Los deshabitados

Otro día en el paraíso | Por Federico Racca

Dos de la tarde, el termómetro cercano a los cuarenta grados, vuelvo de Córdoba en la moto y me siento en la única mesa libre del bar El trébol. Escucho los hombres discutiendo el partido que pasan en el plasma y veo como sirven fideos con pollo en las mesas. Aunque no tomo alcohol, pido un sodeado (con tan poco se vuelve a la casa de los abuelos). Veo a un tipo ancho, peticito, de grandes ojos azules que retorna al bar. Desde una mesa un flaco lanza en tono televisivo: “¡Crónica! ¡Urgente! ¡La Rata Parrau vuelve por el cuarto porrón!” Después llega la gran pregunta a la Rata: “¿No te ibas vos?” Y la Rata, desde los ojos azules como un mar y la sonrisa pícara: “Es que me tientan…” Mercedes me trae una ensalada, viene con su delantal de cocinera, riendo de mí: “¿Usted de dieta? ¡Déjese de embromar!”

Mientras inundo de aceite la lechuga tratando de volver más ameno el sacrificio, suena mi celular. Es un mensaje de Lorena Pérez desde Bolivia: “Deberías escribir sobre Marcelo Quiroga Santa Cruz.” Le respondo que no sé quién es y el nuevo mensaje de Lorena se despliega: “Marcelo Quiroga Santa Cruz es uno de los grandes mártires de la dictadura, uno de los hombres más sólidos que ha tenido Bolivia en la lucha contra la dictadura, es un símbolo en Bolivia, como decirte el Che en Cuba, aunque el Che es todo ese relato a nivel mundial y la causa de Marcelo es real, su lucha. Se cree que sus restos están en la hacienda que era del presidente Banzer Suárez, pero hasta el día de hoy no se sabe a ciencia cierta; aunque no creo que estén enterrados en ningún lado, porque en esa época lo que acostumbraba hacer Banzer y su gente, era matar y los tiraban de los aviones o los tiraban vivos de los aviones a la selva y cuando caían, caían muertos, y de todos modos tú sabes que en la selva todo se devora y sus cuerpos nunca aparecían.”

Quedo en shock. Las risas de El trébol se han esfumado. Googleo, voy leyendo la historia de Quiroga Santa Cruz. Su padre fue gerente de Patiño, el Barón del Estaño. Se casa por poder con Cristina; ella en La Paz y Marcelo exiliado en Santiago de Chile (lo representa hermano mayor Alfonso). Años después trabaja en empresa minera y comienza a escribir una novela. Funda revistas, hace crítica de cine y teatro. Es nombrado ministro, lleva adelante la nacionalización del petróleo en 1969, introduce el monopolio del comercio exterior de minerales y la obligación de entregar al Banco Central las divisas por exportaciones. Profesor en Universidad Mayor de San Andrés, funda el Partido Socialista Boliviano. Llega el golpe de Banzer Suárez, exilio en Chile, Argentina y México; profesor de UBA y UNAM. Cae la dictadura, es electo diputado. Agita el juicio contra Banzer. Nuevo golpe, 17 de julio de 1980 es ametrallado en un operativo paramilitar en Central Obrera Boliviana. Se lo llevan aún vivo, lo desaparecen; los sobrevivientes del operativo relatan que fueron torturados por hombres con acento argentino.

Leo en el teléfono: “Hasta los años 60 la literatura boliviana se caracterizaba por un gran tradicionalismo o conformismo estético… …la inmensa mayoría de las novelas bolivianas anteriores responde estrechamente a los cánones estéticos del realismo de finales del siglo XIX. En estas condiciones, la novela de Marcelo Quiroga Santa Cruz, Los deshabitados, publicada en 1959, constituyó una verdadera «liberación» para la literatura boliviana, en el sentido en que en esta novela, rompiendo con los esquemas anteriores, ya no hay un espacio ni un medio social fácilmente identificables o claramente caracterizados, siendo así como una especie de página en blanco sobre la cual se podría escribir la nueva literatura.”

Ya no puedo controlarme. La ensalada ha quedado intacta sobre la mesa, la gente en las mesas parece congelada. Bajo el PDF de Los deshabitados, al cabo de unos minutos llego a un párrafo que repito como en un rezo y que sigo repitiendo mientras escribo la presente: “no nos habita ni siquiera una duda; no nos habita nada: estamos deshabitados. Pero no en el sentido en que lo está una casa, no; ella sabe lo que antes albergaba; sus paredes conservan, aunque sea en forma de manchas, la huella del que vivió en su interior; sabe el nombre que debe darle a su vacío; lo que necesita para llenarlo. El nuestro es distinto. Se trata de una oquedad absurda, ciega e irreparable. Nuestro vacío es total y anterior a nosotros mismos; y, pienso, nos sobrevivirá…”.

 
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