Raquel

Otro día en el paraíso | Por Federico Racca

Si volveré de la guerra no lo sé, ¡ay no lo sé! / Lo que sí quiero saber es si tú me vas a querer. / Si dios me escucha en el frente (No lo sé, ¡ay no lo sé!) / Ay lo que sí quiero saber (es si tú me vas a querer) / Ay, bésame por mi bien, quiérete bien por mi bien, / sueña conmigo tambiény cuando despiertes ruega por mí. / Hay mil infiernos en el frente, son muchos enemigos sin una meta, que fingen ser amigos con pistola. / En el frente no hay ley ni piedad, ¡le lele leleileileile! / ¡Ay qué difícil es la cosa del querer!

Avanzo por una Córdoba destruida manejando mi auto. Voy dando la vuelta a la plaza España, el último target de la aviación nazi. Los semáforos están desconectados, no hay carriles y los autos y colectivos se cruzan hundiéndose en charcos, barro y cloacas. Giro lentamente tratando de que el milagro ocurra y no sea chocado por nadie ni choque a alguno. Desvío en el Mc Donald y me meto en una calle que parece de otro tiempo, de otro mundo; un boulevard sombreado por palos borrachos cubiertos de flores fucsias y color té. Veo la silueta de la casa Dionisi y al llegar a la esquina me detengo. Una mujer ayuda a otra a cruzar la calle. Lo hacen lento, la segunda lleva un bastón de madera y apoya su peso en él. Los pasos son mínimos, me quedo observando esos pies de esas dos mujeres, el tiempo se lentifica y la negra gitana Concha Buika, que huyó del diablo Obiang (que reina sin tiempo) sigue cantando:

¡Lele leleileileile! ¡Ay qué difícil es la cosa del querer! / ¿Por qué jamás me hablaron de amor en el colegio? (no lo sé, no lo sé, no lo sé) / Pero sí de invasiones y planetas / ¡Ay lo que yo quisiera saber! (es si tú me vas a querer) / ¡Ay cachupito mío!, lo que quiero saber (es si tú me vas a querer) / Volveré… yo volveré si sobrevivo en el frente / Si no me mata la noche sin tu querer ¡si volveré! / Yo volveré, si tú no olvidas mi nombre…

La segunda mujer gira su rostro entre el cabello cansado y veo rasgos conocidos, amados. ¿Han pasado cuántos? ¿Veinte, treinta? Caigo en mi edad (que nunca me admito) y entonces ella, ya grande, un poco encorvada, ¿cansada?, da los últimos pasitos hasta la vereda y avanzo suave con el auto casi detenido y me coloco a su altura y la llamo: “Raquel, soy el Fede…” Ella me mira (sus gigantes ojos profundos, su sonrisa tapizada de dientes blancos, sus arrugas que la vuelven más hermosa aún) y yo recuerdo, la recuerdo caminando con Luis Marcó, su amor, del brazo cerca del Sorocabana y ambos riendo y Luis con los pantalones siempre altos, faltándole un tranco para llegar a los zapatos, y ella habla y antes las bombas, el exilio y Raquel y Luis y sus críos: Marcó del Pont huyendo. Después la vuelta, la casita llena de libros en Cuesta Blanca y aquella siesta en que Luis no se levantó y estar junto a mi padre en el bar del frente del Hospital Italiano y que el neurocirujano nos dijera que pocas posibilidades y Luis sin despertar por años y Raquel cuidándolo, volviéndose loca de amor (¿existen otras causas para la locura que el amor y el desamor?) y ahora, ya sin Luis, cruza el boulevard de los palos borrachos sostenida por el bastón de él y yo la saludo…

Si tú me quieres amor, yo volveré / ¡le lele leleileileile! / Ay qué difícil es la cosa del querer ¡lele leleileileile! / Si hoy me abandona la suerte (no lo sé, ay no lo sé) / aceptaré mi destino. / Ay lo que yo quisiera saber (es si tú me vas a querer) / Ay, niño de mis ojos, solo quiero saber (si tú me vas a querer) / Dímelo, dímelo, dímelo / Ay dímelo a la cara, ven y dímelo…

 
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