El festival y una sombra

Simulacros del fin del mundo | Por Lucas Asmar Moreno

I

Desde 2014 asisto al Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. Es un tonto puñado de tiempo, pero desde entonces no falté nunca. Mis años empezaron a estructurarse bajo dos acontecimientos cinéfilos: el BAFICI en abril y el festival de Mar del Plata en noviembre. Ni pascuas ni navidad ni mi propio cumpleaños: un ciclo solar cobraba sentido gracias a estos dos enclaves. Implicaban un viaje, una estadía, una alienación.

Cuando irrumpió la pandemia en marzo, intuí que el BAFICI peligraba. Su cancelación fue una amargura razonable; con un virus mortífero dando vueltas no hay mucho que objetar. A medida que avanzaban los meses, el panorama marplatense se oscurecía. Rumores sugerían que se haría sin apertura al público, solo para periodistas, programadores, jurados y realizadores. Hasta que llegó la confirmación: sería online. Ahora sí: mi temporalidad quedaba huérfana de rituales.

¿Pero por qué, si la trigésima quinta edición del festival como tal existía, aunque suprimiendo su carácter presencial? Por supuesto, a nadie le agrada esta “streamización” de la vida; odiamos las clases por Zoom y los recitales por YouTube, pero aquí había una sombra más delineada.

II

¿Qué es un festival de cine? ¿Que implica festejar el cine? En la quinta inauguración del Festival Internacional de Cine de Cosquín, su programador, Roger Koza, citó a otro programador, Jean-Pierre Rehm, quien dijo lo siguiente: “Los festivales de cine se hacen para que las películas no estén solas”. La máxima es hermosa pero inconclusa: los festivales de cine se hacen para que tanto las películas como los espectadores no estén solos.

Los espectadores somos balizas para que las películas encuentren un rumbo, pero a su vez cada espectador orienta a otro.

Todo festival es una experiencia colectiva que te acerca a estados místicos o extraordinarios. No es solo poesía, también fisiología: al mirar un promedio de cinco películas diarias se ingresa en un túnel esquizoide. Con el paso de los días confundimos horarios y salas de proyección. La ciática se resiente y la cabeza palpita dolorida. Se procede a ingestas de cafeína para ahuyentar la fatiga. Y, sin embargo, la inminente clausura nos predispone a recrudecer la manía. Caemos en la ilusión de que las películas existen exclusivamente en ese lapso temporal y no queremos privarnos de comulgar con ellas.

¿Amor o masoquismo? Sería lo segundo si estuviésemos solos. Antes de ingresar a una proyección, los espectadores nos reconocemos, nos cruzamos en trayectos que conectan una sala A con una sala B, entablamos diálogos casuales con desconocidos para intercambiar recomendaciones y al día siguiente esos desconocidos te hacen señas desde alguna butaca para compartir una proyección en la que coincidieron. Espiritismo cinéfilo: las películas como mediadoras para establecer vínculos sentimentales con espectadores de un más allá.

III

El on demand acecha desde antes de la pandemia. Es un artilugio que domesticó al cine no solo porque las películas se ven en ámbitos domésticos, también porque se domestican: quedan sometidas a un consumo volátil, indisciplinado, fragmentado y simultáneo con otros esparcimientos. La sala de cine como dispositivo de atención y comunión se desintegra.

Obviemos la queja nostálgica: las condiciones de producción y recepción culturales cambian y reconfiguran la forma de socializar. Vemos algo en soledad y lo comentamos en Twitter.

El streaming de cine decretó la muerte de la sala como espacio de comunión. Nunca me resultó un argumento convincente preferir ver cine en casa para que nadie te moleste. En un cine cobramos justa dimensión de que existe un otro compartiendo la misma experiencia artística. Lo popular es el encuentro desprejuiciado con un extraño que convertimos inmediatamente en hermano. En un cine ninguna función es igual a otra: habrá más o menos risas, llantos o silencios estupefactos, y esta fricción se nos adhiere como otra capa de sentido.

¿Qué pasa cuando la lógica del streaming se aplica a un festival de cine? Aquello que hacía que los espectadores no estén solos se convierte en un dispositivo de soledad: las películas se ven desde un sillón o desde una cama. La sincronía de los espectadores es ilusoria. La osadía de abandonar una función se suplanta con cerrar una pestaña en el ordenador, algo de lo que nadie se enterará jamás. Un festival de cine online atomiza a las películas y a los espectadores.

La agitación del staff (técnica, programadores, directores artísticos, presentadores, moderadores) se ve trocada por un cúmulo indistinto de teletrabajadores que cada tanto activan sus cámaras web o le dan play al video que grabó un realizador para agradecer la presencia de un público que no ve.

Como todo ocurre en un mismo rectángulo reticular, se saltará de película en película, permitiendo que la impaciencia del streaming, capricho del estímulo inmediato, permee películas que apuestan por lo contrario.

IV

Se me podrá señalar que en este 2020 hubieron condiciones que nos trascienden. Habría que pensar entonces si vale la pena continuar una tradición buscando vías alternativas o es mejor aguardar. Si las condiciones justamente nos trascienden, ¿por qué este pánico a detenerse?

También podríamos reparar en los aspectos positivos de un festival online: llega a más gente.

Una plataforma de streaming para un festival no es de por sí repudiable, en este caso apareció como parche. Pero sabemos que una herramienta tiene el poder de transfigurar sus contenidos.

Los organizadores de los festivales de cine deben estar atentos a esto. Quizás hasta deban convertirse en guardianes de un cine independiente amenazado por el perfume mainstream del on demand. ¿Puede un modo de producción pactar con un modo de recepción opuesto?

De haber sido un año atípico, que la excepción no se convierta en regla. Un discurso cada vez más habitual es el del sincretismo: pueden convivir ambas instancias, un festival puede ser presencial y a su vez online. Desconfío de este enfoque conciliador, que desentiende cómo la economía de recursos materiales que propone internet diseña políticas que optan por minimizar gastos en las áreas menos seductoras para la opinión pública: la cultura. Con internet como hábitat novedoso, la cultura deja en sentido estricto de ocupar un lugar en el espacio.

Y para que los espectadores de cine no nos desvanezcamos de tristeza, necesitamos que las películas sean templos concretos, tangibles, lugares a los que se peregrine motivados por una fe tan noble como absurda. Eso, para mí, significaba desde 2014 el festival de cine de Mar del Plata. Este año fue una herida que el año siguiente anhelo sanar.

 
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