vivo las 24 horas como el precio por representarnos. En la transparencia absoluta se aniquila el cálculo prestidigitador, las tramas secretas, la seducción. ¿Un régimen en el cual hasta la reunión de gabinete más insignificante sea televisada? ¿Un régimen regulado por un telepueblo que a través de apps vaya manifestando sus niveles de conformidad / disconformidad? Sería en extremo divertido, pero inviable para una democracia con poderes centralizados o, al menos, con contrapesos reguladores.

¿Qué significaron las sobreactuaciones de la ciudadanía ante gags de ciberrealidad como los de Esteban Bullrich, Luciano Laspina y Juan Ameri? Ser funcionario público jamás se vio tan comprometido por la filtración de la privacidad. La comunión entre lo público y lo privado es otra característica central de la mediatización: cuando se existe a través del medio, es inútil controlar ambas esferas para mantenerlas separadas. Más eficaz será un mediático mientras más acepte que no puede saltar de una instancia a otra, porque su apariencia constituye su propio ser.

Sobre estos apuntes hay que acercarse al estilo presidencial de Alberto Fernández. Con él se acaban las especulaciones ontológicas: un Presidente se convierte en su propia manifestación, sin importar cómo se muevan los hilos por detrás. El desafío que asume Alberto mediatizándose no implica demostrar que tiene el poder, sino que es su imagen y semejanza.

 
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