¿Y tu Spoon River?

Otro día en el paraíso | Por Federico Racca

“Butch Weldy: Después de recibir la religión y sentar cabeza me dieron trabajo en la fábrica de enlatados. Todas las mañanas me tocaba llenar el tanque de gasolina que estaba atrás, el tanque que alimentaba los sopletes que, en turno, calentaban los fierros de soldar. Y yo, para hacerlo, tenía que subir los travesaños de una raquítica escalera con todo y cubetas llenas de gasolina. Un día, al vaciar el líquido, el aire se inmovilizó y pareció hincharse. Me disparé con la explosión del tanque y caí con las piernas destrozadas; mis ojos se volvieron dos pedazos de carbón. Alguien dejó un soplete prendido y el tanque chupó la llama. El juez del distrito dijo que la culpa podría ser de cualquiera de mis compañeros y así el hijo del viejo Rhodes no tenía que pagarme nada. Me quedé en el banquillo, tan ciego como Jack el violinista, repitiendo la frase: “Jamás lo había visto”.

Elsa Wertman: Era yo una campesina alemana de ojos azules, chapeada, fuerte y feliz, y el primer lugar donde trabajé fue en casa de Thomas Greene. Un día de verano cuando ella no estaba, entró en la cocina, silenciosamente. Me tomó en sus brazos y me besó el cuello, y yo volví la cabeza. Entonces, ninguno de los dos parecía saber qué era lo que estaba pasando, y lloré por lo que sería de mí. Y lloré y lloré por mi secreto que se hacía cada vez más evidente. Un día la señora de Greene me dijo que entendía y que no me haría la vida difícil; ella, sin hijos, adoptaría al niño. (Él le dio una granja para hacerla callar.) Se escondió en la casa e hizo correr la voz como si fuera a pasarle a ella. Salí con bien, nació el infante; me trataron con tanto cariño. Después me casé con Gus Wertman y pasaron así los años. Pero en las convenciones políticas cuando todos pensaban que mi llanto se debía a la elocuencia de Hamilton Greene, no era por eso, ¡No! Quería decir: ¡Ése es mi hijo! ¡Ése es mi hijo!”

Edgar Lee Masters escribió estos epitafios en 1915, cuando él tenía cuarenta y seis años. Había tomado el ejemplo de viejos epitafios griegos y bizantinos y ubicó los suyos en un pueblo imaginario llamado Spoon River. Los que hablan son los muertos y a través de ellos la vida se despliega. Es llamativo, en este tiempo en que se preconiza la felicidad en todos los ámbitos, en una época de consumismo que nos vacía de la muerte, Spoon River, los epitafios de Edgar Lee Masters, son un verdadero encuentro con la vida que nos pone en perspectiva el tiempo que vivimos. En esos textos cada voz re/vive, esencia desde su último descanso, la vida que ha llevado (que le ha tocado); nos muestra eso que guardó, que escondió, que no supo. Son historias que hablan de un pueblo cualquiera, de los mitos, de lo reprimido, de los dolores, de los anhelos caídos, de la lucha, del amor, de lo que creemos con certeza y es, apenas, el espejismo que nos fue dado mirar. A su vez, el total de las voces marcan la historia de un país, Estados Unidos; de una época: las primeras décadas del siglo pasado y de una posición política del autor: su oposición al creciente Imperio Norteamericano, a la feroz división de clases de su pueblo y a la explotación.

Los epitafios nos muestran lo escondido, visibilizan lo que ha sido tapado. Esos muertos, ya sin nada que perder, se sueltan y salen a través de sus voces a habitar el mundo nuevamente, a mostrarnos sus frustraciones (que son las nuestras), a desplegar sus deseos (que son los mismos a los que nosotros no nos atrevemos).

En este tiempo lleno de objetos, estos epitafios hablan de la vida y de los sujetos, de lo social y de los cuerpos atravesados por el ello. La Antología de Spoon River de Lee Masters es un clásico por su actualidad, porque comparte con la Ilíada y la Odisea una épica; porque como Dante, nos obliga a descender al infierno para tener una perspectiva de nuestra propia humanidad. Dice Julia Miller: Reñimos esa mañana, pues él tenía sesenta y cinco años y yo tenía treinta. Estaba nerviosa y me pesaba el hijo cuyo nacimiento me atemorizaba. Pensé en la última carta que me escribiera esa joven alma, ya lejana, cuya traición oculté al casarme con el viejo. Entonces tomé morfina y me senté a leer. Por entre las tinieblas que me llenaron los ojos veo aún la luz vacilante de estas palabras: “Y Jesús le habló: te digo en verdad que hoy estarás conmigo en el paraíso”.

 
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