El pai ataca de nuevo

Otro día en el paraíso | Por Federico Racca

Es domingo, mediodía, el termómetro marca treintipico de grados. Me pongo unas bermudas, una camiseta de Pink Floyd a la que le corté las mangas y las amadas ojotas peruanas hechas con cubiertas de auto recicladas (una de las pocas maravillas de la modernidad). Subo al auto, en la radio suena “Despacito”, entiendo que la vida es hermosa y parto raudo hacia Villa Allende. Paro en Unquillo, en un súper chino cerca de donde solía estar la carnicería de un amigo que se llevó la inundación. Un chino que cuida que los clientes no roben trata de pasar por amable y me dice algo como “gubulen día”. Voy hacia los vinos pero me detengo ante el amado Cynar y le agrego dos tetras de jugo de naranja. Compro un Milka con almendras que me como antes de cruzar la calle -el profe me dijo: “¿Te cuidás en las comidas? SÍ. Raro, entrenás bien, debés estar reteniendo líquidos.”

Me subo al auto, la radio sigue en el 103.1, sigue el melódico latino que ya me cansa y paso a otra estación más guarra, escucho Relax de Paulo Londra, un trapero cordobés que la rompe: “ahora me siento mejor, tengo familia y encima mis bró / mirando arriba diciendo gracias / por todo lo que la vida me dio / y eso que nunca deje de buscar / lo que llenaba este gran vacío / y ahora por fin que me siento relax / no hay nadie que me saque del juego...”

Avanzo por la ruta que une Unquillo con Mendiolaza, veo un cartel nuevo que nombra la ruta: “Intendente Julio Ray”, un colaboracionista y activo miembro de la dictadura; NO ENTENDEMOS NADA...

Doy vuelta en la rotonda de Mendiolaza, cruzo el río y paso junto al hermoso complejo del Club del Graduado en Ciencias Económicas. La vida es rara y estuve cuando un grupo de amigos decidieron poner plata y comprar el terreno para el club. Uno era Mauricio Maher, otro Delmo Dagatti. Yo estaba junto a ellos en una casa de Urca. Delmo era el padre que me aguantaba como novio de su hija Daniela; ¡gracias Delmo!

Estaciono en una cuesta. Arriba está la casa de mi querida Mariela Mantegari y de su marido al que llamaré el NoNombrable -el esposo de Mariela también es amigo, pero sostiene que soy un ladrón de palabras que utilizo para armar estas notas, lo cual, como verás queride lector, es una falacia.

Me siento en un living hermoso con vista a las sierras. En la larga mesa de vidrio hay pastas, pan recién horneado y una crema de garbanzos con especies que no puedo dejar de comer. Frente a mí están Hugo Aveta y Adriana Carrizo, su mujer. Hugo es un reconocido artista y Adriana es quien comanda su carrera. Ella me cuenta que tienen una exposición en París, que se van pronto por un par de meses; cuenta de sus hijos viajeros también. Hugo está a su lado, frente a mí, come con voracidad; su risa grande y los ojos perlados se levantan del plato solo para festejar lo que decimos. El NoNombrable sirve comidas maravillosas, son los platos de un banquete que ha cocinado desde temprano. Mariela cuenta que a la ensalada le ha puesto anís: “¿No es demasiado? ¿No tapa un poco los sabores?” Derivamos en la historia del anís; en los árabes con el anís y el comino, en los griegos con su ouzo, en don Farah, de Unquillo, que olía a anís.

Adriana nos cuenta que Hugo ha puesto un consultorio sentimental, que tiene un modo de escuchar a las mujeres muy especial, que las amigas de ambos lo consultan y que es tan preciso que la cosa crece sin parar. Hugo levanta los ojos del plato y asiente. Adriana sigue: “Hugo se cansó y les escribió diciendo que no podía pasarse los días contestando sus consultas, que había decidido abrir su Consultorio del Amor los días sábados, de nueve a una, por whatsapp.” Hugo agrega con el tenedor cargado de lechuga, cerca de su boca: “Es un éxito, estoy desbordado; no cobro, es de onda, pero creo que les hago bien.”

Aparecen sugerencias: “que cobrá”, “que atendé más horas”, “que si les hacés tanto bien debés expandirte”, “que no podés negarte a atender a todas las que te escriben.” El pai Aveta, inmutable, como un yogui que solo piensa en el plato que tiene enfrente, retruca con una larga sonrisa: “Lo mío es el arte, necesito energía para trabajar; esto del amor te consume, debo limitarlo a whatsapp.”

 
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