Turquía viral

Simulacros del fin del mundo | Por Lucas Asmar Moreno

Antes de que el coronavirus suspenda los rodajes, las producciones nacionales eran acechadas por otra peste: las latas turcas. El término no se ciñe a las telenovelas provenientes de Turquía, sino a cualquier telenovela extranjera comprada por un canal nacional.

En la noción de lata turca debemos considerar también a las producciones brasileñas, aunque el concepto se haya acuñado tras el impacto delirante de “Las mil y una noches”. Una lata turca será una telenovela extranjera que tras adquirirse los derechos se transmite por un canal de aire. Y que mide mejor que las telenovelas argentinas.

Será éste el inconveniente central, lo que ponga en una encrucijada ética a los empresarios de los medios. Previo a la pandemia, un empresario debía afrontar los gastos de un rodaje, superiores a la compra del copyright de una ficción extranjera. Esta inversión, además, era una apuesta que podía traer pérdidas si la ficción no enganchaba. Ahora, en plena pandemia, el dilema es más fino: ¿es preferible pagarle a SAGAI por los derechos de imagen de los actores ante reposiciones de novelas argentinas que fueron un éxito, o es preferible pagar los derechos de exhibición de las latas turcas? Las latas turcas, claramente, siguen triunfando.

¿Qué cautiva de novelas como Avenida Brasil, Fatmagül, Elif, El clon, por nombrar a las más conocidas? ¿Por qué 100 días para enamorarse o Los ricos no piden permiso no son una jugada dentro de la actual programación pandémica? ¿Qué pasó con Argentina, tierra de amor y venganza (ATAV), que fue repuesta y luego se esfumó? Decir que en la televisión manda el rating es tan cierto como reduccionista.

Contamos con dos grandes productoras de ficciones argentinas: Pol-ka y Underground. La primera exhibe un corte neoliberal intelectualoide cool (pensemos en Las Estrellas o Separadas); la segunda, un corte progresista bienintencionado sensiblón (Educando a Nina, o Viudas e hijos del rock and roll). Las estéticas de ambas productoras son claras, así como sus curiosidades ideológicas.

Pol-ka y Underground atienden la agenda social y obran en consecuencia. Absorben discusiones que se abren en la esfera pública como el aborto, las nuevas sexualidades, las familias ensambladas, la trata de personas, el consumo de drogas y hasta la misma grieta política (recuérdese El Tigre Verón) y las reconfiguran sobre sus narrativas. Estamos ante ficciones decentes, contadas con solvencia y bajo un digno despliegue de producción. No será suficiente: Pol-ka y Underground, como valor agregado, querrán fagocitar los discursos que retuercen a la población. Querrán generar un aporte a nuestra evolución cívica.

Las latas turcas, en cambio, son atemporales en varios sentidos. Las mil y una noches, por ejemplo, fue emitida en Turquía durante el año 2006 y llegó a la Argentina en el año 2015. A su vez, las historias que cuentan no tienen anclaje con nuestra realidad, o al menos no logran interpelarnos. Los diez mandamientos, o Jesús, mega producciones brasileras, son historias extirpadas de la Biblia, se sitúan en otra época, el presente les resulta indiferente y en caso de deslizar algún posicionamiento coyuntural, ya estará caduco por el destiempo de la transmisión. Con ATAV, situada en la primera mitad del siglo XX, pasaba algo raro: el ícono feminista que encarnaba el personaje de la China Suárez devenía en injerto desopilante.

¿Acaso se desprende de esto que la audiencia anhela ficciones ideológicamente lavadas, que no reactualicen problemáticas sensibles? ¿Serían las latas turcas el triunfo de la evasión pura ante el descrédito de un arte comprometido? No. El dilema es peor. Ningún contenido se desentiende de su ideología. Resumamos un par de tramas de latas turcas.

Fatmagül: una campesina huérfana es violada y la casan con uno de sus supuestos abusadores. Se enamoran y el supuesto abusador, para demostrar su inocencia, se entrega a la policía.

Elif: una niña, producto del amor entre una mucama y su patrón, está a punto de ser vendida para saldar deudas, pero es escondida en la casa del padre biológico.

En toda lata turca hay un apego descarado por el culebrón. Se abraza al género sin culpa alguna, en buena medida porque una sociedad como la turca no reconfiguró su agenda, no alteró sus coordenadas morales. Una producción turca direcciona todas sus energías para refinar el golpe bajo, no le importa la incorrección política del culebrón: habrá amores interclasistas, huérfanos con sed de venganza, malentendidos que derivan en tragedia y un maniqueísmo furioso. Este sistema de representación se nos presenta hoy como algo peligroso pero estaba naturalizado décadas atrás en nuestras propias ficciones. ¿Qué hubiese sido de Cris Morena sin el culebrón como materia prima?

El fenómeno de las latas turcas es en definitiva un fenómeno de regresión cultural. La audiencia opta por estos productos porque sus estructuras emocionales no evolucionaron como los empresarios televisivos creen o están obligados a creer en base a presiones del establishment artístico.

Si una producción nacional tomara nota de esas tramas bestiales recibiría un linchamiento inmediato. Para tomar dimensión de la susceptibilidad: Adrián Suar, cuando estrenó su última ficción, Separadas, fue criticado porque entre las protagonistas no había ninguna actriz gorda. No obstante, cuando ficciones de un machismo flúor se transmiten en nuestras pantallas bajo la alienación del doblaje latino, ambientadas en ciudades exóticas y con actores ignotos, la audiencia se entrega a ellas con cínica alegría. Doble moral explícita: nuestro cerebro repite las sentencias progresistas de Occidente mientras nuestro corazón bombea el veneno conservador de Oriente.

 
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