Cuando despertó, el capitalismo estaba allí

Lectura de viernes | Por Darío Sandrone

Filósofes al rescate

Desde hace un tiempo la filosofía política ha tomado como lema y fetiche una expresión de Fredric Jameson según la cual es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Sin embargo, la interrupción repentina del funcionamiento de la maquinaria económica con motivo de la pandemia parece haber despertado de su letargo a los presagios filosóficos, como si la conmoción mundial ofreciera un escenario de “ahora o nunca” para imaginar alternativas a este sistema económico que, si sobrevive a la peste, probablemente no tarde demasiado en llevarnos a un problema ambiental de grandes proporciones. Pero, ¿cómo va a seguir todo? O mejor dicho, ¿va a seguir todo? Tres filósofos conocidos mundialmente han dado su opinión sobre los posibles escenarios pos-pandémicos

El primero que salió a la palestra fue el italiano Giorgio Agamben. A finales de febrero publicó un artículo bajo el desafortunado título “La invención de una epidemia”, en el cual afirmó que el virus era una sofisticada excusa para desencadenar el control y la represión de la población por parte de los estados. Sin embargo, las imágenes de los médicos (precisamente estatales) trabajando a destajo en los abarrotados pasillos de los hospitales generaron una ola de críticas hacia el filósofo que tuvo que recalcular y publicar una aclaración matizando sus dichos. El segundo fue el filósofo-rockstar esloveno Slavoj Žižek, quien salió al debate público mejor orientado que Agamben, aunque se entusiasmó demasiado y terminó realizando afirmaciones inverosímiles que más bien exponen sus deseos. Sostuvo que la pandemia hirió de muerte al capitalismo y que nos deja en las puertas de “reinventar un comunismo basado en la confianza en las personas y en la ciencia”. Ni la distopía estatista de Agamben ni el optimismo comunista de Žižek convencen, aunque quizá el futuro tenga un poquito de esto y un poquito de aquello.

Cuerpos y máquinas

El último en aparecer en escena fue Byung-Chul Han, quien probablemente sea hoy el filósofo más leído del mundo. El surcoreano contradijo explícitamente a Žižek, afirmando que la pandemia no afectará al capitalismo, y se acercó a la tesis de Agamben cuando aseguró que el peligro más inmediato es la instauración de un estado policial duro basado en las nuevas tecnologías. Byung-Chul Han señaló como caso paradigmático a China, que con innumerables cámaras de seguridad y sensores en la vía pública, drones vigilantes, seguimiento de celulares y un intercambio irrestricto de datos entre el Estado y las empresas sobre las actividades privadas  de los individuos (algo inadmisible en Occidente, aunque habitual tras bambalinas) ha logrado controlar la situación. Si este modelo se expande, Byung-Chul Han imagina un futuro dominado por “una biopolítica digital” que controlará activamente a las personas. También Agamben había cargado las tintas sobre la tecnología en sus “Aclaraciones”. Allí afirmó que de la misma manera que las guerras dejaron la “tecnología nefasta” del alambre de púas, la pandemia permitirá que los estados cierren las universidades y las escuelas "y sólo den lecciones en línea", que dejemos de reunirnos personalmente "y sólo intercambiemos mensajes digitales", y "que las máquinas sustituyan todo contacto entre los seres humanos.”

Ante esta demonización de la tecnología en manos del Estado por parte de Agamben y  Byung-Chul Han, conviene traer a la discusión un aspecto clave que ambos omiten. Justamente, uno de los problemas de esta pandemia es la falta de máquinas en los hospitales, puntualmente de respiradores artificiales. La colosal infraestructura digital que se ha desplegado en el planeta en pocas décadas contrasta cruelmente con la raquítica infraestructura tecnológica del sistema sanitario. Incluso, los países “desarrollados” no pueden conseguir unos cuantos miles de ventiladores para asistir a los cuerpos convalecientes. Esta asimetría se cristaliza en el doloroso protocolo que han establecido los médicos italianos. A los pacientes con pocas probabilidades de sobrevivir, en muchos casos porque no les han podido conseguir un respirador mecánico, sí les proveen una  tablet digital, que abundan en el mercado, para que puedan despedirse de sus familiares y seres queridos.

Afuera no te cuido, solo adentro

 En ese sentido, muy a pesar de Žižek, la pandemia lastima al capitalismo pero no lo hiere de muerte. Más bien, acelera bruscamente su mutación hacia lo que ha sido nombrado de muchas maneras: capitalismo de plataformas, capitalismo digital, capitalismo informacional, y que consiste en una migración de las inversiones del capital al trabajo informático y a la tecnología digital. Esta tendencia, además de los mayores márgenes de ganancia, ahora encuentra inesperadamente una justificación extraeconómica en la salud pública, ya que prescinde de la circulación de los cuerpos.  Esto intensifica un tipo particular de división social: quienes pueden ganarse el salario trabajando en una computadora están adentro, los demás afuera. De los que quedan afuera también hay dos clases. Por un lado, quienes desarrollan actividades “esenciales” (según la terminología del decreto Nº 260 del 12 de marzo) para sostener el funcionamiento del país; por el otro, aquellos que, según esta lógica, son “inesenciales”. Entre los primeros están, por ejemplo, los empleados de la salud y quienes prestan servicios funerarios, quienes trabajan en la producción y distribución de alimentos y energía; quienes trabajan en el transporte, la seguridad, la justicia y la comunicación. Entre los “inesenciales”, en cambio, están los vendedores ambulantes, los que hacen changas, los carreros, los peluqueros, los albañiles, los paseadores de perros, los dueños de restaurantes y carros de choripán. Las restricciones del Estado recaen con mayor crudeza sobre estos cuerpos cuya circulación, al parecer, no es esencial para el país aunque sí para la subsistencia de sí mismos. En consecuencia, la pandemia no solo exige al máximo al sistema sanitario estatal, sino también al sistema de contención social y económico para todos estos cuerpos que el capitalismo informacional no puede ni quiere contener y que el Estado, por motivos de salud pública, no puede dejar circular.

¡A desalambrar, a desalambrar!

En este contexto, el afuera de lo digital se hace más hostil y el adentro más amigable. Por un lado, los límites dispuestos para los cuerpos se intensifican de repente. Los muros de las casas, los límites provinciales, las fronteras nacionales se cierran inflexiblemente para que ningún cuerpo entre o salga. Por el contrario, las restricciones al interior de lo digital se relajan o desaparecen para que los humanos virtualizados “circulen” con mayor libertad. Miles de contenidos a los que no podía acceder sin pagar, ahora tienen entrada libre y gratuita. Obras de teatro, cine, música, libros, revistas, museos. Los diarios on line permiten también el acceso irrestricto a todo su contenido relacionado con el virus. Incluso Pornhub, la plataforma de porno más grande del mundo, abrió las tranqueras de su contenido premium en todo el planeta. El adentro digital (el adentro del adentro) se acondiciona para que todos estemos cómodos y placenteramente instalados, como quien prepara la habitación a un huésped que planea quedarse mucho tiempo. Por lo pronto, habrá que seguir imaginando el porvenir, no tanto a la manera de un gurú que anuncia el fin del mundo o del capitalismo, sino, por el contrario, para intentar comprender en qué formas continuarán ambas cosas.

 
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