Esa mujer

Otro día en el paraíso | Por Federico Racca

Es el Día del padre, avanzo por Villa Allende hacia la casa de mi prima Mariana. Entro en la larga calle que lleva a la iglesia de San Alfonso, los cántris lo han tomado todo. A través de los muros y los alambres de púas distingo ese bauhaus trucho que define a estos no lugares. Recuerdo pasar tardes enteras en el convento de San Alfonso, en una larga y húmeda habitación, donde se apilaban miles de libros. Pienso en esa búsqueda junto a los amigos de un texto que nos contara una historia atractiva. Fútbol y libros, así pasó nuestra infancia. Ahora llevo a mi pequeña hija que ama viajar en su sillita y ver el mundo pasar, me pregunto: ¿te gustarán los libros como a mí, pequeña Judith? ¿Los disfrutarás tanto?

Llegamos a la casa de Mariana. Una construcción sencilla, luminosa, que se estira sobre la falda del cerro y deja ver las montañas y algunas construcciones históricas. El marido de mi prima, Santiago, me sirve una costilla como para entrar en calor. La puerta se abre continuamente y el comedor se va llenando de gente. Sigo comiendo hasta que una palabra me saca de la brutedad. Santiago se abraza con una de sus hermanas, después de llamarla “Gricel”.

Es entonces que recuerdo (comprendo) que estoy ante los nietos de “aquella Gricel del tango.” La madre de Santi, es la hija de Gricel, y esta, la nieta, tiene esos rasgos que aquella Gricel del tango me regala en internet: nariz fina y larga, boca como un tajo, tez blanca. La historia de Gricel con José María Contursi me viene a la mente. José María nació hijo de Pascual Contursi, el padre del tango canción, el autor de Mi noche triste que cantó Gardel (percanta que me amuraste en lo mejor de mi vida, / dejándome el alma herida y espina en el corazón, / sabiendo que te quería, que vos eras mi alegría / y mi sueño abrasador…) Gardel, gran amigo de Pascual, pagó su internación en un hospicio cuando la sífilis le había carcomido el entendimiento. Su hijo, José María, era un hombre de familia al conocer a Grisel. Ella trabajaba en la estación de servicio de su padre en Capilla del Monte, pero un día fue invitada por su amiga Nelly Omar (la que sería mítica cantora) a Buenos Aires.

Allí conoció a Contursi que, años después, por un malestar, fue enviado a las sierras a curarse. La Omar le dijo: “¿Te acordás de Gricel?, vive en Capilla del Monte”. El amor comenzó a aparecer en las sierras pero Contursi volvió a la gran ciudad. La distancia multiplicó el sentimiento y en regreso a Capilla del Monte, ya no hubo límites. Él un día tuvo que optar y volvió con su mujer. Pasó el tiempo y escribió la letra de Gricel (podríamos pensar que la escribió). A partir de ese momento ella fue para todos “Gricel, la del tango”. La vida continuó, ella se casó, tuvo una hija y se separó. Una tarde la visitó el bandoneonista Ciriaco Ortiz. Le contó que José María había enviudado y que seguía pensándola, llorándola metido en el alcohol. Gricel, la del tango, partió a Buenos Aires con su hija y se encontró con Contursi. Los viajes se repitieron hasta que él se mudó a Córdoba. Ya sin el lazo del alcohol se casaron y vivieron juntos hasta que él murió.

Salgo de la casa de Mariana y de Santi. Al borde del monte veo una sacha quinua; me froto las manos en ella, siento el olor especiado que me invade y comienzo a tararear:

No debí pensar jamás / en lograr tu corazón / y sin embargo te busqué / hasta que un día te encontré / y con mis besos te aturdí / sin importarme que eras buena… // Tu ilusión fue de cristal, / se rompió cuando partí / pues nunca, nunca más volví… / ¡Qué amarga fue tu pena! // No te olvides de mí, / de tu Gricel, / me dijiste al besar / el Cristo aquel / y hoy que vivo enloquecido / porque no te olvidé… / Ni te acuerdas de mí / ¡Gricel! ¡Gricel! // Me faltó después tu voz / y el calor de tu mirar / y como un loco te busqué / pero ya nunca te encontré / y en otros besos me aturdí… / ¡mi vida toda fue un engaño! / ¿Qué será, Gricel, de mí? / Se cumplió la ley de dios / porque sus culpas ya pagó / quien te hizo tanto daño. // No te olvides de mí, / de tu Gricel, / me dijiste al besar / el Cristo aquel / y hoy que vivo enloquecido / porque no te olvidé / ni te acuerdas de mí… / ¡Gricel! ¡Gricel!

 
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