"Seré curioso..."

Lecturas de viernes | Por Darío Sandrone

Los libros y la noche

Alguna vez, un amigo, al que le gusta mucho leer, me contó que cuando era un adolescente le ofrecieron trabajo en una librería. En ese momento no dudó en aceptar, pues pensó que de esa forma podría leer todo lo que quisiera. La cercanía con los libros -supuso- le garantizaría numerosos momentos de lectura sin lidiar con problemas de dinero o logística. Sin embargo, las cosas con los libros no salieron como él esperaba: en el trabajo debía acarrearlos, contarlos, acomodarlos, clasificarlos, limpiarlos, venderlos, recomendarlos. Todo, menos leerlos. Incluso, cuando tenía un tiempo libre, estaba obligado por las circunstancias a leer los libros nuevos para responder las consultas de potenciales clientes. La curiosidad, ese motor fundamental de todo lector, quedaba en la puerta de la librería para ser reemplazada por la atención constante y la eficiencia laboral.

Tomá por curioso

Un proverbio chino dice que el alma es un mono borracho cazando mariposas. Para salir de esa condición es necesario disciplina y reflexión. Una orientación, un método, un camino.   En su libro “Ser y Tiempo” (1927), el filósofo Martin Heidegger reivindica al curioso en la misma medida que lo desacredita. Según el alemán, el curioso comparte con el filósofo el amor desinteresado por el conocimiento. Mi amigo ex librero no quería leer los libros más convenientes para su trabajo, sino aquellos que, sin ningún motivo, le resultaban atractivos, por más irrelevantes que fueran. Ese desprecio por la utilidad emparenta la curiosidad con el saber contemplativo, salvo -y allí hace hincapié Heidegger- en que el curioso se entrega acríticamente a su afán por buscar, hurgar, ver, coleccionar datos. Es una pasión, en el sentido de un padecimiento. En consecuencia, plantea Heidegger, al curioso no le interesa conocer el mundo sino su aspecto, su superficie, las rarezas, los hechos extraños, en definitiva, las “curiosidades”.     Heidegger, atribuye eso a la manía por las novedades, siempre diversas pero equivalentes e intercambiables. El curioso ni siquiera busca las novedades placenteras. En el libro décimo de sus “Confesiones”, San Agustín distingue el placer, que “corre tras todo aquello que es bello, gustoso, armonioso, suave, mullido”, de la curiosidad, que, en cambio, también se interesa por lo feo, lo desagradable y lo áspero, solo “por afán de probar, de conocer”. Liga así la curiosidad al saber, pero también al desorden y el azar. El conocimiento profundo, por el contrario, requiere orden, sistematización y no pocas veces repasar lo conocido hasta el aburrimiento. Una tortura para el curioso.

Volviendo a Heidegger, por otra parte, el conocimiento es algo que sucede en la abstracción de la mente, pero el curioso es sobre todo visual. Prefiere ver a pensar. Es un voyeur que fisgonea en las ventanas del conocimiento, pero nunca ingresa definitivamente. Y como no ingresa, mira muchas cosas al mismo tiempo pero de lejos. Por ello, la mirada no distingue entre “figura” y “fondo”, entre lo importante y lo secundario.

La curiosidad revivió al dato

El principal motivo por el que la curiosidad estuvo tradicionalmente excluida del mundo del trabajo es que el curioso, para poder ejercer como tal, debe estar constantemente distraído. Mira, captura y experimenta con todo sin prestar atención sostenida a casi nada. Para ser curioso hay que ser inconstante, ir de acá para allá, no permanecer mucho en ningún lugar, en ningún autor, en ningún tema, en ningún trabajo.

Hace unos años, en un seminario sobre filosofía política en la universidad de Calabria, el filósofo italiano Paolo Virno propuso que estábamos en presencia de un cambio de época a este respecto. En nuestra “era posfordista” (otro día hablaremos de este término), la curiosidad se ha convertido en una aptitud laboral, casi en un requisito. El curioso, otrora mirado con desconfianza por el mercado de trabajo, ahora es solicitado.   Virno afirmó esto hace casi veinte años, y las grandes empresas tecnológicas que vinieron después parecen haberle dado la razón. Google, por ejemplo, desde hace años deja un tiempo libre de cada jornada para que sus empleados dejen de hacer lo que se les había ordenado y se dediquen un par de horas a curiosear y desarrollar proyectos propios. Así nacieron varias de las aplicaciones más importantes de la empresa.

Incluso, con el correr de los años, la curiosidad parece haberse tercerizado a través de las “startups”, pequeñas empresas surgidas de emprendedores particulares, otro nombre para los curiosos de nuestra época, que dando rienda suelta a su imaginación desarrollan alguna idea novedosa susceptible de ser explotada comercialmente. Es entonces cuando las grandes empresas tecnológicas compran esas ideas. Los CEOs no son curiosos, son eficaces.

Probablemente, sea la figura del usuario digital la que condensa más intensamente la curiosidad como modo de ser en el mundo. Lo que nos mantiene ligados a las grandes plataformas digitales es, entre otras cosas, la curiosidad. Wikipedia nos ofrece una colección de datos fraccionados y poco profundos sobre los saberes a la que nos entregamos dispersamente. El hipervínculo, el link que me lleva de un dato a otro, está hecho a la medida de la inconstancia del curioso que se va al próximo dato sin haber profundizado en el primero. Incluso los diarios han devenido portales digitales de noticias, que lejos de estimular la lectura detallada de sus contenidos aguijonean la curiosidad del lector con sus titulares transformados en “clickbaits” (ciberanzuelos). Twitter, por su parte, es un paraíso para el curioso de las opiniones ajenas, en el que la figura se mezcla con el fondo: la opinión del experto y del ignorante están igual de próximas, igual de distantes.   Instagram, TikTok, YouTube, presentan la preeminencia de la mirada que caracteriza a la curiosidad. Entregarse al mirar inconexo y azaroso. Si hay un disciplinamiento, no proviene del usuario sino del algoritmo, que identifica los patrones de su curiosidad, sus recurrencias, sus regularidades y ordena “las mariposas” para que el mono borracho de la atención no huya hacia otras praderas.

Esos datos informáticos extraídos de la curiosidad de miles de millones de usuarios son la materia prima de hoy, el petróleo de nuestra época. La curiosidad ha sido puesta a producir. Tal vez el primer filósofo que vinculó la curiosidad con los nuevos medios masivos de comunicación (expresión que va quedando vieja) haya sido el alemán Walter Benjamín, de quien no hablaremos aquí. En todo caso, el lector curioso podrá abandonar ahora mismo estas líneas e ir tras algo de Benjamin.

 
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