Cómo será Navidad

Simulacros del fin del mundo | Por Lucas Asmar Moreno

El 24 de diciembre de 2020 a la medianoche se producirá una entropía virósica sin precedentes. Cada “feliz navidad” seguido de un abrazo o de un beso desparramará millones de partículas coronavíricas adhiriéndose a nuevos huéspedes. Se tratará de una diáspora viral sincronizada planetariamente, ya que dos factores inéditos se combinan por primera vez en la historia contemporánea: la globalización de la segunda mitad del siglo XX homologando geopolíticamente los festejos navideños, y una pandemia a principios del siglo XXI. Lejos del fenómeno religioso europeo, Navidad es hoy un fenómeno cultural del capitalismo tardío.

Pero en este 2020 se redobla la apuesta: Navidad será la escatología del coronavirus: los desarreglos cívicos que estuvo haciendo el virus en estos meses no fueron más que un preparativo para el colapso final. Luego de Navidad empezarán los programas de vacunación y el virus tenderá a devaluarse, por ello es ésta su estocada final, su última chance de traer una tercera ola, la más oscura y letal.

Simpática ironía tratándose de la celebración de un nacimiento. Pero el “Niño Dios” poco tiene que ver con la desesperación de juntarse familiarmente. Si Navidad se caracteriza por el aglutinamiento de parientes que durante el año no se ven, esta vez adquiere un tinte de coartada para astillar ese encapsulamiento sanitario tan angustioso que mantuvo a las abuelas solas con sus perritos falderos. Familias enteras, al fin, compartirán una velada tras meses de aislamiento. Las generaciones tendrán su intersección espacio temporal. Esta convergencia de nietos, hijos, padres, abuelos, etc. nos remonta al imaginario inicial del coronavirus: una disputa entre la libertad de los jóvenes y el cuidado de los mayores.

¿Navidad será solo una entropía viral, la logística más refinada de la pandemia? Peor: la cuarentena propuso una guerra fría entre jóvenes inmunes y viejos frágiles. Este movimiento semiótico, en un principio causa de furia y estupor entre los adolescentes, se asimiló tras el adoctrinamiento de la OMS. Quedó, no obstante, un géiser rencoroso que escupirá chorros ante la primera presión térmica. Irónicamente, esa presión térmica será habilitada por las generaciones mayores, promotoras de reivindicar a la familia cada 24 de diciembre.

Las explosiones emocionales navideñas de los años previos serán un chiste comparadas con las de este año. La libertad secuestra del 2020 constituirá un charco de nafta y la alegría de los viejos al ver a su descendencia un fósforo cayendo. Las peleas intergeneracionales tendrán una intensidad descomunal cuando ingrese en la ecuación afectiva la potencia tanática de los jóvenes como portadores discretos del virus. Son ellos los que podrán pensarse como amenaza y reclamar la victoria de antemano.

El cuerpo social se encamina en estas fiestas a una aniquilación tanto biológica como institucional. Consideremos a las viejas generaciones como las propietarias de tradiciones que ya no funcionan. El afán por sostener esta tradición creará un caballo de Troya en donde el supuesto obsequio de una noche adorable esconderá a una horda de contagiadores qué, más irónicamente aún, darían lo que sea por no tener que juntarse. Los viejos en definitiva están usando a los jóvenes para acelerar su extinción y los jóvenes quedarán traumatizados por su complicidad.

Nunca fue tan claro que Navidad debe ser cancelada con urgencia para repensar esquemas familiares o por qué los lazos sanguíneos crean una demanda afectiva tan venenosa.

Hay otro detalle a considerar que imposibilitará la contención de los contagios. Muchas personas deberán hacer viajes de larga distancia, y los medios de transporte volverán a la actividad tras un receso agónico. La reactivación del transporte creará una demanda enloquecida con climas bizarros gracias a protocolos que todos saben que no funcionan, pero simulan que sí.    Quienes ya hayan viajado lo testimoniaron: el distanciamiento social es una tiranía antes de subir al avión o al colectivo, pero una vez hecho el abordaje, el mismo diseño de los vehículos hace que los pasajeros estén amuchados en cabinas sin ventilación durante horas. Y la venta de pasajes no contempla dejar libre la mitad de los asientos. Es comprensible: ¿qué puede hacer una empresa al borde de la quiebra sino facturar desesperada aprovechando estos desplazamientos humanos en masa?

Una vez instaladas las generaciones en la mesa familiar, se deslizará entre el vittel toné y las copas de champagne un tema de agenda: la ley de interrupción voluntaria del embarazo. Que haya tías provida o primas proaborto es anecdótico: lo que se pone en juego en la discusión es idéntico a la disyuntiva que propuso el coronavirus con respecto a la economía y la salud: qué es lo biológicamente descartable para que una sociedad progrese. Lo que está por nacer y lo que está por morir son entes improductivos, pero hay un imperativo ético por preservarlos. Debatir el aborto será un síntoma de la total confusión que trajo el coronavirus con relación a los límites entre lo vital y lo letal, la libertad y la profilaxis, la vieja normalidad dándole paso a una nueva normalidad aún desconocida y sospechosa.

La entropía del virus y el derrumbe de la institución familiar deberían ser motivos suficientes para reembolsar pasajes y tirar al inodoro las garrapiñadas. Así como la estocada final del coronavirus será doble, también podría ser doble nuestra ganancia si abandonásemos esta absurda idea de llevar al límite los contagios de los pocos viejos que siguen vivos.

 
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