Murasaki y el empoderamiento

Otro día en el paraíso | Por Federico Racca

“Yacía allí, tan hermosa y adorable como siempre, pero ahora delgadísima e incapaz de hablarle de su profunda aflicción ni de su pena porque se hallaba en un estado de semiconsciencia, una imagen que alejaba de la mente del emperador cualquier idea de los tiempos pasados o futuros y sólo le permitía decirle, con lágrimas en los ojos y de cuantas maneras sabía, lo mucho que la amaba. Al ver que ella no le respondía, sino que sólo yacía sin fuerzas y en apariencia desvanecida, con la luz apagándose en sus ojos, él no tenía el menor indicio de cómo actuar. Incluso tras haber firmado un decreto que concedía a la dama el privilegio de un carruaje tirado por sirvientes, entró de nuevo en el aposento de ella, incapaz de permitir que se marchara. —Me prometiste que no me abandonarías jamás, ni siquiera al final —le dijo—. ¡Y no puedes abandonarme ahora! ¡No lo consentiré! Ella se sintió tan conmovida que pudo susurrar: —Ahora ha llegado el fin, y me llena de pena que debamos separarnos: el camino que preferiría seguir es el que conduce a la vida.”

Este párrafo pertenece a la Novela de Genji, que narra una saga familiar de más de setenta y cinco años. Aunque parezca increíble en un texto escrito hace más de mil años, mucho de lo que por ejemplo leemos en Cien años de soledad, del querido Gabo García Márquez, viene del príncipe Genji, de su larga lista de amores desdichados y del dolor que esto produce en las almas de los personajes. La Novela de Genjies considerada por muchos como la primera novela moderna en razón del detenimiento en la psicología de los personajes y por el proceso de “canibalización” para con la poesía, siendo que esta es centro de la novela pero, a la vez, subordinada a la estructura de la misma. La novela de Genji concluye tristemente, tal vez siguiendo esa frase de su autora que muestra la difícil posición de la mujer en su sociedad: “No sabiendo dónde ponerme ni qué hacer, continúo existiendo a pesar del desánimo.” Recordemos en esto del desánimo, que en el final de Cien años de soledad, Aureliano Babilonia y Amaranta Úrsula tienen un hijo que nace con cola de cerdo, que este es llevado por las hormigas y que Macondo desaparece.

La primera parte de La historia de Genji puede ser considerada un texto completo (en esto también es antecedente de textos como En busca del tiempo perdido, o el capítulo del Informe sobre ciegos encapsulado en Sobre héroes y tumbas del maestro Sábato). Cuenta la larga historia del príncipe Genji, su nacimiento, su vida en el palacio, hasta su muerte retirado del mundo. La segunda parte simula un limbo, con historias que siguen a la muerte de Genji. La tercera y última parte, sigue a Kaoru, hijo de Genji que desprende un olor maravilloso desde su nacimiento. También habla de Niou, otro joven descendiente de Genji. Los jóvenes son amigos, pero el amor los enfrenta.
Este retrato enorme y minucioso de la sociedad japonesa del año mil, una de las más refinadas de la Edad Media, es realizado por Murasaki Shikibu, una joven de la baja aristocracia. Murasaki vivió en la corte y su misión era entretener a la emperatriz Akiko debido a su gran talento como narradora. Vivió sólo cuarenta años, escribió esta gran novela, un diario y una serie de poemas considerados de culto. Su padre era especialista en chino, de él aprendió el amor por las historias. Se casó pero enviudó al poco tiempo. Tuvo una hija conocida como Daini no Sanmi, a la cual algunos le atribuyen el haber escrito las dos últimas partes de la Novela de Genji.

Murasaki tenía un agudo sentido de la observación que quedó plasmado en la novela. Cada actividad, sentimiento y cuadro de su sociedad fue narrado en su trabajo. No hay indicios de la fecha exacta en que Murasaki Shikibu comenzó su relato ni cuándo lo finalizó. Sin embargo, sabemos que cerca del final puede hojearse lo que sigue: “La monja le leyó la carta de su hermano: Esta mañana ha venido aquí su señoría el comandante para preguntar por ti, y le he dicho todo lo que sé. Has dado la espalda a su profundo afecto con tu renuncia al mundo, refugiándote entre toscos aldeanos de montaña, y a juzgar por lo que ahora sé, y que me ha sobresaltado, esto podría ser contrario a nuestras intenciones y valerte la condena del Buda. Deseo que sepas que no debes seguir comprometiendo tu vínculo con él y que has de disipar las nubes del pecado que causa el apego que te tiene, confiando entretanto en que un solo día de renuncia confiere un mérito inconmensurable.”

 
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