Cuando ya no importe (a puerta cerrada II)

Por Manuel Esnaola

UNO
Te asomás al balcón / la calle Chile todavía sigue ahí / incrustada en este otoño desvalido / las copas de los árboles como inmensas vacas amarillas que van tomando el horizonte hasta el Parque de las Tejas / apocalíptico / sólo un rumor de voces lejanas escuece la herida / el bulevar Chacabuco que / perpendicular y altanero / atraviesa / doblega y rompe / la timidez de la callejuela y sus esquinas mal niveladas / porque a esas alturas / las napas eyaculan agua servida / vos extrañás pasar por ahí / justo al lado del mural de Spinetta / que desde la pared dice “te has impreso en mí como la luz” / y olfatear la pestilencia que brota desde el centro de la tierra de Nueva Córdoba / algo vivo al menos / los restos / la ruina biodegradable de los cuerpos / entonces saltás los charcos / pasás en puntas de pie por el zócalo del edificio first class de la esquina / hasta por fin alcanzar el parque / la rotonda Yrigoyen / y un poco más allá el Lawn Tenis Club / ese claustro repleto de seres blancos / impolutos / autos que entran y salen por un portón mecánico / sorteando con éxito / lo que se dice / la guardia / todos con sus carnets al día / decía / finalmente alcanzás las canchas de fútbol 7 / donde tus amigos ya se vendan los tobillos / trotan / entran en calor / podés sentir el olor a Átomo que se te pega en la ñata / como aquellos dulces perfumes de la infancia –el Pibe´s, el Paco– / que tus amigos te regalaban por docena en los cumpleaños.   

DOS 
Un escritor contó alguna vez / que a los viejos tranvías de Córdoba / “una noche salieron a buscarlos / los arrearon como a elefantes / y los encerraron en un corralón / porque el progreso no se concebía / con vehículos / que traqueteaban como la ropa cuando la mueve el viento” / y vos pensás en esta noche / insomne / enfermo de tanto encierro / a dónde irán a parar los trolebuses / que son los sucesores de aquellos carros / cuando terminan la jornada / cuando toda la negrura del cielo cordobés cae sobre sus capotas / en dónde pernoctan / le preguntás a J. / esos mastodontes soviéticos / ¿los desenganchan de las telarañas que surcan el cielo de la ciudad? / ¿quedan desconectados de su fuente de energía como gigantes torpes / inútiles? / J. te dice que cree hay un depósito en Barrio General Paz / e inmediatamente vos te acordás de una de las preguntas de Neruda / de un libro que casi nadie conoce / “¿Hay algo más triste en el mundo que un tren inmóvil en la lluvia?” / afuera ha comenzado a llover y proyectás en tu cabeza esa imagen / los trolebuses / cargando toda esta ausencia de ahora mismo / desde Alto Alberdi hasta barrio Pueyrredón / desde Ameghino a San Vicente / desde Mariano Fragueiro a Plaza de las Américas / los troles inmóviles / recortados contra la lluvia como estampitas demoledoras / en algún corralón de barrio General Paz / mientras la noche y la bruma los va borrando / como se borran las estatuas y aquellos faros que nadie sabe hasta qué altura se elevan o si acaso tienen fin. 

No fumás pero quisieras hacerlo / sólo para presumir tu silueta contra este telón desolado / porque cuando ya nada importe –y probablemente ya nada importe– todavía vas a pensar que algún espectador anónimo estaba allí / refugiado en la penumbra de una ventana remota / para atestiguarte / vos entre el humo de un cigarrillo imaginario y las paredes salpicadas por el reflejo de las hojas / no mucho más / el egoísmo de esa imagen / la palabra que no sirve para nada / y la ciudad como un teatro ciego.   

TRES
La secuencia es más o menos así: el señor vestido de verde pasa un escobillón anchísimo por los márgenes de la vereda / lo que se dice / el cordón cuneta / y entonces la inercia del escobillón va acumulando una pila de hojas secas / crujientes / después el hombre de verde saca de un carro estilo golfista una pala bastante ancha también / junta las hojas / las va tirando en un tacho / y así camina con la postura incómoda / siguiendo el sendero que marca el alumbrado público / barre la ciudad / la despoja de la evidencia del otoño / le da un marronazo a las vacas amarillas que toman la calle Chile / rumbo al Parque de las Tejas / y después desaparece justo a la altura del mural de Spinetta / no pasará mucho tiempo para que esas hojas se trasvasen al camión recolector / artefacto que las comprimirá en una masa más o menos informe / para finalmente arrojarlas al basural / una historia sencilla / que sucede aquí y ahora / mientras vos fantaseás con la descabellada idea de que en otra parte / en algún balcón imposible / hay un gigante con voz de niño entonando el himno nacional argentino / con una mano en el pecho izquierdo / o la Marsellesa o The Star-Spangled Banner /  recordando que esta patria fue hecha por hombres que venían de la llanura / de la campaña / caudillos “federales” cuyo instrumentos eran el caballo, la guitarra y el puñal. 

CUATRO
Por todas partes hablan del sexo virtual / la distancia y la autocomplacencia como primera e invaluable pareja / mucho voluntarismo mágico por estos días / abrís de nuevo / como siempre / tu biblia: los libros de Onetti / ¡qué viejo demencial! / postrado en una cama / alimentándose de puchos / tinto y novelas policiales / escribiendo / casi hasta colgar la toalla / pero escribiendo / su última novela / el viejo decía “la sexualidad es la más bella compensación que se nos ha dispensado para paliar la angustia de la muerte inevitable” / eso es lo que ha negado este aislamiento también / el néctar para menguar la angustia existencial / entonces todos desaforados / al borde del panic attack / allá se va el señor vestido de verde / con su escobillón gigante borrando el apetito / la languidez de una calle desierta que en otro tiempo conoció el reflujo / las miserias más hermosas de la carne / la aversión a la moralina / el fulgor de la nación de los trolebuses / las calles con agua servida / el ruido que abruma cualquier posibilidad de descanso / la bendita ciudad pecadora / ha anochecido tan hondo / estás cansado de vos mismo y de todo el resto / te emborrachás lentamente y no querés dormir sin antes hacer estos apuntes / la calle Chile / los troles / el depósito de barrio General Paz / los mastodontes bielorrusos / Neruda / Luis Alberto / el fútbol 7 / los acartonados shorts blancos en el Lawn Tenis / la lluvia torciendo el perfil de los edificios y las palabras finales de la novela de Onetti: “hay en esta ciudad un cementerio marino más hermoso que el poema (…) en algún día repugnante del mes de agosto, lluvia, frío y viento, iré a ocuparlo con no sé qué vecinos. La losa no protege totalmente de la lluvia y, además, como ya fue escrito, lloverá siempre”.

 
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