Lucha

Otro día en el paraíso | Federico Racca

Esta será tal vez mi última canción / siento desfallecer en la inspiración. / Cuando a mi voz ya cansada por el tiempo / le llegue su momento de decir adiós cantando esta canción / en cada nota triste de esta mi canción abra un recuerdo / por todos los aplausos que en algún momento me hicieron feliz…

Camino por la plaza de la hermosísima Trujillo, en la costa norte del Perú. A mi alrededor los edificios hispánicos están intactos en colores tierra, ocre, mar. Veo los balcones de madera que se estiran sobre las veredas impecables y las flores todas alrededor. Esta ciudad fundada por Pizarro, tiene las Huacas del Sol y de la Luna, gigantescas pirámides de dos mil años. Tiene el complejo de palacios de Chan Chan, la iglesia de San Francisco y la casa (pensé en “iglesia”, ¡hay de los fallidos!) del mítico Raúl Haya de la Torre. Aquí, en 1820, después que San Martín desembarcara en Paracas (maso ochocientos kilómetros al sur), le envió al intendente una carta invitándolo a que se uniera a la causa y así Trujillo fue la primera ciudad del Perú en declararse independiente.

Tengo hambre, he pasado la última hora metido en una librería de viejo comprando un cajón de libros (¿cómo los haré llegar a Argentina? Misterio…) Camino por la peatonal, se abre una pequeña placita que remeda algún lugar de Andalucía. Entro en un bar, pido desayuno, el mozo no entiende y me trae pollo, bananas cocidas y café con leche. El lugar es antiguo, austero; la música hermosa. Me dejo llevar (algo raro), saco mi libreta y le pregunto al mozo por la música: “Es Lucha”, me dice parco. Al salir, después del pollo, las bananas y el café, me detengo en un puestito de música. Pregunto si tiene algo de Lucha. Me muestra una docena de discos: “Llévelos todos”. Trato de no hacerle caso, pero igual me vende una tarjeta de memoria con la discografía completa.

Paso los días enchufado al celular, conociendo la música de Lucila Justina Sarcines Reyes, La Morena de Oro del Perú, o, simplemente, Lucha Reyes. Esa africana del Perú tiene una voz única (su rostro también, con pelucas y pinturas de colores a lo negra de Motown). Canta música folclórica, la llamada Música Criolla por los peruanos. Escucho valses y boleros, su primer éxito de los cincuenta: “Abandonada”. La acompañan sólo dos guitarras, una formación típica del Perú criollo. Me entero que viaja por todo el país, que ha sido una niña pobrísima en una familia de una decena de hermanos. Cursa un colegio de monjas hasta el tercer grado, ama a los pobres, se desvive por ellos (caridad cristiana que le vuelve multiplicada). Viaja por los pueblos y las ciudades, siempre con sus pelucas y los labios de colores chillones. La anuncian con carteles también estridentes, batiks en verde, fucsia y turquesa. Es joven (morirá a los treinta y siete), su cuerpo es menudo, posa con una guitarra, después con sus muñecas, siempre dentona. Javier Ponce Gambiria, ya acá, ya cuarenta y cinco años de muerta la Morena de Oro, dice: “Si los peruanos no tuviéramos ese menosprecio por lo nuestro, Lucha Reyes hace rato hubiera sido considerada nuestro ícono gay. Fascinada por las pelucas y haciendo gala de una presencia escénica inmejorable, nos captura con un repertorio colmado de amores desgarrados. Elegante, dulce y violenta, se enfrenta al fracaso como una verdadera ‘drama queen’. Nadie puede negarlo, Lucha Reyes es una referente de fortaleza contra la adversidad. Una mujer que se sobrepone a todos los prejuicios de su época y que, a través de su talento, alcanza el éxito. Un monumento al desagravio”. Después veo una foto de dos mujeres tomadas del brazo y maquilladas de la misma forma kitsch; son Lucha Reyes y la famosa transexual francesa, Coccinelle a la que le habían prohibido actuar en Lima y que después lo haría, justamente de la mano, de Lucha. Finalmente, antes de morir de un infarto, como brava diosa que se las precia, triunfa en el mítico Waldorf-Astoria de Nueva York: No habrá resentimiento aquí en mi pobre alma / ninguna mueca triste, solo habrá sonrisas en mi corazón. / Pero perdonen si esta vez una lágrima se escapa / será por la emoción de poderles cantar mi última canción…

 
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