En Vilo

Otro día en el paraíso | Por Federico Racca

Me detengo en Pilar. Las sierras están a la espalda y la pampa se abre ante mí. Me bajo del auto y espero mientras cargan gas. El precio es exorbitante, el playero explica que subió el cuarenta por ciento. Al irse, con humor a flor de piel, escucho que tararea: “¡Macri, compadre; la con… de tu madre!”. Paso por Oncativo, pienso en salames y en el Manco Paz que ganó hace dos siglos acá. Tal vez tenía razón, uno de los grandes males es Buenos Aires, la Cabeza de Goliat, esa de Ezequiel Martínez Estrada. Con la monotonía de la autopista me relajo, el cuerpo se va recostando, pienso en el día, años atrás, cuando vi por primera vez una obra de Lautaro Vilo. Era en el Teatro Comedia (sí, ese que se quemó y que doce años después sigue cerrado). En el escenario había solo dos banquetas. En una estaba un guitarrista y en la otra Lautaro que decía un monólogo, luego cortaba y empezaba a cantar acompañado por el guitarrista. El formato se repetía cuatro o cinco veces, eso era todo. ¡Ah!, me olvidaba… la obra se llamaba UN ACTO DE COMUNIÓN y el que narraba era un hombre que acababa de comer a otro en la muy civilizada Europa. Recuerdo que luego de la obra me acerqué a Lautaro para felicitarlo. Después tomé clases de dramaturgia con él y desde entonces, con la distancia que pone la geografía y los acelerados tiempos en que vivimos, alimentamos nuestra amistad.

Estoy yendo a Buenos Aires a encontrarme con él en esa ciudad que mi amigo dice que “vive eternamente en un happening medio pavote”. Son las seis de la tarde cuando estaciono en Callao y subo a mi habitación en el derruido hotel Orleans. Me pego una ducha rápida, bajo y camino hacia Corrientes. Paro unos minutos en el bar Los galgos y tomo una lágrima de parado. Al llegar al Teatro San Martín veo la larga cola. El director Rubén Szuchmacher estrena una versión de Hamlet que Lautaro tradujo. En el elenco están Joaquín Furriel, Luis Ziembrowski y Belén Blanco. Paso por el impresionante foyer creado por Mario Roberto Álvarez y me interno en la sala Martín Coronado. Lautaro está unas filas adelante, veo su cabeza, pienso: “gran cabeza la de Vilo”; me doy cuenta que es literal lo que digo…

La obra se despliega, el chiste sobre el tamaño de la cabeza de Lautaro se vuelve metáfora y su traducción limpia llega al cuerpo, me emociona. Los actores se mueven entre esos textos que tantas veces (maravillado) leí. ¿Qué pensaría aquel joven Shakespeare que quería fama y dinero de que su obra fuera seguida con silencio reverencial en el lejano sur, en una ciudad del fin del mundo? ¿Habrá imaginado en su húmeda Inglaterra el silencio estupefacto de estos ciudadanos? Dijo el más inglés de los argentinos, nuestro admirado Jorge Luis Borges (perdón, su Majestad Felipe VI sostiene que se llama José, ¡hostia!) que “la hipérbole, el exceso y el esplendor” son las características de Shakespeare y entonces, como para reafirmar lo dicho por Georgie, aparece ese monólogo donde vida y muerte pelean dentro del joven Hamlet, como lo hacen en muchos de nosotros:

“Ser o no ser, esa es la pregunta. ¿Qué es más noble para el espíritu, soportar los dardos y flechas de una Fortuna indigna, o tomar las armas contra un mar de problemas, enfrentarlos y terminar con ellos? Morir, dormir… Nada más. Y en ese dormir, terminar con todos los males del corazón y con las mil torturas naturales que son la herencia de la carne. Ése es un final para desear con fervor. Morir, dormir. Dormir, tal vez soñar. Ah, eso es lo que nos detiene, porque ¿qué sueños vamos a tener en ese dormir de la muerte? Cuando nos hayamos liberado del desorden de la vida, ¿vamos a tener descanso? Estos pensamientos son los que hacen que las calamidades duren tanto. Porque, ¿para qué soportar la brutalidad de estos tiempos, la injusticia del tirano, los insultos del soberbio, las angustias del amor despreciado, la demora de la justicia, la insolencia de los funcionarios, el rechazo que los hombres virtuosos reciben de los indignos, cuando uno mismo puede tener su descanso con un simple puñal? ¿Para qué soportar la carga de gemir y transpirar bajo una vida agotadora, si no es por el miedo a un algo más allá de la muerte, ese país desconocido del que no regresa ningún viajero, miedo que confunde nuestra voluntad y nos hace sufrir todos los males que tenemos, en vez de arrojarnos hacia otros que todavía son desconocidos? Así es cómo la conciencia nos vuelve a todos unos cobardes, y hace que todas las decisiones enfermen con la palidez del pensamiento, y los proyectos más trascendentes pierdan el rumbo y dejen de tener el nombre de acción.”

 
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