Mirar hacia atrás

Lecturas de viernes | Darío Sandrone

Se dice el pecado, no el pecador

Dos gestos intelectuales se han repetido frente a la actual situación: por un lado, se la ha considerado como una ruptura con el pasado, a partir de lo cual comenzaron las especulaciones sobre cómo será lo que vendrá. El otro gesto, por el contrario, ha insistido en la continuidad con experiencias similares del pasado, intentando extraer de ellas algún trazo que permita elaborar un mapa para orientarnos de cara al futuro. El libro “La peste”, publicado recientemente por el filósofo argentino Leiser Madanes, responde a este segundo gesto.

No pensamos la actualidad desde algún lugar fuera de la historia, sino enredados y embarrados en ella. En ese sentido, Madanes admite que uno de los esquemas de pensamiento antiguo sobre el vínculo entre muerte, obediencia y naturaleza (tres elementos que están en el centro de la escena en la actualidad), proviene del pensamiento cristiano. Según el Génesis, los primeros humanos vivían en total armonía con la naturaleza: los árboles prodigaban sus frutos, la tierra cedía copiosamente sus productos, los animales estaban disponibles como alimento y nuestros cuerpos inmortales solo experimentaban satisfacciones. Pero los humanos desobedecimos las órdenes de Dios y, entonces, la naturaleza se volvió hostil y ajena. Según este mito, desde entonces todo lo que podemos obtener de ella es a fuerza de trabajo y esfuerzo, con el “sudor de la frente”. Nuestros cuerpos, por otro lado, se volvieron vulnerables: la muerte y el dolor (también en el parto) fueron partes del castigo divino. Madanes enfatiza este mito y proyecta sus consecuencias en los discursos modernos para controlar las epidemias: desobedecer al poder desquicia a la naturaleza.

La interpretación de san Agustín consolida este concepto: la naturaleza no puede repararse a sí misma. No podemos confiar en la propia naturaleza, que nos lleva a desobedecer, ni en la que nos rodea, que se desquicia y nos amenaza. Solo nos queda recurrir, piensa Agustín, al mismo poder no natural que, a pesar de habernos castigado con el dolor y la muerte, nos ofrece la posterior salvación. En ese sentido, durante buena parte de la Edad Media, las epidemias han sido concebidas como la eventual aceleración de una penalidad inevitable impuesta por un poder supremo, que ni siquiera la iglesia podía controlar eficazmente para ofrecer la reconciliación divina a los moribundos: “la peste nos arranca las víctimas antes de que puedan confesar sus pecados y arrepentirse”, se quejaba el papa Gregorio en el siglo VI.

Hablar a los ojos

Como bien cuenta Madanes, habrá que esperar a la peste negra que azotó a Europa a mediados del siglo XIV para que aparezca algo así como “políticas públicas”. Casualmente, fue en Italia donde se conformaron las primeras comisiones ad hoc de ciudadanos influyentes. En Siena, en 1347, prohíben el juego de azar y las apuestas para evitar las aglomeraciones. En ese siglo y en el que sigue, los Visconti, en Milán; los Gonzaga, en Mantua; y más tarde los Médici, en Florencia; se suman a esta tendencia que busca intervenir la vida social, no para acompañar en la muerte sino para prevenirla. Se diseñan en ese momento la mayoría de las técnicas que actualmente utilizamos para combatir la pandemia: cuarentenas, aislamientos (para lo cual se disponen lugares especiales, los “lazzarati”), cordones sanitarios, que solo se podían atravesarse con un “pasaporte de salud”. Se prohíbe la actividad de los colegios y cantinas, al igual que la de los pordioseros y las prostitutas. En Venecia, se interviene fuertemente el comercio: se inspecciona el vino, el pescado, la carne, pero también, el agua de las cisternas y las cloacas. Estas medidas intrusivas y sumamente costosas son, sin embargo, muy eficaces. En la misma medida son resistidas.

En 1629, la iglesia se negó a cancelar una celebración multitudinaria en Pascuas, por lo que el gobierno de Milán llevó a esa celebración los muertos desnudos que la peste había matado ese día y los paseó entre la multitud en un carro para amedrentar a la población: “un modo de hablarle a los ojos”, se justificaron los funcionarios. Por otro lado, los médicos no menos que los teólogos demoraron la lucha de los gobiernos civiles contra la plaga, a punto tal que fueron omitidos de aquellas primeras comisiones para paliar la peste que mencionamos anteriormente. Sucede que en las universidades se enseñaba que el origen de las epidemias era miasmático, es decir, que no se contraía por contagio, sino por respirar emanaciones del suelo o el agua. Este y otros episodios, según señala Madanes, contribuyen a que la administración civil gane peso y legitimidad frente a las corporaciones religiosas, médicas o económicas a la hora de enfrentar epidemias, una situación que se mantiene hasta ahora, y que se ha mostrado con claridad en la actual pandemia.

Estado (de naturaleza)

Con el surgimiento de esta nueva configuración, en los siglos que siguen el Estado ocupa el lugar del Dios de san Agustín. Será Thomas Hobbes, en el siglo XVII, quien mejor explique esta transformación. El filósofo cordobés Carlos Balzi, quien recientemente ha realizado una de las pocas traducciones al español de “El leviatán”, señala que, para Hobbes, a diferencia de Agustín, la naturaleza es originalmente desquiciada y no debido a una falta humana: este caos se debe a queDios es un ser distante y desconocido que no está pendiente de nosotros. Para colmo de males, los humanos no pueden salir por sus propios medios del caos natural, pero -y esta es la diferencia fundamental con Agustín que señala Balzi- para el filósofo moderno la clave no es la conexión de lo humano con lo divino, sino la capacidad única y extraordinaria de hacer artificios, objetos técnicos, aparatos. Entre ellos, el aparato estatal. Este ser no-natural y no-divino impondrá orden y exigirá obediencia para evitar que la naturaleza se desquicie y la sociedad se disuelva.

El saber (del) político

Madanes, por su parte, realiza un elogio a la clase política que podría extenderse hasta nuestros días. Desde aquellos estados embrionarios que se enfrentaban preventivamente a las pestes, los buenos gobernantes (quienes detentan el poder y la responsabilidad de manera virtuosa) desde su privilegiado lugar de observación ven con claridad lo que “la confusa amalgama de intereses y presuntos saberes no sabían ver: hay contagio y hay medidas que se pueden tomar para paliarlos”. Postula así “un conocimiento que permanece oculto al hombre llano, sea este sabio [como filósofos, médicos y economistas], o ignorantes”.

Esto, a la vez, pone al Estado en un lugar ambiguo: se le reclama y se lo rechaza, se le pide que cuide a la población pero que no la controle, se le exige y se le niega la acción. Finalmente, al igual que el Dios de Agustín (la metáfora es de Madanes), en su cruzada contra la peste, el Estado es salvador y crucificado, al mismo tiempo.

 

 

 
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