Un nudo en la madera

Lecturas de viernes | Por Darío Sandrone

Forma y materia

Lo que se conoce como teoría hilemórfica es una concepción científica antigua, formulada principalmente por Aristóteles. Según esta teoría, cada cosa existe de acuerdo a dos principios esenciales: su materia (hyle) y forma (morphē). Una viga, por ejemplo, difiere de una mesa solo en su forma, pues ambas están hechas de madera. En cambio, se distingue de un vaso de vidrio tanto en su forma como en su material. La teoría hilemórfica, además, implica una teoría de la técnica (techné). Para que algo llegue a existir, es necesario que su forma sea creada en la mente de alguien y luego plasmada en el material, como un sello en la cera tibia.

La historia de las cosas, desde esta perspectiva, no es más que la historia de las formas creadas en la imaginación y expresadas en la materia.

Madera

Uno de los críticos más convencidos contra la teoría hilemórfica fue el filósofo francés Gilbert Simondon, quien, en 1958, publicó un ambicioso libro llamado “La individuación a la luz de las nociones de forma e información”. Para Simondon, la forma técnica (supongamos: de viga o de mesa) no se origina únicamente en el intelecto humano, sino que encuentra también su origen en “formas naturales” que ya habitan la materia. Por ejemplo, hay árboles rectos, curvos, cilíndricos y rectangularmente cónicos. En consecuencia, plantea Simondon, algunos árboles tienen forma de viga antes que la forma de viga emerja en la imaginación del carpintero.   Esto quiere decir que la materia tiene formas, está in-formada; o, lo que es lo mismo, posee in-formación, por lo que hay al menos dos técnicas posibles para darle al tronco forma de viga. La primera técnica es muy antigua y consiste en clavar una cuña en una grieta del tronco y forzarla para que se extienda a lo largo “respetando la continuidad de las fibras, curvándose alrededor de un nudo, siguiendo el corazón del árbol, guiada por la forma implícita que revela la fuerza”. La segunda técnica, más moderna, es con la sierra mecánica. La sierra sigue únicamente la forma abstracta y geométrica que pensó el artesano y que impone unilateralmente, “sin respetar las lentas ondulaciones de las fibras o su torsión en hélice de paso muy alargado”. La sierra corta las fibras, ignora la información en la madera. Se avanza rápido, pero se consigue una viga débil.

Carne

Yuk Hui es un joven filósofo chino que enseña en Alemania y viene ganando terreno en los debates internacionales sobre filosofía de la técnica. En su ensayo “Cosmotécnica como cosmopolítica” cuenta la historia de Pao Ding, un carnicero chino famoso por su talento en el arte de desmembrar animales.    Consultado sobre sus facultades, Pao Ding afirma: “Cuando empecé a descuartizar solo veía el buey entero. Tres años después lo veía en partes. Ahora ya no lo miro, trabajo en él por intuición. Donde mis ojos se detienen, mi intuición avanza sola. Surco las principales uniones y clavo el cuchillo en los huecos. Siguiendo la estructura natural de la res, nunca toco arteria ni tendones, menos aún los grandes huesos.” Cada vez que Pao Ding encuentra resistencia se detiene un segundo, siente la res buscando el vacío y sigue cortando.

Al igual que el carpintero simondoniano, sigue las fibras, las formas en la carne, en los huesos y tendones. “El Tao es más importante que la herramienta”, agrega Pao Ding. El Tao, una filosofía de la armonía con la naturaleza que puede traducirse como “camino”, “vía”, o “método”.

En China se dice que el buen carnicero cambia su cuchillo una vez al año porque evita cortar los tendones, mientras que un mal carnicero tiene que cambiarlo todos los meses. Pao Ding no ha cambiado su cuchillo en 19 años y parece recién afilado.    La conclusión que Hui extrae de esta historia es que “no se puede buscar la perfección técnica a través de la perfección de un instrumento o de una habilidad; la perfección solo se alcanza a través del Tao”. Si no se sabe vivir, no se sabe hacer.

Un revoltijo de carne con madera

Ignoro si es válida o buena una analogía con la política, pero si gobernar es algo así como generar formas en un pueblo a lo largo de la historia, no es absurdo preguntarse por esas formas deseadas. ¿Dónde están?, ¿de dónde provendrán?

En los gobiernos autoritarios, las formas nacen en los centros de poder y buscan imprimirse en el modo de vivir de la gente como en cera tibia. La violencia corta como una sierra eléctrica las fibras, los tejidos sociales, los nudos de la historia en la memoria colectiva. Los gobiernos democráticos, en cambio, aspiran a una técnica de gobierno que se guíe por la información que ya está distribuida en el pueblo, en sus creaciones, en sus ideas, en sus vínculos, en sus necesidades.    Cada vez es más notorio, además, que también es necesario aguzar la intuición para seguir la información de la tierra y su atmósfera. Detenerse en la resistencia, buscar el vacío. Acertar dónde clavar la cuña y abrir la grieta por sus cauces populares. Enormes desafíos esperan a los gobernantes democráticos, mientras rugen las sierras eléctricas, haciendo cada vez más ruido, ensordeciendo.

Poblar será, mientras tanto y entre otras cosas, anudarse a la madera.

 
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