Encerrados en un palacio gótico

Nada fuera de lo común | Manuel Esnaola

UNO

Baudelaire, haciendo referencia a la “Filosofía del mobiliario”, de Allan Poe, escribe: “¿Quién de entre nosotros no ha sentido, en sus largas horas de ocio, un placer delicioso construyéndose una casa modelo, una vivienda ideal, un ensoñadero?” Estos lugares, los “ensoñaderos”, son menos parte de la literatura gótica que de ese deseo tan contemporáneo que casi todos hemos conjurado más de una vez, cuando el despertador ruge para anunciarnos que hay que levantarse a cumplir con el mandato: trabajar hasta el cansancio para ser exitosos, en medio de una velocidad que nos acerca a la muerte casi sin haber vivido. Entonces construimos, en los despojos de la imaginación, una morada ilusoria que nos aísle del mundo, una plataforma irreal para refugiarnos de “lo real”. Allí proyectamos empresas siempre pasadas por alto: leer, escribir, mirar películas, visitar a amigos lejanos, restablecer vínculos con la familia, re-edificar la ruina del afecto, ese lugar tan poco productivo para la “sociedad del rendimiento”.
El problema es que ahora, la pandemia finalmente nos ha dado esa oportunidad. Hemos pasado del deseo al acto, y la morada gótica adonde desterrarnos se nos presentó inesperadamente como una dulce imposición. Al principio fue hasta placentero entregar un poco de libertad por un coito que prometía relajar el tiempo, las exigencias, “el ojo ajeno” siempre mirando. Entonces nos vestimos con nuestros mejores pijamas y abrimos la caja de herramientas para reforzar -y acaso proteger- ese lugar de autoexclusión. Pusimos tornillos y clavos en zócalos antes inadvertidos, pintamos paredes, ajustamos tuercas, aceitamos bisagras, reverdecimos jardines, macetas muertas, todo en una frecuencia moderada, caminando en un sinfín de letargos que empezarían a hacer mella. Habíamos ingresado, por obligación del Estado, a vivir en la ilusión maravillosa que habita las cosas perdidas, y se recupera a través de los recortes de la nostalgia.
Una cosa quisiera decir: al poco tiempo esta morada se convirtió en una farsa. Resulta que acabamos paralizados, sin leer, ni escribir, ni ver -al menos no con el placer que imaginamos- cientos de películas, ni reconstruimos el mausoleo astillado de la familia. Este encierro fue, antes que nada, una tierra auto-prometida e irrisoria, una caricatura tenaz de nuestro rostro desfigurado por una libertad que llevamos a cuestas, quebrándonos la espalda.

DOS

En 1835 Poe escribió a un amigo “Me siento miserable. Consuéleme… pues usted puede hacerlo. Pero que sea pronto… o será demasiado tarde. Escríbame inmediatamente. Convénzame de que vivir vale la pena, de que es necesario”. Claro, ahora todos lo entendemos. Pero antes jugábamos fichas y fichas para que salga el pleno de la “salvación de la vida” en otra parte, lejos de todo. Hoy lo que cotiza es estar cerca. Irse de vacaciones, sería, como para traducirlo, “irse cerca-de-todos”. El opuesto griego, Heráclito, el río, situación de estupefacientes, fútbol, rock, sala de ensayo. Y Dalma y Yanina. Y también el Che, boquita, el fútbol, las Malvinas. Todo vuelto hacia un extremo, como para aferrarnos a cualquier cosa que nos resulte familiar, que nos dé un contexto para existir. De repente el fabuloso castillo gótico se nos vino encima y añoramos tener un amigo como el de Poe, lo añoramos con la tenacidad de un cuchillo que nos raja el pensamiento, incesante.

TRES

Volví a pensar en este encierro que hemos construido, porque el otro día, cuando finalmente salí, quiero decir, me fui de casa para volver de una vez por todas al mundo (con autorización impuesta, del mismo modo que la prohibición), apenas pude reconocer mi rostro. Hay un corrosivo temor a-lo-de-afuera o, lo que es lo mismo, y quizás aún más espantoso, un enamoramiento del encierro. Por eso me acordé de las novelas góticas, caracterizadas por personajes solitarios, morando en una casa antigua, rodeada de agua y bruma, de espectros, la orfandad como relato, los delirios como fantasmas. Busqué en la biblioteca aquellos ensayos, mil veces releídos, ajados ya de tanto uso, de la escritora rosarina María Negroni.
En “Museo negro”, Negroni desmembra el corpus de la literatura gótica a la manera de una perfecta cirujana y explora sus recovecos. Escribe: “La estética gótica es, ante todo, una emoción del espacio. Esta arquitectura es también una ruina del afecto, por eso, dura. Dura como podría durar un monumento a lo perdido”. Dice también que este espacio encerrado y aislado (como una celda) fue, con el tiempo, tomando varias figuras: el castillo de Otranto, el laboratorio de Jekyll, la habitación donde se concibió a Frankenstein, el pantano que devoró a la casa Usher, la nave de Nemo: el Nautilus, ese “barco ebrio cuyo fin es hundirse siempre más”, el viejo caserón de “Otra vuelta de tuerca” de H. James, el mundo subterráneo donde radica el hampa en Ciudad gótica, el aire turbulento de Blade Runner… las habitaciones emparchadas con clavos y tornillos -agregaría yo- donde hemos decidido edificar un encierro como tributo a nuestros deseos siempre postergados.

CUATRO

Escribo esto sin ninguna pretensión. Yo también miré las calles desde una ventana, con culposo entusiasmo. Yo también me harté de las videollamadas, de los vivos en las redes sociales, del alcohol y las bibliotecas nunca leídas, el sueño estúpido de ser una idea luminosa en medio del silencio y la noche. Pero la verdad es que solo soy un pedazo de carne irresuelta, expuesta contra su voluntad a las brasas de una parrilla solitaria. Quisiera decir tres cosas: 1) Estoy dispuesto a todo con tal de salvarme de este dulce palacio gótico. 2) Hay un poema de Vicente Luy que dice: “Entre 2 tablitas de la persiana de la habitación de la / casa que alquilo en Argañaraz y Murguia y San Carlos / no cabe un marlo de choclo, pero sí una mirada / asesina. / Por eso estoy paranoico”. 3) Este ensoñadero en que estoy metido ya no se parece a la morada de reposo que mi deseo había conjurado. Quiero salir. Abro de nuevo el libro de Luy: “¿Venderle el alma al diablo? Sí, pero cara. / Y si se puede, venderle también otras cosas. / Y venderle a Dios lo que el diablo no compre”. Todo eso, y con un portazo.

 
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