A la Humanidad, aunque no a toda

Nada fuera de lo común | Por Manuel Esnaola

Uno

Del mismo modo que Saint-Exupéry, quien trazó un mapa de la humanidad “adulta” a la perfección (“La tierra no es un planeta cualquiera. En ella se cuentan ciento once reyes (…) siete mil geógrafos; novecientos mil hombres de negocios; (…) trescientos once millones de vanidosos; es decir, alrededor de dos mil millones de seres humanos adultos”), Quino esculpió el rostro de una argentina desfigurada por mil rostros. Desde la mirada siempre alucinante de los niños, puso ahí, en Mafalda, su punto de fuga, donde todo el universo simbólico de nuestro país confluye. Y no solo eso, también mezcló en esa máquina del tiempo, una letanía de sentimientos y generaciones, que iban a acabar surcadas por la nostalgia y las desapariciones.

Yo leí la tira por primera vez a los diez años. Desde entonces, como un amuleto tenaz, tengo los doce libritos siempre a mano. Los llevé conmigo cuando viví en el extranjero. Recuerdo tener esas joyas en mi mesita de luz, en Alemania, y ojearlas cada noche, antes de dormir. De verdad sentía una calidez inexplicable en aquel país hackeado por esos niños.

En Mafalda todo llega de manera sorprendente, la información del mundo y sus oscilaciones, los desencantos, las rutinas, la dicha y las tristezas, siempre como algo que deslumbra, porque así es como un niño recibe las cosas: con gratitud. Hago una lista al mejor estilo Borges en su Aleph: en Mafalda aparecen el trucho argentino, los vendedores ambulantes, el machismo y la guerra, Los Beatles, los astronautas, el medioambiente, la energía atómica, la pobreza, la avaricia, la geografía, la radio que desaparece, la TV como caja boba, las telenovelas, la patria como invención, los derechos de autor, la policía, la represión, el fútbol, el ajedrez, las historietas de “cowboys” y el Cabo Kennedy; la escuela como casa de adoctrinamiento; las maestras como soldados fieles; la peluquería como institución de disciplina; la familia como núcleo que no alcanza; los seguros de vida; la carrera armamentista de los autos en las clases sociales; los médicos en su imaginado pedestal; el veraneo de la clase media; la vejez; las madres solteras; la aristocracia; las ruinas de la democracia; el gremialismo; los instrumentos para machacar ideas; la libertad tan pequeñita; el dinero; la amistad; las composiciones sobre la vaca; la historia, que es, nadie lo ignora, la estación obligada para mirar el propio rostro y reconocernos, aunque sea con espanto. 

Dos

Podría escribir cientos de páginas más, en el afán de agotar esta lista, pero nunca lo conseguiría. Mafalda es inagotable, como las estrellas que cuenta el hombre de negocios en uno de los planetas que visita el Principito. En aquella obra magistral, Saint-Exupéry utiliza los planetas por los que su personaje merodea, para desplegar su visión de la humanidad: un rey sin súbditos; un hombre vanidoso en un planeta desolado (…) un hombre de negocios embarcado en una empresa inútil: contar las estrellas y reclamarlas para sí; un farolero que, a la manera de Sísifo, enciende y apaga su farola incansablemente; un anciano geógrafo, tan centrado en la teoría que nunca recorrió el mundo que decía conocer. Con similar estrategia retórica, Quino nos muestra los distintos matices de la multiforme personalidad argentina, representada por un grupo de niños: el progresismo, la ambición y el dinero, la ingenuidad y la esperanza, el idealismo, la angustia, la ansiedad, la autosuficiencia, la perspicacia impostada, el tradicionalismo, la moral.

De más está decir quién es quién. Cualquiera que haya leído la tira ha logrado identificarse, a veces con obstinada fascinación, con alguno de aquellos niños que crecieron en medio de un país −un país es, siempre, una versión del mundo− que se derrumba.   

Tres

De todos los personajes de la tira, mi preferido es Miguelito. Soñador, romántico, idealista, egocéntrico, un poco ingenuo, nos va seduciendo con sus dudas existenciales siempre al borde de la ternura. Quisiera ensayar acá, algunas líneas sobre él. Miguelito aparece en el libro #2. Quino dedica ese volumen “a la Humanidad, aunque no a toda”. Debajo de esa dedicatoria, aparece un niño con el pelo en forma de hojas, mirando hacia arriba y preguntando al historietista: “¿Y a mí no?”. Allí, como en “Fervor de Buenos Aires”, puede leerse toda la obra del Miguelito que vendrá después. En aquel año, Mafalda viaja por primera vez al mar. Allí observa, como una antropóloga impredecible, el ethos del verano playero. Tipos musculosos, gente ricachona, ancianos decrépitos, cangrejos que caminan hacia atrás mientras ella increpa: “¡el futuro queda hacia adelante!”. Conoce a un niño que teme meterse en el mar porque se lo imagina como una inmensa olla de sopa. El match es instantáneo. Mafalda tira la piedra: le pregunta si se da cuenta de que ese sol que ahora los alumbra, es el mismo sol que alumbró a Lincoln, a Rembrandt, a Bolívar, a Cervantes… y Miguelito continúa “¡a Mussolini!”. La niña se espanta y se aleja enojada. Miguelito piensa: “mi abuelito habla maravillas de Mussolini”.

La ingenuidad siempre reflexiva de este entrañable personaje nos remonta un poco a las explicaciones tendenciosas que uno se inventa de niño para protegerse de un mundo que todavía no comprende, y el cual hacen tambalear las precarias seguridades de una voluntad en desarrollo. Le dice a Mafalda que se fije en su espalda, ¿no te das cuenta?, le dice, si no tuviéramos espalda la gente no podría irse. También le pide, en una ocasión, que lo espere parada en la esquina. Da una vuelta a la manzana y aparece por atrás. Comprobando su experimento, le toca el hombro y suelta: “realmente este Colón fue un capo”. En su deambular por la calle adoquinada de la vida, se pregunta sobre la muerte, a dónde irá uno cuando se muere. Mafalda le cuenta que su madre le dijo que al cielo. Él espeta: “¿te contó detalles del lanzamiento?”. Y así va tejiendo su mitología de la existencia, desde una ignorancia tan envidiable: “¿Tendrías un papelito para darme, Mafalda?”, creo que sí Miguelito, aquí tenés, ¿te sirve alguno?, “ah, no, de estos no, yo quería de los otros, de los que sirven para comprar cosas”.

 La vida, lo que se dice la vida, no va y viene. Solo va. Yo quería escribir una columna sobre Quino, pero eso no se puede. Ya han llenado los diarios y los canales de noticias. Entonces recuperé “El Principito” y los doce libros de Mafalda, que yo llevé conmigo a todos lados, porque allí me sentía en casa. “¿Qué planes tenés para esta primavera, Miguelito?”, pregunta Mafalda. “Vivir”, contesta. Y con esto me alcanza para recordarlo, Maestro, hoy que Ud. ha elegido otros planes para esta primavera.

Fotografía: Josefina Álvarez 

 
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