Historia argentina: vol. I

Nada fuera de lo común | Por Manuel Esnaola

“El surrealismo proviene de la realidad de América Latina.” G. G. Máquez

UNO - El taller mecánico, la camioneta y el colectivo  

Norberto Aníbal Napolitano (1950-2005) está comiendo un asado con sus compañeros de banda, Darío Fernández (batería) y Botafogo (en ese entonces bajista). El cónclave de Guayaquil ocurre en un taller mecánico, cuyos propietarios son íntimos de Pappo: le prepararan el Chevy y las motos. La cosa es que los músicos, algunos vinos después, enfilan con la camioneta del padre de Pappo por ese umbral imaginario que marca el comienzo de la calle Corrientes. Resulta importante detenernos en un detalle: don Carlos Napolitano –otrora “half” derecho de Almagro, de aquel Almagro recién ascendido en la temporada 1938, donde él debutó en la octava fecha y después, en la fecha 23, ya titular indiscutido, enfrentó al River de José María Minella y Carlos Peucelle–. Don Carlos Napolitano, trabajador metalúrgico, tenía una camioneta con unas defensas tenaces de acero, que usaba para mover las calderas de la fábrica familiar. 

En esa especie de máquina símil camión de Mad Max viene Pappo Blues, entonces, pisteando como un campeón. Parece ser que un colectivero lo toca y Pappo, endemoniado, comienza a perseguir a la oruga de metal y a embestirla desde atrás. Hay fuentes que aseguran haber visto en los ojos de Napolitano al mismísimo diablo. Pappo persigue al colectivo por plena calle Corrientes, lo choca infatigablemente con las defensas de acero. La gente, en cada frenazo que mete el colectivero, salta despavorida hacia la calle, toma la vereda que sostiene la infraestructura del espectáculo porteño. Con la impunidad de un objeto no identificado, el conductor del transporte de pasajeros cruza, es decir, coloca de lado el colectivo, bloqueando la calle Corrientes. Atrás, en la autopista del sur, una infinita cola de autos que aúllan con sus bocinas, y Napolitano que embiste una y otra vez el lateral del colectivo.

DOS - La multitud y la policía

Sin multitud no hay espectáculo. La patria de la avenida Corrientes es yesca, algodón humedecido en kerosene. Como hormigas que se apresuran hacia un terrón de azúcar, los vecinos rápidamente anegan la zona y dan comienzo a una improvisada arenga. Gritan cosas como: “¡Reventalo Pappo!”, “los colectiveros son todos turros”, “dale Pappo, hacelo mierda”.

Entre gallos y medianoche llegan los patrulleros y los uniformados extinguen la llama en los ojos de Napolitano, lo meten, junto a sus dos compañeros (perplejos ante la situación), en un móvil policial. Ya en la comisaría, cuenta el virtuoso Botafogo, entra en la celda un tucumano gigante y se lo lleva a Pappo a un cuarto contiguo. Desde donde están, Botafogo y Fernández, pueden escuchar los ruidos de la golpiza que el tucumano le propicia a Pappo, quien minutos después volverá al provisorio encierro con el rostro desencajado.     

TRES - Teo Kojak, el gánster

Apenas media hora después, aparece en la comisaría un tipo trajeado, pelo a la gomina, irrumpe, por decirlo de algún modo, en la opacidad de la comisaría, ingresa como esas centellas que fritan el sistema eléctrico de las casas de veraneo en algún lago remoto de nuestra geografía. El tipo porta la seguridad de quien ha apilado células por milenios, cuerpos que se han fundido en otro cuerpo nuevo, y en otro, edificando una coraza espesa en el rostro, como la piel de un elefante. Se parece a Teo Kojak, piensa Botafojo, mientras el supuesto “gánster” saca una magnum y la pone arriba de la mesita donde un oficial hace los menesteres del acta policial en una máquina de escribir. De un manotazo la tira al piso y grita: “¡Dónde está Pappo! ¡Vengo a buscar a mi amigo Pappo!”. Ni Botafogo, ni Darío Fernández, ni el mismísimo Pappo saben quién es este personaje. La cosa es que el comisario se asoma por una ventanita de chapa y ni salir quiere. 

Es de madrugada, pero no más de las dos, cuando Kojak sale de la comisaría con su cortejo de rockeros atrás. Los sube a su camioneta y los lleva a un restaurante griego, otra vez sobre la calle Corrientes. Allí la algarabía es notoria, los comensales tiran platos al piso, saltan esquirlas. Pero todo este jolgorio cae como un telón definitivo, cuando Teo Kojak, totalmente pasado de rosca, se sienta en una silla en medio del salón y manda a mudar a los parroquianos a los gritos, con la magnum que se deja entrever en el pantalón. Increpa a la orquesta a que hagan una especie de transmigración histórica de los instrumentos y le pide a Pappo Blues –así lo dice– que se suba a tocar. El trío, totalmente desconcertado pero decidido a ir hacia el fin de la noche, se mira como siguiendo un libreto escrito por un demente. Kojak grita “¡Tocá esa del tren!”, y los prodigios que empiezan a despachar su sinfonía del infierno: “que tengo que dejarte otra vez / pero estaremos juntos hasta el amanecer / yo tomo el tren que sale a la hora 16”. Aplaude y espeta de nuevo: “¡Tocá esa de la cerveza!” y en el aire resuena: “voy a tomar / un trago de cerveza fresca para mi sed / hace calor en esta fiesta”.

CUATRO - Desconfío: realismo mágico en Buenos Aires

Han pasado ya varias canciones por la atmósfera del restaurante griego. De repente aparece una mujer que comienza a discutir con Kojak. Pareciera que es su esposa, piensa Botafogo. Pappo sigue tocando como un demonio. El gánster le calza la pistola en la frente a la mujer y esta se va corriendo. Kojak grita: “¡Basta!” y se los lleva de nuevo a la camioneta. Van camino a la cancha de River Plate y se detienen en un tugurio. Entran y Kojak empieza a fondear Whisky. Son casi las cinco de la mañana cuando el gánster le dice a Pappo, “tocá esa que tocás vos en el piano… Desconfío”. Pappo se sienta y digita en un piano desvencijado el acorde La Mayor. Canta “no sé por qué / imaginé que estábamos unidos / me sentí mejor”. Kojak cabecea, se le cierran los ojos. “Pero aquí estoy / tan solo en la vida / que mejor me voy”. Botafogo aprovecha la duermevela de Teo Kojak y sale rajando por la puerta, enfila por Monroe y desaparece en la palidez brumosa de la madrugada. Y así concluye este fragmento del realismo mágico en Buenos Aires. La épica es tan fundamental al rock, como la cuarta cuerda a una guitarra. 

De Pappo sabemos que construyó un puente. Que pisteó como un campeón mil noches más y que, como dice mi amigo el Comandante, murió a tiempo, antes de convertirse en un facho. Aquella noche, en su Harley Davidson, también venía de un restaurante del infierno. En alguna marquesina de Luján, seguramente una estampita con un gánster le sonreía, esperándolo. 

 
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