Muralla China

Otro día en el paraíso | Por Federico Racca

“El extremo norte de la Muralla China ya está concluido. Dos secciones convergieron allí, del sureste y del suroeste. Ese sistema de construcción parcial fue aplicado también en menor escala por los dos grandes ejércitos de trabajadores, el oriental y el occidental. Este era el procedimiento: se formaban grupos de unos veinte trabajadores, que tenían a su cargo una extensión cercana a los quinientos metros, mientras otros grupos edificaban un trozo de muralla de longitud igual que se encontraba con el primero. Una vez producida la unión, no se seguía la construcción a partir de los mil metros edificados: los dos grupos de obreros eran destinados a otras regiones donde se repetía la operación. Naturalmente que con ese procedimiento quedaron grandes espacios abiertos que tardaron muchísimo en cerrarse: algunos lo fueron años después de proclamarse oficialmente que la Muralla estaba concluida. Se afirma que hay espacios vacíos que nunca se edificaron; aseveración, sin embargo, que es tal vez una de las tantas leyendas a que dio origen la Muralla y que ningún hombre puede verificar con sus ojos, dada la magnitud de la obra”.

Ese enorme escritor -y tímido hombre- llamado Franz Kafka, pensó los porqués de la Muralla China en un texto que nos llegó de rebote, tal vez en una versión preliminar. En él, Kafka piensa en gente del tiempo de la larga construcción, en sus vidas y sus costumbres, pero sobre todo se hace la pregunta -que aparece implícita en el trozo anterior- de para qué construir una obra de esa magnitud, cuyos trabajos duraron más de mil años, sin poder cumplir la función defensiva que debía tener.

En la actualidad, hay otra obra que sigue esa tradición de íconos que son construidos durante varias generaciones. La Sagrada Familia de Barcelona, la catedral que todos asociamos a Gaudí, está cambiando. Después de casi un siglo de la muerte de Gaudí, cinco nuevas torres están subiendo -y a punto de alcanzar- a las cuatro de Gaudí. La explosión de dinero que el turismo deja, permitió que las obras se aceleraran y ya lo que conocíamos no será igual.

Volviendo a la pregunta kafkiana -y por lo tanto con respuesta parcial- de para qué la construcción de la Muralla China -también de para qué la construcción durante siglos de una catedral- la respuesta que insinúa Kafka es que con su decisión, el emperador -las dinastías durante un milenio-, lo que estaban construyendo no era una obra arquitectónica sino una nacionalidad, estaban unificando un territorio con una obra ilusoria, una ensoñación material. Con cal y canto en una zona, con piedras que parecen de plata en otra, las paredes de la Gran Muralla se elevan como los fantasmas en las brumas de las montañas de Jinshanling.

“A nuestro mundo llegó entonces la noticia de la construcción de la muralla. Lo hizo con retraso, unos treinta años después de su proclamación. Era una tarde de verano. Yo, de unos diez años, me hallaba con mi padre a la orilla del río. Recuerdo todavía los detalles más nimios. Me tenía de la mano —lo hacía con placer, hasta en su vejez avanzada— y deslizaba la otra por la pipa, larga y muy fina, como si fuese una flauta. Mirábamos y entonces se detuvo una barca ante nosotros; el barquero se acercó y susurró algo en secreto al oído de mi padre. No comprendí lo que decían, sólo vi que mi padre no parecía creer la noticia, que el barquero trataba de reforzar su veracidad, que mi padre aún no podía creerla, que el barquero, con el apasionamiento que lo caracteriza, casi se desgarró sus ropas en el pecho para probar lo que decía, que mi padre se tornó más silencioso y que el barquero saltó ruidosamente a la barca, alejándose. Mi padre, pensativo, se volvió hacia mí, golpeó la pipa, la metió en el cinturón y me acarició la mejilla. Era lo que más me gustaba, me hacía feliz, y así llegamos a casa. El arroz ya humeaba sobre la mesa, había algunos huéspedes y se vertía vino en las copas. Sin prestar atención a ello, mi padre, desde el umbral, comenzó a contar lo que había oído. No recuerdo exactamente las palabras, pero sí el sentido, debido a lo extraordinario de las circunstancias, aun para un niño, me penetró tan profundamente, que todavía hoy me atrevo a dar la versión oral. Y lo hago porque es muy demostrativo de las ideas del pueblo. Mi padre dijo esto aproximadamente: Un barquero desconocido —conozco a todos los que habitualmente pasan por aquí, pero éste era desconocido— me contó que se piensa construir una gran muralla para proteger al emperador. Sucede que frente al Palacio Imperial, reiteradamente, se reúne gente sin fe -incluso demonios- y disparan sus negras flechas sobre el emperador”.

 
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