Esto no es una bici

Lecturas de viernes | Por Darío Sandrone

El dilema maquinal

Hace unas semanas, Netflix estrenó “El dilema de las redes sociales”, un documental sobre el impacto de las plataformas digitales en la psicología de las personas, en la sociedad y en la política, basado en el testimonio de especialistas y ex empleados de las grandes corporaciones tecnológicas. En un pasaje, Tristan Harris, ex empleado de Google, realiza una extraña analogía entre celulares y bicicletas: “nadie se molestó cuando inventaron las bicicletas”, nos dice, “nadie dijo: «Dios hemos arruinado la sociedad, la bicicleta está afectando a la gente, la aleja de sus hijos, están arruinando la democracia»”. La analogía, sin embargo, es mala. La portabilidad del celular es engañosa.      Como se lleva en la mano se lo compara con una herramienta, como un lápiz o un pincel. Y como nos acompaña permanentemente sin estar conectado físicamente a nada, se lo compara con un artefacto autónomo. Pero la bicicleta se mueve al ritmo del ciclista, de su fuerza y rapidez; mantiene una relación simétrica y recíproca con su cuerpo y su cerebro. El celular, en cambio, se parece más a un telar automático del siglo XIX, cuando a la herramienta manual y a las máquinas relativamente simples (como una bicicleta) se sumó un nuevo tipo de tecnología, la maquinaria. Un gran motor a vapor ponía en movimiento decenas de máquinas sincronizadas junto a las cuales los humanos trajinaban durante horas, asistiéndolas.    Mientras la herramienta se adapta al ritmo y a los movimientos del humano, en la maquinaria es éste quien sigue el ritmo de las máquinas y adapta los movimientos de su cuerpo y los pensamientos de su cabeza al vertiginoso ciclo de sus operaciones. Del mismo modo, los ritmos y el comportamiento de los dispositivos digitales actuales, sincronizados por millones, están determinados por grandes motores informáticos distribuidos en centros de decisión. Junto a cada celular siempre hay un humano trabajando, jugando, comunicándose, siguiéndole el ritmo durante horas. El celular es la terminal de una maquinaria, o de varias. Cualquier análisis sobre las redes sociales debe partir de esa premisa.

Nuevas azadas para desenterrar viejas raíces

Si la bicicleta no fue cuestionada, la maquinaria sí lo fue y aún lo es. De hecho, si las ponemos en perspectiva histórica, las críticas que nos presenta el documental son una variante de las tradicionales críticas a la maquinaria industrial. Pero si los telares del siglo XIX producían telas, ¿qué producen las redes sociales de los dispositivos digitales, que en lugar de estar en una fábrica se distribuyen por todo el planeta, ya no por docenas sino por millones? “Si no pagas el producto, entonces tú eres el producto”, afirma Harris. Esta es una de las tesis fuertes del documental: las redes sociales moldean nuestro comportamiento y nuestra percepción para adaptarnos al funcionamiento del dispositivo.     Jaron Lanier, un exitoso empresario informático devenido en crítico de internet, afirma que el producto de las redes es “el cambio gradual e imperceptible que sufre tu conducta y tu percepción… es lo único que ellos tienen para ganar dinero. Cambiar lo que haces, lo que piensas, quién eres”. Las plataformas compiten por tu atención porque tu permanencia junto a la máquina es el producto que venden. Ahora bien, aunque las técnicas de persuasión han cambiado y hoy se apela a sofisticados mecanismos psicológicos para captar la atención, el objetivo es el mismo que el de los industriales decimonónicos: poner personas junto a máquinas sincronizadas durante la mayor cantidad de tiempo posible. Para ello, también la industria tradicional generó un nuevo sujeto adaptado a las tareas fabriles de producción continua: puntual, disciplinado, obediente. A diferencia de aquellas, no obstante, en las maquinarias digitales actuales los empleados son pocos; los usuarios, en cambio, frente a sus propias computadoras, suman millones.

Entonces, ¿Es esta maquinaria digital más de lo mismo? Uno de los cofundadores del Centro para una Tecnología Humana, Randy Fernando, responde negativamente en otro pasaje del documental. Desde su punto de vista, a diferencia de otras tecnologías productivas, la maquinaria digital avanza exponencialmente: “desde los años 60 hasta hoy la potencia de procesamiento ha aumentado 3 millones de veces… Los autos, en cambio, son, como mucho, el doble de rápidos”. “El problema -completa Fernando- es que nuestra fisiología y nuestros cerebros no han evolucionado a esa velocidad.”

Esto se articula con otra crítica del documental que recae sobre el aumento de las patologías psiquiátricas. El psicólogo social Jonathan Haidt advierte que las hospitalizaciones por heridas autoinfligidas debido a la depresión y la ansiedad han aumentado un 62% entre los adolescentes estadounidenses desde el 2011, y la tasa de suicidios un 70%. Relaciona estos números a que “los niños nacidos después de 1996 son la primera generación en la historia que tuvo redes sociales en la secundaria”.

El malestar de la maquinaria

Es probable que no podamos adaptarnos a las redes sociales digitales sin sufrir. Sin embargo, también es posible que este sea una nueva versión de un fenómeno más antiguo: a pesar de que la maquinaria de la producción industrial lleva casi tres siglos desplegándose en el planeta, aún no podemos adaptarnos a ella sin consecuencias para la salud. Si bien la tecnología digital crece exponencialmente frente a las tradicionales maquinarias, luego de siglos sin cambios relevantes, a partir del siglo XIX y en pocas décadas aparecieron fábricas, trenes, autos, aviones, lavarropas, marcapasos, teléfonos. Es cierto que explotó la tecnología, pero fue hace mucho tiempo y muy lejos de Silicon Valley. ¿Qué diferencia existe realmente entre el insomnio de un adolescente de hoy, provocado por el celular, y el adolescente que protagoniza “El apóstata”, aquel cuento que Jack London escribió, en 1906, sobre un muchacho que no dormía por las noches porque no se lo permitían sus músculos atrofiados por estar horas frente al telar?

Desconozco si hay estadísticas sobre cómo aumentaron las patologías psiquiátricas desde que se instalaron las maquinarias en Inglaterra a finales del siglo XVIII. Sin embargo, en “El Capital” Marx presenta un amplio abanico de reportes médicos que dan cuenta de cómo, desde la gran industria, se ha ampliado considerablemente el catálogo de las enfermedades, y se queja de la “devastación intelectual producida artificialmente, al transformar a personas que no han alcanzado la madurez en simples máquinas de fabricar plusvalor”, motivo por el cual el Parlamento inglés se vio obligado a regular el vínculo entre niños y máquinas fabriles.

Los dispositivos digitales actúan sobre nuestro cerebro antes que sobre nuestra espalda. Sin embargo, cada maquinaria genera su tipo específico de enfermedades mentales y físicas. La industria digital no tiene por qué ser la excepción. La idea de que se requieren regulaciones más fuertes comienza a madurar de a poco. Su concreción será el resultado de grandes batallas culturales. No será tan fácil como andar en bicicleta.

 
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