Boliches al sol

Simulacros del fin del mundo | Por Lucas Asmar Moreno

Videos que indignan: en un pub de Nueva Córdoba la gente descuida las medidas sanitarias; en una marcha opositora se hace una “corona rave”; y en una marcha oficialista los muchachos peronistas se abrazan.

Queda demostrado lo obvio: el éxtasis no entiende de protocolos. Cuando embiste la alegría, regular cuerpos en el espacio es inútil. Y mientras más hostil sea el contexto (pandemia, muerte, pobreza), las treguas serán más tentadoras, como ese imaginario caricaturesco de soldados que en sus relevos se emborrachan y fornican, buscando intensificar el último halo de vida.

Respetar la distancia social, usar barbijos o higienizar los vasos que circulan de mano en mano es un sinsentido dentro del espacio festivo. En estos entornos la distensión es un reflejo condicionado. Justamente porque rigidez y diversión no combinan se improvisan misas hipócritas, promesas de diversión responsable. Este oxímoron solo será posible en un bar que mantenga a los asistentes pétreos en sus mesas, enmascarados y rociándose alcohol en gel al compás de una composición de John Cage.

Yo viví una de estas misas hipócritas en una birrería de Alta Córdoba. No se filtró ningún video, pero la desobediencia fue idéntica. O peor, porque la testimonié en primera persona. La irregularidad en el protocolo, sin embargo, no fue para mí lo escandaloso; era la intersección de una conducta nocturna durante un tiempo diurno lo que abría el umbral de lo grotesco.

Como tantas cervecerías de Córdoba, la morfología arquitectónica consistía en el patio alargado de una casona con un pulmón al fondo que posibilitaba un escenario con un DJ. Al costado operaba la barra. El horario de apertura era de 13:00 a 19:00 horas.

La primera hora se asemejó a un restaurante incómodo, con mesas redondas, pequeñas y altas en donde apenas cabían porrones con maní pero que ahora debían cobijar cazuelas, cubiertos, servilletas y paneras. Los comensales estábamos sentados en banquetas que tenían la misma altura de las mesas, debiendo encorvarnos para llegar a la cuchara.

La sensación térmica rondaba los 37°C, con un sol persistente y sin obstáculos nubosos. La estética se inclinaba hacia lo urbano trash, con paredes descuidadas, mucho ladrillo, graffitis, murales, puertas y ventanas de chapa pintadas con colores saturados. Bajo el control lumínico de la noche, con reflectores ubicados estratégicamente, el espacio de seguro arrojaría algún encanto chic, pero con la sobrecarga de luz la decoración se asemejaba a un jardín de infantes tras un bombardeo.

Los asistentes vestían como si fuera de noche, no de gala pero sí con prendas vistosas. El desenmascaramiento resultaba más notorio en las mujeres, porque el maquillaje se explicitaba como una tridimensionalidad de polvos, labiales y delineados. Dos chicas me pidieron que les saque una foto, miraron el resultado en el celular y volvieron a reclamar mi ayuda.

–¿Podés sacarnos otra en donde no se nos vea tanto?

–No entiendo.

–Una en donde no se nos note tanto.

Compuse un plano general. Tampoco estaban conformes, aunque no podían verbalizar su disconformidad.

Se hicieron las 15:00 hs. Por el calor, muchos deseaban estar al resguardo de la sombra, pero se suponía que nadie debía moverse de sus respectivas mesas. El sudor empezaba a correr maquillajes, a crear un malestar orgánico. Si alguien quería levantarse, era para ir hasta la barra, o el baño, con su respectivo barbijo. Un disturbio, un roce o un acoso bajo estas restricciones era imposible, así que la función del patovica mutaba a la supervisión sanitaria: un celador de colegio paseándose entre las mesas, reparando en la desprolijidad de nuestros uniformes.

Pasadas las 16:00, el protocolo empezó a desarticularse. No fue un colapso repentino. Primero emergían desobediencias sutiles, como las mozas bajándose el barbijo para respirar mejor o excusas de ir al baño solo para disfrutar del trayecto. Luego empezaron los intercambios espontáneos de personas entre mesas, como fichas que se desplazan astutas por un tablero para alcanzar una casilla específica. Los encargados detectaban estas travesuras, pero la amonestación ya no bastaba, el flujo humano se agilizaba y el DJ, cómplice de esta dinámica, aumentaba el volumen, obligándonos a hablar a menor distancia y con más fuerza.

Cerca de las 18:00 la cervecería parecía estar reconociéndose a sí misma, haber alcanzado algún tipo de autenticidad. El alcohol en sangre para ese entonces había desvanecido el clima pandémico. Los concurrentes sentían que estaban en el lugar adecuado y que sus vestimentas perdían la ridiculez del disfraz. Cuando el sol languidecía entre las sierras y se suponía que la cervecería cerraba, las luces rotatorias empezaron a cobrar protagonismo y la música viró hacia ritmos latinos. La noche se posó sobre el patio e hizo de las horas diurnas un preludio extenso en demasía. Al fin ni barbijos, ni distancia social, ni alcohol en gel: a las 20:00 horas la cervecería se comportaba exactamente como lo que era: un antro al resguardo de la oscuridad.

¿A quién responsabilizar, al local, a la indisciplina de los asistentes, a la liviandad del control municipal? Una culpa difusa: ¿el protocolo se rompe porque estamos en un espacio festivo o los espacios festivos inhabilitan cualquier protocolo? Para que opere aquí un cambio de conducta, el concepto mismo de diversión debería transfigurarse. Si un bar abre sus puertas, activa una memoria emotiva en sus clientes y los empuja a un comportamiento determinado.

La incógnita se profundiza: ¿cómo alcanzar un trozo de éxtasis durante una pandemia? Los puntos intermedios fracasan: un evento online deserotiza (o se desobedece, como las caravanas de la lealtad) y cuando un grupo humano se reúne las medidas sanitarias boicotean lo que culturalmente entendemos por diversión.

Se abren tres alternativas para resolver el dilema (aunque ninguna sea viable): 1) Suprimir la diversión hasta que el coronavirus se canse de nosotros; 2) Aceptar una existencia en lo sucesivo plana e inmutable; 3) Arrastrar la diversión hacia el misterio del tedio, que el aburrimiento sea una fuente de excitación y que el porvenir de lo festivo se abra a un silencio inmóvil.

 
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