Joda

Otro día en el paraíso | Por Federico Racca

Quizás desde niña alguien la fue empujando. / Alguien que dijo no te tires al suelo no saltes a la soga / no toques ese gato. / Alguien que hablaba mucho. Que no escuchaba. / ¿Quién sabe? / Sólo ella lo sabe. O no lo sabe. / Y deambula por los puentes / Se para en las estaciones a ver pasar los trenes / Traza espirales en el aire. // Nadie conoce el fondo de sus ojos. Ni su espejo. / María ha pasado las manos por él y lo ha dejado ciego.

Estoy sentado en Juan B. Justo al 6.700, en una silla de lata que duplica el frio en esta siesta gris. Me como un choripán lleno de chimichurri que hace que mi panza pegue un salto de alegría. La señora que cocina los choripanes tiene un delantal blanco y mueve los chorizos con una destreza que parece uno de esos malabaristas de esquina. Un pequeño televisor con una antena tan raquítica y quebrada como una ramita, va dando las noticias. Paran motos chinas con hombres que se dejan los cascos calzados en la mollera mientras degluten las delicias.

No es necesario envenenar el agua / cortarse las venas / ahorcarse. / El recuerdo de lo que quisimos ser / el acto heroico / ante el cual retrocedimos / la muralla que no derrumbamos / la fortaleza que no construimos / el fuego que dejamos apagar / son suficientes…

No puedo no pensar, no mirar a mi Córdoba mestiza, a esos mundos que se entremezclan y que sólo por comodidad llamamos “la ciudad”. Tierra de varias culturas, de varias tribus antes se trataba de razas, de sabidurías diversas; ahora las tribus tienen que ver con los gustos, con las adscripciones de huida, de supervivencia. La mujer me ve escribiendo en mi libreta y me pregunta si quiero postre. Quedo estupefacto, no entiendo como en su destartalado carro de lata pueda caber el postre. Me ofrece flan con dulce de leche o helado; elijo el primero. La señora cruza la esquina y, como la cosa más natural, compra mi flan en la despensa de la esquina. Me lo trae, lo deposita junto a una cucharita de plástico y la delicia Ilolay entra en mi boca.

Creo en la esperanza de los pueblos. / En la gran naranja jugosa del mañana, / mas no en la esperanza individual / cruel / prostituida / emponzoñada / sabedora de todos los disfraces: tórtola mensajera del amor / gallo de veleta que gira según las brisas arbotantes / un no me olvides brotando en la nuca una mano en espigas y mares. / La esperanza es tan solo una araña sabia en las mas oscuras cárcavasmejor fortificadas / y en el veneno elaborado controlada con tal maestría / que sin matar perpetra la gran agonía: / inventa el milagro de la muerte y la resurrección cada vez con mas dolor / con menos fuerzas / en un delirio que avanza en línea recta y se transforma en espiral / sin dirección. / Enloquecida.

En la tele repiten la llegada del rey de España y de la reina a ella la conocí en un viejo disco del grupo Maná, con unos ojos tristes y unos pechos con pezones rosados que nublaban la mirada. Está el presidente Macri y su esposa, el gobernador Schiaretti con su par de Santa Fe. Está Cacho Buenaventura y una miríada de políticos y funcionarios. Hay función de gala en el Rivera Indarte (devolverle su nombre hubiera sido un gesto para la cultura de Córdoba). Los números centrales del pomposo Congreso de la Lengua Española, son Sabina y Les Luthiers, puntualmente una joda. Pa´ terminarla de embarrar, el Rey en su discurso llama “José” a Borges y algunos malvados afirman que en privado llama “Manuela” a don Miguel de Cervantes Saavedra.

La poesía sale de su oscuro rincón / me enfrenta / me mira desde sus ojos sin párpados / y me exige testimonio sobre el hambre / la persecución / el crimen. // Me conmina. / Me sentencia. // Y antes de esfumarse otra vez / deja en mis manos un afilado puñal de punta perfecta.

Mi cucharita rasca el fondo del Ilolay tratando que los flanes se multipliquen, pero lamentablemente no soy hijo de un dios (y mucho menos quiero ser un cristo). Me pongo de pie, la señora me saluda como si me conociera de toda la vida. Camino en este barrio Remedios de Escalada hasta la esquina de Juan B. Justo y Glauce Baldovín. Pienso en ella, en sus poemas, en la poesía que nos dejó y que ustedes han ido leyendo en esta nota. Me subo a mi auto, en la radio chilla Sabina.

 
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