El drama de los objetos

Lectura de viernes | Por Darío Sandrone

Del amor al odio hay un solo paso

Nuestro universo mental está plagado de pequeños melodramas que nos acompañan a lo largo de toda nuestra vida y probablemente partamos de este mundo sin haberlos resuelto. Al mirar nuevamente una película que de niño me había fascinado y marcado a fuego, ahora me parece insípida y común. ¿Cuál de los dos juicios será el correcto? Cada vez que por casualidad me encuentro con esa película la miro una vez más con atención para encontrar en ella, en su estructura, en sus planos, en sus actuaciones algo que resuelva el problema de una vez y para siempre, algo que desmienta al niño que fui o que lo reivindique. 

En ocasiones, la película vuelve espontáneamente a mi mente mientras estoy haciendo otra cosa, y de nuevo me interno en el problema. Lo mismo me sucede con algunas personas. Al conocerlas un halo de ambigüedad envuelve mis sentimientos. En algunas ocasiones siento una atracción y un profundo amor hacia ellas, pero en otras situaciones, bajo otras luces, en otros contextos siento rechazo e indiferencia. Nuevamente, cada vez que me encuentro con alguna de esas personas observo detalladamente sus gestos, sus actitudes, sus razonamientos para descubrir algo objetivo que descifre el enigma. ¿Son malas o buenas? ¿Debo amarlas o detestarlas? Lo mismo puedo decir de ciertas ideas políticas a las que en algún momento me aferré y de las que ahora reniego. ¿Entendí mejor el mundo o traicioné mis ideales por conveniencia? 

Podría seguir enumerando esos minúsculos dramas especulativos, triviales para otros y menores en comparación con tragedias humanas como la muerte, la pobreza y la injusticia. Sin embargo, ningún conflicto social es tan íntimo como esos pequeños melodramas mentales que se despliegan ni bien abro los ojos en la mañana. Intentar calificarlos como “meramente psicológicos” sería simplificar la cuestión porque no es algo que sucede “solamente” en mi cabeza, sino que es provocado por cosas, personas e ideas que están allí, en eso que llamamos mundo. 

No es un drama conmigo mismo en mi propia mente, es un drama de mi conciencia con los objetos que me rodean, que no están en ella: cuando miro hay algo que es mirado; cuando amo, hay alguien que es amado; cuando pienso, hay algo que es pensado. 

Algo como esto último fue planteado por Franz Brentano, un psicólogo y filósofo alemán que a principio de siglo XX enseñaba en la Universidad de Viena que los actos mentales siempre están arrojados a algún objeto. Al contrario de mi mano, que cuando está quieta no hace nada ni agarra nada, mi mente no puede estar quieta. El rasgo propio de los fenómenos psicológicos es la intencionalidad, esa actividad permanente e incesante de juzgar, representar, aceptar o rechazar las cosas que nos rodean. La mente siempre está arrojada activamente hacía algo, si más no sea un recuerdo o un producto de la imaginación que juzgo, pienso y desentraño. Mi mente, al contrario de mi mano, no puede existir sin “agarrar” algo para nunca dejarlo en paz. No se puede ser consciente y, al mismo tiempo, no pensar en nada. 

Pensar en nada es estar pensando en algo que llamamos nada y, para colmo de males, ese pensamiento siempre encierra un enigma que develar y un misterio que descubrir: ¿qué rasgos de las cosas están verdaderamente en las cosas y cuales son proyecciones ficticias, generadas por el funcionamiento de mi mente? Lo que pienso, recuerdo o imagino de las películas y las personas no puede reducirse a las películas y a las personas: siempre hay una pátina subjetiva sobre los objetos que nos impide ver cómo son realmente. La tesis que Brentano formuló hace más de 100 años no pasó desapercibida, e influyó en las mentes más lúcidas de ese entonces, entre las que podemos contar a un par de sus alumnos: un tal Sigmund Freud y un tal Edmund Husserl. 

Los muchachos fenomenólogos

Tanto Freud como Husserl fueron tierra fértil para las ideas de Brentano. El primero formuló las bases del psicoanálisis contemporáneo, que vaya si ha estudiado los dramas internos que las personas tienen con cosas y personas. El segundo, por su parte, inauguró la fenomenología, una de las corrientes filosóficas más potentes del siglo pasado. Esta corriente se parece en algo al peronismo. Si bien es fácil encontrar el origen de la doctrina en Husserl, su camino hasta nuestros días está plagada de seguidores leales, pero también de traiciones y proyectos personales que no siempre defendían los ideales de su creador. 

No faltó quien propusiera una fenomenología sin Husserl. El caso más notable probablemente haya sido Martín Heidegger, uno de sus alumnos más brillantes. A los 28 años, el joven Heidegger escribió uno de los libros fundamentales y más discutidos, “Ser y tiempo”. Allí contradijo las enseñanzas de su maestro (Husserl) y se alejó de la tesis de la intencionalidad, a la que veía como un fenómeno secundario, derivado de la verdadera cuestión importante: la temporalidad de la conciencia. 

Además del enojo de Husserl con el libro, es famosa otra anécdota. En la primera edición, del año 1927, el autor puso una cariñosa dedicatoria a su profesor, pero en la quinta edición, de 1941, Heidegger, simpatizante del Nacional Socialismo, decidió quitar la dedicatoria a Husserl, quien era de origen judío.

La fenomenología transita desde entonces entre Husserl y Heidegger. Esto puede verse en nuestros días, por ejemplo, en el pensamiento del filósofo estadounidense Graham Harman, quien hace diez años publicó un interesante libro bajo el título de “El objeto cuádruple”, en el que intenta tomar lo mejor de uno y otro. Actualmente, Harman goza de cierto reconocimiento y algo de fama debido a la originalidad de su planteo. Incluso puede vérselo en YouTube en algunos debates públicos con el filósofo más famoso del mundo, Slavoj Zizek. En la próxima columna nos sumergimos en la filosofía que estos tres pensadores han elaborado alrededor del drama de los objetos. Me refiero a los de la "H": Husserl, Heidegger y Harman. De Zizek no diré nada porque aún no me decido si me cae bien o mal, pero lo estaré pensando en estos días. De hecho, como sabemos ahora, será inevitable hacerlo. 

 
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