Amabile

Otro día en el paraíso | Por Federico Racca

Leo un blog con el título “Córdoba, tras los vinos” y un duro subtítulo “Nada de uva chinche ni tintos que huelen a chicles Bazooka”. El autor, un hombrecito que se regocija en el vino cual perro en excremento de vaca sostiene, hablando de sus hallazgos enológicos en nuestra provincia, que “La tarea es ardua, porque aún estamos en pleno proceso de sacar de raíz la idea de que Córdoba solo produce empalagosos vinos de mesa, con cepas de baja calidad enológica como la Isabella (también conocida como Frambua), tan difundida por Colonia Caroya. De éstos aún hay e, incluso, se pueden conseguir vinos secos interesantes elaborados con ella, como el La Caroyense Frambua (frambua amabile), un tinto livianísimo que entre frutillas y romero cuenta parte de la historia de la provincia”.

Ayer, después de varios meses de buscar en páginas de descarga de películas, logré encontrar (y ver) la última película sobre Berlusconi: “Silvio y los otros”. Mi larga insistencia se debe a que es el trabajo del director Paolo Sorrentino, alguien cuya obra vengo siguiendo –y viene regocijándome- desde hace un decenio. Mi “enamoramiento” comenzó con la película Las consecuencias del amor, un drama fino, limpio, donde descubrí al actor fetiche de Sorrentino, Toni Servillo. Pese a la dureza de la peli, la belleza que subyace es abrumadora, aunque todavía ceñida a un tono “clásico” que después iría decantando hacia lo que podríamos llamar neosurrealismo o neofellinismo del Sorrentino actual. Luego siguieron El amigo de la familia y El Divo, sobre la vida del “Divino” Giulio Andreotti, una cinta única para entender y reflexionar sobre la lógica del poder sin renunciar (ni un ápice) al culto a la belleza del que todo buen italiano se precia.

Después llegó una película protagonizada por Sean Penn “cuyo nombre prefiero no recordar” como diría nuestro Borges y la consagración mundial de Sorrentino con una película que ya en el título muestra, sin complejos, lo que subyace a lo largo de su obra: La gran belleza. Allí la dupla Sorrentino-Servilio despliega toda su maestría. Cada toma, cada imagen nos imponen dosis de belleza, alegría y melancolía que parecen imposibles de ser soportadas por el espectador. ¿No la viste? Corré, corré más rápido hacia tu videoclub o al teclado de tu compu y sentate a ver La gran belleza junto a las personas que ames. La gran belleza, es de esos filmes que siguiendo aquella escuela italiana de la Comedia del Arte, llega en el último siglo para mostrar el carácter profundamente mortal (y moral) de la experiencia humana (qué otra cosa somos que mariposas viviendo su semana de luz y oscuridad). Es un film que puede ser ubicado en la línea de La armada Brancaleone de Mario Monicelli o de la intocable Amarcord de Federico Fellini.

Luego llegaría Juventud, una película protagonizada por unos “ancianos” Michael Caine y Harvey Keitel. Dos monstruos que tienen una pelea actoral de esas que ya no se ven y que llega a su clímax cuando metidos en una pileta de agua termal ven entrar (desnuda, radiante) a la miss mundo.

Luego llegaría para Sorrentino una impactante miniserie de ocho capítulos, El joven papa. Allí Paolo (acompañado de un imperdible Jude Law) da rienda suelta a lo que él (italiano católico del sur de Italia, sepan entender lo que eso significa) piensa que debería ser un papa (todo claroscuro con Francisco es causalidad).

Finalmente ayer pude piratear (dicen que el robo al rex imperator es justicia para calmar alguna perdida culpa) la película sobre Berlusconi. Me encontré con un Sorrentino amable (amabile) como ese tinto frambua de nuestros gringos de Caroya. Una película frutada, aromática, muy agradable al paladar (es decir, con menos de eso indigerible del gran arte). Sin embargo, Sorrentino es lo que en las artes plásticas se llama un Maestro y, por lo tanto, pese al dulzor, Silvio y los otros deja momentos únicos: ese del cordero parado frente al aire acondicionado que tiene un síncope por el frío, una horda de putas caminando por Roma con la ferocidad de hienas tras su víctima, un patético volcán de material que es la gran atracción en la casa de Silvio, un Berlusconi varado en una moto de agua en medio del océano que se queja de su vacío espiritual o el monólogo de su socio que es para ponerlo en un cuadrito con vidrio y todo:

Socio mirando a Berlusconi: “me hice millonario a tu lado… …ahora, muchos de los que invirtieron con nosotros, por una mala colocación (inversión financiera) perdieron dinero. ¡Mia culpa! ¡Mia culpa! ¡Mi grandísima culpa! Ahora, mi propuesta que puede parecerte loca es esta: ¡Vamos a reembolsarlos, Silvio! ¡Reembolsémoslos! Ninguna compañía financiera lo haría, por eso tenemos que hacerlo nosotros. Nos costará ciento sesenta millones de euros, es una parte de las ganancias. Pero estoy seguro que después de este gesto las inversiones aumentarán. ¡Ser bueno conviene Silvio! El altruismo es la mejor manera de ser egoísta…”

 
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