Pequeña Odisea

Otro día en el paraíso

Sé que ya no estoy, obviamente esto nos lleva a preguntarnos qué queda de nosotros, en los escritos, cuando uno muere. Antes de darte el regalo que esto intenta ser, te explicaré mis motivos para no atenderte, ni permitir que me veas: no creo que una persona deba mostrar su decadencia veloz. Conociéndome sabrás que no es un tema de vanidad, ni ético, tan solo de estética (Foucault me mostró el camino haciendo cartas como esta cuando la Parca se lo llevaba. ¡Puteadas a Foucault entonces!) Va entonces, éste, mi regalo y remite a la ciudad de Roma; sí, a esa que siempre amé y sentí como hogar y que nuestro Lacan recordaba contándonos que Aulio Gelio, en sus Noches Áticas, daba al lugar llamado Mons Vaticanus la etimología de “vagire”, que habla de los primeros balbuceos de los niños, el vagido. Te obligo, en éste, mi último acto, a volver a las fuentes, al primer vagido y recorrer esa Roma que no conocés (te puedo sentir maldiciéndome… ja)

Primera recomendación: no hagas caso de las guías y movete todo lo que puedas por el centro real de Roma que es la Termini. Metete en cada cuchitril a comer la comida de esos inmigrantes recién llegados de la negritud, de más allá del Magreb. Te podés alojar en Pensione Caty, a unos metros. Si Caty vive todavía, la encontrarás de ruleros y seguramente te retará por algo que no has hecho. Al lado está el cabaret Volturno en ruinas, entrá como puedas. Ahí vas a comprender cabalmente a Fellini. En sus paredes chorreadas y en la cara monstruosa de sus visitantes está el gran Federico (tal vez te cruces con alguna Giulietta Masina, prestá atención…) El recorrido que harás necesita que uses tu celular y auriculares. Entrá a Youtube y prepará la Sonata en La Mayor de Domenico Zípoli; vas a recorrer la parte central de su vida.

Caminá hacia Trastevere, a la iglesia de Santa María. Si tenés hambre una pizza al taglio con vermut te vendrá bien (te imagino de mañana, en primavera). La iglesia de Santa María es sencilla por fuera. Detenete en el vestíbulo, dale play a youtube y penetrá en esa nave gigantesca que deja ver al retablo como un gigantesco y monstruoso tríptico mucho antes que los seres contrahechos de Bacon salieran a poblar el mundo. ¿Sientes la música en tus oídos? Esa misma sonaba allí tocada por Zípoli y la gente se agolpaba, como nunca antes, para escuchar esa música emanada de la divinidad. Ahora podrás comprender el barroco, la forma de la iglesia para enamorar nuevamente a la gente después de Lutero y su aburrida y plana Reforma. El Gran Duque Cosimo III, un Médici beato e intolerante, pagó las horas de producción de Doménico para después sentar su gordura en un banco lateral que todavía se conserva junto al ambón. Siempre me pregunté por Zípoli, cómo era. Dicen que tenía piel blanca, dos lunares en la mejilla izquierda, mediana estatura y el pelo ensortijado, ceniza.

Su fama se esparció por la ciudad y en 1716 los jesuitas le ofrecieron ser organista de su iglesia madre: la Iglesia del Gesú, en la primera construcción barroca de la historia. Ahí estrenó la Sonate d´intavolatura per órgano e cimbalo. Dice una referencia en el libro que hojeo para contarte la historia: “si ignora dove e quando fini i suoi giorni”. Pero lo que sí sabemos es que su fama creció tanto que en un par de años se volvió un mito. Loco de fama, en una pelea (dicen que por polleras y alcohol) mató un hombre, como aquel que golpea al dios Dioniso en el poema de Pound (“¿A Naxos?” Sí, dale, te llevamos a Naxos, vamos amigo”. “¡Por ahí no!” “Sí, por acá es Naxos”.

Y un ex convicto que venía de Italiame golpeó y tiró contra el mástil menor (era buscado por homicidio en Toscana) y se me vinieron encima los veinte, locos por esclavizarme y venderme por dinero fácil. Y sacaron el barco de Quíos, fuera de su curso…) y los jesuitas lo protegieron. Lo llevaron a Sevilla donde lo ordenaron y lo embarcaron a América. En 1717, después de tres meses de agua llega a Córdoba. En nuestra ciudad compuso febrilmente y tocó en la Iglesia de la Compañía (tenían que abrir los portones para que la gente que se agolpaba hasta la calle escuchase). Dicen que el lugar en que componía la música con la que se educaba a los aborígenes (¿recordás la película La Misión?) es el pequeño patio de los naranjos que une por el lado de la sacristía, a la Iglesia con el Montserrat. En 1725 fue a pasar unos días de descanso en Santa Catalina, allí murió de golpe. Hay una placa en la entrada de la iglesia, es lo único que se conserva de él aparte de su música.

Te pienso, se hace tarde.

 
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