Me voy a bañar, de nuevo

Lecturas de Viernes | Darío Sandrone

El baño ruso
Una de las tantas prácticas singulares que realiza el ser humano es la de yacer entre vapor de agua, generado de manera artificial por él mismo. Aunque Herodoto cuenta que los griegos del siglo V aC. generaban vapor mediante hierros al rojo vivo o piedras recalentadas, ese rasgo cultural no es distintivo de esa civilización como de los rusos y finlandeses. La helada Siberia da un marco geográfico adecuado para esta costumbre y también Finlandia, tierra de baños vaporosos en cuya lengua se designan como “saunas”. Al igual que en la Grecia Clásica y en el Imperio Romano, el baño ruso era una institución social. Sin embargo, parece más antigua aún, incluso algunos historiadores piensan que proviene desde tiempos en que no existía el sistema de esclavos, pues en el rito del baño ruso es un bañista quien baña a otro, y no es atendido por asistentes de ningún tipo. Por otra parte, a diferencia de los baños grecorromanos, los baños rusos nunca llegaron a ser una institución lujosa. Cómo señala Giedion: “el baño ruso permaneció como en sus comienzos: una cabaña de troncos con un hogar abierto y un montón de piedras al rojo vivo para provocar un sudor intenso en la atmósfera saturada de vapor, un recipiente de agua fría, un manojo de ramitas para estimular la piel y un puñado de hojas y cebollas para el masaje, era casi todo lo que se necesitaba”

El baño turco
Los pueblos islámicos incorporaron esa costumbre. Llamaban “hamman” a sus baños vaporosos, palabra que proviene de la voz árabe con la que mencionan al calor. Pero el vapor no fue lo único que incorporaron los pueblos islámicos a los baños romanos. Habíamos dicho en la anterior columna que estos eran masivos y bulliciosos. Los islámicos en cambio, preferían el silencio, la media luz y el aislamiento. Por ello, construyeron su propia arquitectura, el “tepidarium”: salas con altas cúpulas cubiertas de vitrales que en la semi oscuridad dejaban caer coloridos rayos de luz sobre los bañistas, que retozaban en el agua como peces tropicales. Los islámicos, en algún sentido menos políticos que los romanos, quitaron los intercambios sociales y la vida recreativa del centro de la ceremonia del baño. Cómo sostiene Giedion: “el activo bañista del mundo occidental clásico, cede ante el reposo pasivo del oriental”. En busca de calma e intimidad, se edificaron baños más pequeños y aunque se mantuvo un ala caliente y otra fría, se agregaron músicos en las galerías que endulzaban los mojados oídos de los bañistas. El baño de los islámicos también incorporó algo que para nosotros actualmente es imprescindible, el shampoo, que estaba asociado con los masajes relajantes y el tratamiento de las articulaciones. No falta el historiador que especule que los califas incentivaban a sus súbditos con los placeres del baño como reemplazo de los encantos de la bebida alcohólica, prohibida por la religión. Por otra parte, si para los griegos el baño era una prolongación del gimnasio, y para los romanos del trabajo, para los islámicos lo era de la mezquita. Permitir el baño era un acto piadoso, las instalaciones estaban abiertas a los pobres y el pago era a voluntad, como ilustra un califa en las Mil y Una Noche, cuando dice: “dejo en manos del bañista el pagar de acuerdo a su rango”.

La recepción europea
Después de la expansión, los islámicos dejaron tras de sí los baños de vapor como un legado cultural a Europa, que en general recibió bien la tradición. Ahí están los grabados de Durero, “El baño de los hombres” y “El baño de las mujeres”, para atestiguarlo. En estos retratos puede verse cómo eran de primitivos los baños en las mansiones góticas: la habitación con su chimenea, sus recipientes de agua caliente y sus diversos niveles, sugiere inmediatamente hasta qué punto tales instalaciones eran cosas cotidianas. Sin embargo, no en todos lados fue tan bien recibida la costumbre. Cuando los moros se fueron de España en el siglo XV, quedó una cierta aversión hacia los árabes y muchos sectores de la realeza no querían bañarse, pues la alta cultura veía en eso un símbolo de los hábitos de los moros. Se dice que la reina de Aragón se jactaba de no haberse bañado nunca, con la comprensibles excepciones de su nacimiento y su matrimonio.

El buey solo bien se lame
Algunos siglos después, a finales del XIX, Arnold Ripley creó un baño portátil. El sistema consistía en una especie de bañera plegable que podía bajarse desde una instalación en la pared y en relación con ese sistema fueron profusamente utilizadas diversas luchas. Al respecto dijo: “este baño portátil de vapor tiene sobre el baño ruso o el turco, la gran ventaja de poder ser llevado a cualquier habitación, de dejar libre la cabeza y permitir que los pulmones respiren aire fresco, además requiere mucho menos tiempo.” Nacía el bañarse rápido, el bañarse solo. Nacía el baño doméstico y privado, de eso hablaremos en las próximas columnas.

 
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