En el centro

Otro día en el paraíso | Por Federico Racca

Allá donde el calor nace / coloreando picaflores / quisiera dejar el alma / para aliviarle dolores. // Sentido voy por la noche / de Santiago hasta Tipiro / y el silbido se me quiebra / entre suspiro y suspiro. // Chujchalita, desdeñosa / que me has negao tus amores / has de andar por Cachi-Pampa / hecha un manojito i’ flores…

Hoy quiero festejar, regalar algo de alegría, de belleza (pretensión milagrosa). Esta es la nota número doscientos treinta y seis que escribo en HOY DÍA CÓRDOBA. El número no tiene nada especial, sin embargo caí en la cuenta del camino recorrido. La primera nota nació en Marruecos y entonces hoy vuelvo allá, a Beni Mellal, ciudad metida en las faldas de la cordillera del Atlas. Es de tarde, invierno, los picos están helados, un grupo de amigos me ha llevado a conocer la ciudad y ahora vamos hacia la zaouïa del santo Sidi Ahmed. El grupo es alegre, lo dirige Manal Lilhali, una mujer de piel clarísima y ojos brillosos que me habla en un inglés duro, con los resabios metálicos del árabe magrebí. Ella me explica lo que veo, me cuenta que las zaouïa nacieron como lugares donde visitantes musulmanes podían alojarse; donde esas familias podían comer gratuitamente y cuidar lo religioso y cultural. Me dice que el mausoleo del santo Sidi Ahmed está en esa zaouïa, que llega gente de todas partes para que el santo les de su baraka (gracia divina, carisma, bendición). Le apunto a Manal que creía que en el Islam no había santos, ella me contesta que eso depende de la versión del Islam; que la tradición de esta zona sigue la de los sufíes, una rama mística que educa en la paz interior, la armonía social y la unidad con dios; que fueron los sufíes los que introdujeron el Islam en muchas partes del sur de Marruecos en el siglo XII. Manal queda en silencio y se para frente a mí. Desde su metro sesenta y sus ojos brillantes como el ópalo afirma: “Los santos como Sidi Ahmed son ascetas, personas que dejaron todo para llevar una vida espiritual. Ellos utilizan la práctica y la intuición para llegar a la espiritualidad; usan el desvelamiento, la inspiración.”

Seguimos caminando por las calles de tierra de las afueras de Beni Mellal. La noche ha caído sobre nosotros. Hay pocas luces, doblamos y la zaouïa del santo Sidi Ahmed aparece ante nosotros. Es un edificio con tres puertas de arco oriental. En la parte baja tiene azulejos verdes y un hombre en chilaba sale de él. Al entrar comprendo que sólo he pasado una columnata. Ante mí se abre un gran patio de mosaicos con pequeñas habitaciones a sus lados. Veo mujeres y hombres sentados en el piso haciendo tareas domésticas. “Esperan la baraka del santo.” “¿Cuánto tiempo?” “Días, semanas…” Comprendo que lo que esperan es un milagro. Atravesamos el patio, cruzamos un arco marroquí. Una habitación cuadrada, de un blanco inmaculado, con un féretro elevado en el centro, se abre ante nosotros. Veo a dos ancianos rezando frente al sarcófago del santo que está cubierto con una tela con arabescos. De a poco mis ojos se van acostumbrando al blanco de la habitación y, como después de ser encandilado, comienzo a distinguir las inscripciones en la yesería de las paredes. Percibo hojas, flores, letras abigarradas; “son poemas dedicados al santo”. Miro el techo, la yesería lo ocupa por completo. Pienso en la Alhambra, en el Patio de los Leones y le pregunto a Manal. “Nosotros construimos la Alhambra, es nuestra historia. En todos nuestros pueblos hay pequeñas y antiquísimas Alhambras…”

Vuelvo al presente. No soy un hombre religioso, sin embargo pienso que la baraka del santo me ha tomado hoy y entonces regreso, uniendo tierra lejanas, a la canción de Mario Arnedo Gallo: Así nomás son vidita y / mis penas como las siento / pelusitas de totora / que andan jugando en el viento. // Yo soy cantor y disculpen / santiagueñito i’ nacido / soy como el viejo quebracho / vivo mejor al descuido. // Entre la luna y las penas / ya ni cabe indiferencia / cuando el vino de la noche / alivia mi mal de ausencia. // Jazmín parece el lucero / en los cielos del verano / cuando te recuerdo bella / como blanca luz de milagro.

 
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