Bacon en Paraguay

Otro día en el paraíso | Por Federico Racca

La Guerra de la Triple Alianza, enfrentó a Paraguay con Brasil, Argentina y Uruguay. Comenzó en 1864 y terminó en 1870. En Buenos Aires, en una de sus mansiones, el 1º de mayo de 1865, se firmó el Tratado Secreto de la Triple Alianza.

Me bajo de un taxi frente a la avenida Leandro Alem. Está húmedo, el frío me cala los huesos. Me detengo bajo la columnata, enfrente veo edificios espejados que suben hasta las nubes. Tengo tres horas, pienso que es suficiente. Abro la puerta vidriada del 246 y está el hueco desde donde la verdadera dueña del Archivo General de la Nación dispone victoria o derrota, como esos dioses de las tragedias de Esquilo que nos siguen manejando aún en estos tiempos de individualismo vacío. Le digo lo que quiero, me ordena que busque a Claudio de su parte. Subo al cuarto piso por un ascensor que se mece. Es un espacio amplio, donde los detalles del edificio relucen. Claudio, después de mi pedido, se pierde entre los anaqueles. Vuelve con una caja de cartón, de esas sencillas que uno compra para archivar. Me da unos guantes médicos y desaparece. Me siento y abro la caja. Ante mí está el Tratado Secreto de la Triple Alianza, uno de los originales. Veo las firmas de los ministros Octaviano de Almeida, de Brasil; Rufino de Elizalde, de la Argentina y Carlos de Castro, del Uruguay. Leo los pocos artículos, pienso que de ese simple papel se desplegaron la batalla de Curupaytí y en ella la escuadra brasileña con sus veintidós barcos, sus ciento dos piezas de artillería y la posición paraguaya artillada con cuarenta y nueve cañones más trece piezas móviles. También de ese escrito surgió la batalla de Tuyutí, ocurrida en 1866, el enfrentamiento más grande de la historia sudamericana con sesenta mil soldados participantes y dieciocho mil muertos.

Devuelvo la caja a Claudio, voy a una computadora y busco fotos. En la sección “armas” se despliegan los enormes cañones y sus nombres escritos dentro de las mismas fotografías con tinta. Aparecen “Criollo”, “Acá Verá”, “Cristiano” y “General Díaz”. Para algunos estudiosos, uno de los motivos de la Guerra de la Triple Alianza fue probar una nueva generación de armas, un tipo de artillería con una capacidad de destrucción que nunca había sido vista. Por detrás del Paraguay estaba la tecnología de la Krupp alemana y por los aliados estaba la inglesa. El Paraguay fue el campo de prueba para las trincheras y los grandes cañones de la Primera Guerra Mundial.

Dejo la sección “armas” y voy a “combatientes”. Tal como pensaba, se repiten las imágenes de “los hombres con los rostros desgajados”. Los grandes cañones me muestran su poder para atomizar cuerpos, fragmentar rostros, agujerear órganos. A más de su fuerza mortal, esas moles de acero y bronce tienen un poder estético, la capacidad de transformar la carne en plastilina. Luego, esos rostros de plastilina (mitad humanos, mitad oquedades) son reestetizados por máscaras, por prótesis faciales en un negocio que se vuelve masivo.

Máscara, plastilina, carne de cañón; el Paraguay de la Triple Alianza aparece como el lienzo donde se proyectaría el Siglo XX y su barbarie, también su arte: “En 2014 Francis Bacon batió el récord histórico de una subasta pública con su Tríptico de 1969, que le dedicó a su amigo el pintor Lucien Freud. Esta obra se convirtió en la más cara vendida en subasta con 142 millones de dólares, en una puja en la casa Christie’s de Nueva York.”Francis Bacon es quien pinta este record de dinero, un Bacon que refleja al cuerpo humano como plastilina subido al trauma de la guerra, a las secuelas psicológicas de este y a su propia interioridad (Bacon no lo sabe, pero la guerra que lo crea no es esa de su Inglaterra si no las selvas del Paraguay).

En el 49 Bacon buscará en una pintura de Velázquez el material para mostrar el paso de época. El retrato del Papa Inocencio X, imagen de poder y de rectitud, varón descendiente de los Borgia, hijo de la ilustre casa de los Pamphili, es traído al siglo XX por Bacon y, entonces, el rostro marcial abre su boca en un grito de pavor, las certezas de los trazos de Veláquez son reemplazadas por la angustia de pinceladas que parecen desvanecerse en la oscuridad. De un retrato mítico nace la pesadilla del borroneo, de los hombres con los rostros desgajados, de esos que necesitan de las máscaras, de las prótesis faciales; la sociedad que nos rodea.

 
© 1997 - 2019 Todos los derechos reservados. Diseñado y desarrollado por HoyDia.com.ar