El drama de los objetos (segundo acto)

Lecturas de viernes | Por Darío Sandrone

“Crocodile”, el tercer episodio de la cuarta temporada de la serie Black Mirror, transcurre en un escenario futurista en el que las empresas de seguros han implementado una máquina que permite escanear el cerebro de los testigos de siniestros, como un accidente de tránsito, para representar sus recuerdos en una pequeña pantalla, como si fueran escenas de televisión. Esta mediación tecnológica permite eludir la mentira: uno puede decir algo falso, pero no puede recordar algo que no sucedió. En todo caso, puede intentar imaginar un hecho ficticio y conveniente.

Precisamente, es allí donde adquiere relevancia la investigadora de la agencia de seguros, quien a través de un minucioso interrogatorio va quitando de ese objeto mental imaginario las cualidades falsas y las luces distractoras que la persona ha puesto de manera tramposa, reduciéndolo finalmente a un recuerdo, esto es, a un pensamiento cuyo contenido es un hecho que ocurrió realmente. Sin embargo, no siempre hay mala intención del testigo, a veces solo se cae en un error. Por ejemplo, una escena muestra cómo una testigo recordaba haber visto que uno de los implicados en un accidente llevaba una campera verde, a pesar de lo cual, cuando la investigadora de la agencia de seguros le comentó que otro testigo la recordaba amarilla, mágicamente la campera cambió de color en la pantalla como si fuera un efecto especial hecho con computadoras. Pero lo que ocurrió realmente es que la mujer recordó, es decir, quitó una cualidad falsa (el color verde) de su objeto mental, dejando relucir una cualidad verdadera que permanecía oculta.

Funes, el viscoso

Uno de los filósofos que más se ha ocupado de los objetos de la conciencia ha sido el alemán Edmund Husserl, quien a finales del siglo XIX se abocó a estudiar el sentido que adquieren en nuestra conciencia las cosas del mundo. Para que adquieran sentido es necesario primero retenerlas en nuestra mente. Husserl afirma que existe una “retención primaria”: el momento exacto en el cual el hecho se nos queda grabado.

Sin embargo, esa retención no implica aún un recuerdo. Recordar es una actividad posterior que consiste en recuperar intencionalmente el contenido de la retención. Pero aquí aparece un problema: la conciencia no es una habitación ordenada. Se parece más a un tormentoso remolino de flujos en donde los sonidos, los colores, los sabores, los aromas, las texturas de los objetos mentales se mueven y se entremezclan. Las cualidades sensoriales se mezclan psicodélicamente en nuestro pensamiento, y no siempre es sencillo precisar con exactitud cuáles corresponden a la retención primaria, y cuáles se han pegado a ella accidentalmente en el remolino mental diario. Las cualidades sensoriales son tenues, fantasmales, vaporosas. También son pegadizas y viscosas. Los colores de un recuerdo manchan y salpican muy fácilmente a otros recuerdos. Posiblemente, la testigo retuvo la campera amarilla en su mente, pero al buscar esa retención arrastró el verde de otra campera similar que alguna vez vio, o imaginó, o soñó o inventó.

Para colmo de males, nuestra piedra de toque, la “retención primaria”, queda cada vez más lejos en el tiempo, como un poste que vemos alejarse en la ruta y que pierde nitidez a cada segundo. En el sentido contrario, el recuerdo es cada vez más espeso pues a cada segundo incorporamos sensaciones, ficciones, vivencias y, además, otros recuerdos. Funes el memorioso, el personaje del cuento de Borges, lleva este problema al infinito pues “no solo recordaba cada hoja de cada árbol de cada monte, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado”.

Pero, como nosotros, simples mortales, no tenemos esa memoria infinita, cada uno de los recuerdos tiñe el anterior hasta que perdemos el rastro de la “retención primaria”. El recuerdo se pone tan espeso que impide llegar al fondo de la olla, y cuanto más lo removemos más colores despliega. Así es la profundidad de la conciencia, un flujo viscoso, imparable, intenso. Cada objeto que habita en ella es un drama inacabado que, cada tanto, se interrumpe con el presente. Cuando dejo de recordar y vuelvo aquí y ahora, el frenesí se detiene, una posibilidad que no tenía Funes. 

Tras la tormenta de arena

Paradójicamente, el presente solo existe como consecuencia de los recuerdos, de la recuperación de las retenciones. Si no recordara que me senté aquí hace media hora a escribir esta columna, si no recordara que leí algo de Husserl o escuché de él en una clase de Ariela Battán u Horacio Banega, si no recordara todo eso no comprendería esto que estoy escribiendo aquí y ahora. Por otra parte, si ustedes no recordaran lo que he escrito hace cinco líneas atrás no entenderían esta frase que están leyendo y que culmina en este punto. Lo ausente es la materia prima del presente, no su opuesto. Lo actual es aquello que trae desde el pasado el flujo de la conciencia, como hemos dicho, bajo la forma de cientos de vientos sensoriales entremezclados.

No obstante, el punto cronológico en la línea de la conciencia es inamovible. Volvamos a nuestro ejemplo. La testigo sabe que el accidente fue después de salir del trabajo y antes de que llegara la policía, sabe que ocurrió en el momento exacto en que ella estaba pensando en qué iba a cenar y antes de sentir mucho miedo. Pero no recuerda la hora en la que salió de trabajar, ni la cantidad de policías que llegaron, ni qué había en su casa para cenar, ni lo que pensaba cuando se moría de miedo mientras veía la campera “verde”.

Sabe cuándo ocurrió el accidente, pero no está segura de qué fue “exactamente” lo que ocurrió cuando ocurrió el accidente. ¿Puede descubrirlo si se pone a pensar? Si somos optimistas, como lo era Husserl, la respuesta es sí. “En Husserl descubrimos”, nos dice Graham Harman, “que los objetos no se sustraen al acceso humano, sino que aparecen demasiado adornados con decoraciones frívolas y efectos superficiales”, pero aplicando un método, el método fenomenológico, uno podría llegar a la esencia del objeto mental, lo que Husserl llama el “eidos” del objeto. La característica principal de la filosofía de Husserl es el supuesto de que los objetos mentales pueden ser “plumereados” por la actividad consciente hasta quitar de ellos todas las luces, el polvo, las calcomanías difusas que lo recubren. Si lo hacemos bien, es posible que detrás del verde erróneo aparezca el amarillo posta.

 
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