Prestar atención

Lecturas de viernes | Por Darío Sandrone

Números

Hace cuatro años, el libro de los Récord Guinness anunciaba que Youtube se había convertido en el sitio web con más contenido audiovisual del mundo. Por aquel entonces, se subían por minuto 71 horas de video. En otras palabras, se necesitaban 3 días para ver lo que se subía a cada minuto. Además, si una persona hubiera querido ver los 800 millones de horas acumuladas en el sitio, hubiera necesitado unos 90.000 años. Y si a esta agobiada persona se le ocurriera distribuir la tarea con otras, asignándole un minuto a cada una, no le alcanzarían los humanos disponibles: necesitaría 7 veces la población de la Tierra. Desde entonces, los números han crecido. A finales de 2019 se estaban subiendo unas 500 horas diarias, 7 veces más que en 2015. ¿Cuántas horas más por minuto se estarán subiendo en cuarentena? ¿Cuántos planetas Tierra se necesitarán ahora para prestar atención a todo el contenido de Youtube?

Economía de la atención

Una de las primeras lecciones que suelen darles a los estudiantes de Economía es que tal disciplina existe porque los recursos son escasos. Si fueran inagotables no sería necesario administrarlos, generarlos y distribuirlos. La tierra, los minerales, el agua, los alimentos, el trabajo son parte de la demanda de cualquier persona, y por lo tanto, son bienes escasos cuya distribución, si no es ordenada y justa, es caótica y trágica. ¿Y qué tiene que ver esto con Youtube? Que, si los contenidos sobran, lo que escasea son humanos sentados mirando. La atención humana se transformó, de un tiempo a esta parte, en un recurso escaso.
Hace más de 50 años, con el auge de los medios masivos tradicionales y las primeras computadoras en el mercado, el cognitivista estadounidense y ganador del premio Nobel en economía, Herbert Simon, advertía que “la abundancia de conocimiento e información que caracteriza a las economías del conocimiento crean una pobreza de atención y una necesidad de asignarla eficientemente entre la superabundancia de fuentes de información que pueden ser consumidas”. A pesar de ser planteada en la década de 1960, sin embargo, la economía de la atención no fue discutida seriamente hasta entrada la década de 1990, cuando internet puso a circular globalmente información y conocimiento de formas en que nunca antes se había hecho. La atención, entonces, se convirtió en el equivalente de lo que la audiencia es para la radio y el rating para la televisión, es decir una medida de la difusión del medio que permite hacer dinero vendiendo servicios y publicidad. Desde entonces, los humanos parecen pocos, no alcanzan. La atención, cada vez más difícil de conseguir, se dispersa conforme aumenta la oferta de plataformas, apps y portales digitales de todo tipo, que compiten aguijoneados por la misma pregunta: ¿cómo hacer que me presten atención a mí y no a los demás?

Atendeme, que estoy en cuarentena

Una realidad amarga que a esta altura ya podemos asumir y que es la principal fuente de angustia en medio de la pandemia, no es tanto que no podemos salir, sino que el afuera, por el momento, no existe. El trabajo, las calles, las plazas, los bares, los gimnasios, los recitales, los viajes no están disponibles o están vedados a nuestros pasos. Incluso las personas a las que solemos acudir por amor o necesidad no tienen permitido recibirnos. Sin afuera al que atender, nuestra atención se concentra y distribuye adentro de la casa. internet, entonces, se transforma en un adentro de ese adentro, en un recinto privilegiado que absorbe la atención de los moradores y le disputa al hogar el excedente de atención que no se lleva la calle. Ese adentro del adentro, además, cambia permanentemente y se amolda a cada edad, interés y personalidad, generando automáticamente contenidos específicos para cada uno de los individuos que divagan por la casa, la cual queda reducida a un simple y aburrido espacio que, en cambio, es lo mismo para todos todos los días.

La atención no es lo que era

Recientemente, el filósofo chileno Claudio Celis Bueno afirmó en su libro “Economía de la Atención” (2018), que “internet se transformó en una próspera plataforma donde la atención humana no es solo el blanco de la información (por ejemplo, logrando que las esferas oculares apunten al mensaje publicitario), sino una activa fuente de información sobre los hábitos y preferencias de los consumidores”. A diferencia de los medios tradicionales, las plataformas digitales no solo proveen contenido a usuarios atentos, si no que elaboran un registro preciso de lo que estos hacen cuando atienden y cómo lo hacen. Estos datos sirven para mejorar las plataformas y personalizar los servicios, haciéndolos más eficientes y rentables. Por si fuera poco, las plataformas digitales no solo son sistemas expertos en capturar la atención de los humanos, sino también los contenidos que ellos mismos crean con las herramientas digitales que se les proveen. Así, como agua entre las rocas, brotan de la multitud una dinámica combinación de textos, sonidos e imágenes, bajo la forma de tutoriales, clases, conversaciones, talleres, conciertos, memes, posteos y mil cosas más.

Esto muestra lo rápido que hemos incorporado la economía de la atención a nuestras vidas, y lo profundo que ha calado en nuestra cultura y en nuestras prácticas. También nosotros nos lanzamos en busca de la siempre poca atención que circula entre el mar de contactos y que suele desviarse hacia otros contenidos o hacia el contenido de otros. Con ello, no hacemos más que replicar la dinámica social de la macroeconomía en nuestro pequeño-gran mundo de computadoras y celulares interconectados. En consecuencia, como señala Celis Bueno, si la misma atención que usamos para entretenernos y divertirnos es, a la vez, un recurso humano fundamental y escaso que todos, usuarios y grandes corporaciones, queremos conseguir para obtener un capital monetario o simbólico, la línea que divide al trabajo productivo del ocio se desdibuja. Por eso mismo, los sectores del capitalismo que han apuntado sus cañones a la tecnología digital amplían su capacidad de explotación y, por ende, de generación de riqueza, no solamente en virtud del trabajo de las personas sino también de su tiempo libre.

¿Todos pierden?
¿Todos ponen?

Se ha dicho hasta el hartazgo que la economía está paralizada, eso es, como vemos, una verdad parcial. Los sectores de la economía de la atención (las economías del adentro) no han dejado de crecer a tasas chinas (si se me permite el gentilicio en este contexto), y de acumular usuarios, datos, experiencias y productos. Y dado que esto se ha potenciado a partir del confinamiento global, conviene comenzar a madurar algunas preguntas: ¿qué tanto van aportar en materia fiscal estos sectores de la economía? ¿No han incrementado drásticamente sus ganancias por las mismas condiciones inesperadas por las que otros sectores formales y, sobre todo, informarles terminarán en la ruina o la miseria? ¿No debemos buscar allí también una suerte de “impuesto a la riqueza”? Sin lugar a dudas, este es un aspecto que merece toda nuestra atención.

 
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