Papeles, papeles

Escándalo institucional: Papeles, papeles

por Ernesto Ponsati

Visité Panamá dos veces. La primera, en enero de 1980, de viaje a Costa Rica y Nicaragua; la segunda, en julio de 1982, para participar en un  congreso de la Federación Latinoamericana de Periodistas (Felap). Mi contacto inicial me dejó el asombro mayúsculo ante la cantidad de bancos internacionales de primera línea que se alineaban en las soleadas y arboladas calles del distrito financiero. Una tras otra, aparecían las sedes de las grandes entidades estadounidenses, británicas, suizas, francesas y seguro de otros países desarrollados que me pasaron inadvertidas.

Por esos días, en la Argentina, aupadas por las políticas de José A. Martínez de Hoz, proliferaban nuevas firmas del rubro, pero en un contexto marcadamente más modesto: bancos, banquitos, banquejos y banquichuelos escalonaban sus puertas en la City porteña, creciendo como yuyos en el campo después de una lluvia veraniega. Las cuevas usurarias se transformaban de la noche a la mañana en “financieras” y éstas subían de categoría rápidamente para alcanzar el rango de bancos. La “tablita” de Joe permitía excelentes negocios especulativos mientras la deuda externa crecía a pasos agigantados. 
 
Empero, Panamá era distinto. Allí se concentraba la aristocracia planetaria del dinero, cosa que sorprendió a mi mirada de periodista provinciano. Está bien, por su canal pasaban cada día decenas de miles de millones de dólares en mercaderías que iban de Oriente a Occidente, y en sentido inverso. Pero así y todo no se explicaba tamaño auge: podía decirse que era como una sucursal de Wall Street. 
 
Algo me dijeron acerca de que Panamá daba facilidades a multitud de empresas de todo el mundo por sus leyes más laxas y sus bajos impuestos. Las compañías emigraban hacia allí sobre todo por las ventajas fiscales, y detrás de ellas, o con ellas, llegaban los bancos dispuestos también a hacer buenos negocios; todos, en el afán de evitarse pagar los impuestos que gravan las operaciones económicas en países como Estados Unidos, Suecia, Inglaterra o Japón, por citar solamente a algunos. No se había extendido, hace 36 años, el término de paraíso fiscal, pero ésa era precisamente la idea que se me explicó entonces y que ahora comprende hasta el más despistado de los mortales.
 
Ahora, la pregunta ineludible es: ¿para qué se fundaría una empresa o se abriría una cuenta bancaria numerada en un paraíso fiscal? La respuesta obligada abre un interrogante sobre la legalidad de los movimientos de esa empresa o sobre el origen de los fondos depositados (ocultados) en aquella cuenta corriente de un banco de la isla británica de Jersey o de Suiza o de alguna otra guarida fiscal. Porque en ellas abundan los estudios, como el de Mossack Fonseca, especializados en la creación y gestión de sociedades que sirven para lavar dinero, ocultar fortunas y eludir al fisco. 
 
Sus clientes son ricos y empresas de todo el mundo, evasores del fisco de su país o dedicados a actividades delictivas: tráfico de drogas, comercio ilegal de armas, tráfico de personas, falsificación de productos de marca (desde perfumes hasta zapatillas), prostitución, evasión impositiva o la omnipresente corrupción, aunque la lista no es excluyente.
 
En la actualidad, se calcula que los paraísos fiscales esconden entre 15 y 30 billones (millones de millones) de dólares, casi todos ellos evadidos al sistema impositivo de la comunidad de países institucionalmente organizados. Estimaciones “conservadoras” de la OCDE (organización para el comercio y el desarrollo, organismo que reúne a los países de mayor industrialización), dicen que cada año los Estados pierden entre 100.000 y 240.000 millones de dólares debido a la evasión fiscal. Eso, en el marco de la crisis económica y la recesión que afecta a la economía del mundo, condena a la miseria y la marginación a miles de millones de personas en este castigado e inequitativo planeta. 
 
Los países en vías de desarrollo pierden, por ese mismo efecto, unos 120.000 millones de dólares al año. Son los más pobres, y por lo tanto los más vulnerables ante las prácticas elusivas de los grandes capitales. A veces los gobiernos de las principales naciones, los del G-20 por ejemplo, se fastidian y amenazan acabar con los paraísos fiscales y la lacra de la evasión fiscal. Pero esos proyectos acaban regularmente en promesas incumplidas. El poder de la plutocracia es más fuerte y condiciona, aherrojándolos, a los líderes políticos mundiales.
 
Mauricio Macri ha sido rodeado, protegido, blindado, por los principales medios de prensa, por su propio padre (que asume ser único dueño de una o de las dos empresas offshore en las que su hijo Mauricio aparece como vicepresidente), por la jefa de la Oficina Anticorrupción y por la mayoría del arco político del centro hacia la derecha. 
Los medios oficialistas dedican escaso espacio a brindar detalles sobre las conexiones de los Panamá Papers con el Presidente y su entorno, mientras distraen a la teleaudiencia con largas exposiciones sobre la presencia en esos documentos de jugadores de fútbol, políticos extranjeros, figuras de la farándula internacional como la hermana del ex rey Juan Carlos de Borbón. Macri también se acuerda de la pobreza y la inflación y trata de convencer al país de que “está todo bien”. 
 
No, no está todo bien. La Oficina Anticorrupción y la AFIP están obligadas en impulsar una investigación transparente sobre lo que contienen y encierran los papeles de Panamá. Porque esto recién empieza.
 

 

 
 
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