Pasó agosto

Nada fuera de lo común | Por Manuel Esnaola

Uno

Pasó agosto / algunos ya no están / como una plaga egipcia / con la obstinación de una nube de bruma y polvo que se resiste a su ruina / pasó agosto / dejándonos en la razón su quemadura / el tiempo se arrastra como un roedor maltrecho / una especie de letargo que no alcanza a cumplir su propósito de aburrimiento y desgano / y por tanto insistir / acaba prefigurando una leve e inhallable incomodidad / como si hubiera una piedra en el fondo del colchón / un desprendimiento del infierno allí oculto / una fuerza de gravedad que nos arroja hacia una tristeza extraña / que no se parece en nada a la de los amores perdidos / las despedidas / los funerales / esas cosas banales y fácilmente reconocibles –por eso hermosas– de un mundo que ha mutado en sus representaciones.

Alguna vez / quizás ahora mismo / estas palabras desgastadas / habrán de convertirse en un silencio molesto / que no diga nada / ya no escribo mucho / le contaba al Sr. Director / casi que no puedo hacerlo / porque afuera las cosas trascurren / ajenas a todo / a través de un tiempo inmóvil / la violencia de las cosas / de los amigos cada vez más deteriorados / cada uno librando su batalla personal / haciendo cola para entrar a este nuevo infierno / de puertas angostas y patovicas pesados / que exigen credenciales de horror y desdicha / solo esos / son los que entran / los otros / quedan atrás / morando entre las cosas sin nombre / que transcurren / se borran / a través de un tiempo inmóvil / homogéneo.  

Dos

Quiero anotar acá las cosas que se borran / las que apenas puedo recordar / porque siento que ahora se me escapan como se escapa la voz de las personas muertas / la de mis abuelos / por ejemplo / voces que creo recordar / pero ya no me atrevo a asociarlas con alguno de ellos / lentamente se pierden / se confunden con el olvido o la nostalgia / y lo que queda de ellas es apenas una música extraña / dulce pero irreconocible / aunque no les interese / tómenlo como una lectura de primavera / para salirse un rato del mundo / las cosas son:

La sirena de los bomberos en Río Tercero / cuando sonaba / inmediatamente uno prendía la radio / la sirena / implacable / rompía el silencio de la noche / informe / se apoderaba de la ciudad con idéntica potencia en todos los puntos / la escuchaba / por ejemplo / mi amigo Metralla o el Polaco o el Jota / más tirando al norte / y la Irma / que vivía atrás de mi casa / en el centro-sur / todos saltaban de la cama / era un espectáculo hilarante / porque casi nunca pasaba a mayores / algún asador que se desbordaba / un fueguito traicionero que tomaba una cortina / nunca demasiado lamento / lo más espectacular era salir a la vereda / donde seguramente ya estaba la Pocha / los vecinos de la cuadra / tejiendo su liturgia del rumor / materia prima para la literatura argentina de provincia / nunca nada tan grave / hasta que llegaron los bombazos de la fábrica militar / los perros que aullaban hacia un porvenir apocalíptico.

Una tarde de verano / frente al Club Sportivo 9 de Julio / el flaco Roger se cruzó al “Zé Pequeno” de la ciudad / un pendenciero que nos bullyneaba a todos desde que teníamos memoria / dame la billetera / vengan chicos que a este gringo lo ajusticiamos acá / y esas cosas / los más inteligentes decían que había que andar siempre con un par de monedas en un bolsillo / para pagar ese peaje / y evitarse la golpiza / la cosa es que el flaco Roger venía caminando por la Av. San Martín / y lo ve a Zé Pequeno solo / en la esquina del club / entonces el flaco Roger / que tenía buena piña / se cruza / lo arrincona contra la fuente / justo abajo del bar / y le hace justicia con las palabras / tenaces / una amenaza implacable que sólo conocemos por historias y que nunca nadie escuchó / pero debió de ser letal / porque la palabra de Roger que pasó a otros oídos / y de estos a otros / y así sucesivamente hasta convertirse en parte del cancionero popular / consiguió que desde ese día nunca nadie fuera molestado jamás por Zé Pequeno y su barra.

El “loco” Sanmartin / la tiraba de volea / en la cancha de básquet / de aro a aro / y créanme que no miento / pero de diez embocaba seis / era una máquina / a veces / cuando no la metía / se calentaba y le pegaba un patadón / y la pelota salía propulsada como un cohete y se hincaba en las columnas de metal del galpón de la cancha / esos galpones que de tan gigantes parecen un domo de cielo abierto / y entonces había que llamar al Arturo / el canchero / un tipo que siempre fue viejo pero que tenía un lomo demencial / trabadísimo / y el Arturo con la agilidad de una araña que se apresura hacia la presa pegada en sus telas / trepaba esas columnas de hierro / subía al cielo del Club 9 de Julio / y desenganchaba la pelota / ante la mirada atónita de nosotros / los terrícolas / que nos ilusionábamos con subir algún día a esas vigas / mirar desde ahí el partido de la primera / cosas que habríamos de intentar alguna otra vez / sean eternos los Arturos / que supimos conseguir / y el patadón en el culo que te pegaba por el moco / y los amigos tirándose al piso de la risa / mientras uno escapaba de ese viejo inclemente / que te corría por todo el club a las puteadas.  

Cerca del colegio Modesto Acuña / vivía un “loquito” del pueblo / que le decían “Lobito Feroz” / tenía un rostro angular / con el pelo frondoso peinado hacia atrás / se parecía / a esos hombres lobo que Hollywood nos ha instalado en el inconsciente / pero no era ningún “loquito” / era un tierno y un pintor extraordinario / cuando pasaba / nosotros –desmesurada maldad de los niños que tan bien describió Silvina Ocampo– le gritábamos ¡Lobito Feroz! / y él nos corría por las calles de la ciudad / hasta que lográbamos escapar o subirnos a un techo / un día / una maestra de plástica me llevó a la casa del Lobito / que se mantenía pintando publicidades en las vidrieras o en alguna tapia céntrica / la casa era diminuta y estaba llena de cuadros / era un talento nato / recuerdo que en un atril / todavía sin terminar / había un cuadro luminoso / donde se veía al menos una decena de niños con guardapolvo blanco / asomados por el tapial de un colegio / sonriendo / gritando cosas que el espectador recibía como palabras alegres a las cuales aferrarse.      

Tres

Pasó agosto / y los amigos que vendrán se amontonan en su propio vacío / libran / mil batallas contra el invierno / y el tiempo que se arrastra como un roedor maltrecho / es una eternidad desoladora y yo no quiero la violencia / el cariño a punto de resquebrajarse / Borges escribió: “El tiempo, si podemos intuir esa identidad, es una delusión: la indiferencia e inseparabilidad de un momento de su aparente ayer y otro de su aparente hoy, bastan para desintegrarlo” / así estamos hoy / en medio de un desconcierto donde las nociones del tiempo ya no existen / sólo quería anotar estas cosas / y muchas otras / que ya comienzo a olvidar / aquella tarde soleada en los 90 donde empezó todo / cuando con mi amigo el gordo Nicho / probamos por primera vez la bebida alcohólica / un champán robado y caliente / en ese techo que ardía como el infierno / que en ese entonces era el paraíso.    

 
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