Caballo de Troya

Caballo de Troya
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Por Ernesto Ponsati
Los dichos del ex militar Ernesto Barreiro, hoy sometido a juicio por su responsabilidad en delitos de lesa humanidad, han encendido nuevamente la discusión sobre las atrocidades cometidas por la última dictadura militar y sobre la vigencia de esas garantías constitucionales que tienen alcance universal. A primera vista, Barreiro rompe el pacto de silencio que 30 años mantuvieron los militares. También sugiere que seguirá aportando datos y que hay un cambio de orientación en la actitud de los pocos camaradas que están siendo juzgados con él, una especie de reconciliación (¿reconciliación dijimos?) con la sociedad que fuera agredida por ellos y que ahora los juzga con esa Justicia que ellos mismos ignoraron o pisotearon. Es posible que todo eso sea cierto, pero quedan las dudas sobre si es realmente así o si se trata solamente de una elaborada ficción para alcanzar un objetivo mayor hasta ahora no desvelado. Un Caballo de Troya.

Barreiro es hábil. Es un oficial de Inteligencia formado en la Escuela de las Américas, posiblemente con una estadía de perfeccionamiento en Panamá. Ha abrevado también en las doctrinas represivas francesas cuyos procedimientos muestra crudamente la película La Batalla de Argelia. Derrotados por la política, algunos de los terroristas de la OAS (organización del ejército secreto, por sus siglas en francés), cuando no se convirtieron en mercenarios en Africa, recalaron en la Argentina, donde tuvieron oportunidad de asesorar a nuestros militares. Una de las especialidades en los que franceses (y desde luego estadounidenses) eran expertos, era la de extraer información de los sospechosos detenidos. Barreiro y otros aprendieron en esa escuela y fueron implacables en la aplicación de tormentos conocidos en prácticamente todo el mundo (ver ¿De qué nos asombramos? en nuestra edición del lunes pasado). Se basaban en la crueldad de sus métodos y en la propia capacidad de obtener respuestas, de extraer secretos, en las primeras horas de interrogatorio antes de que la supuesta célula entre en alerta. Eso tenía un doble riesgo: por un lado, el interrogado podía ser inocente –caso que era trágicamente frecuente- y moría sin decir nada más que su nombre y domicilio; por otro, lado, el prisionero decía lo que sabía pero moría a causa de de la brutalidad aplicada sobre él. Esos “efectos colaterales” no tenían importancia para los investigadores de La Perla, pues para ellos las víctimas no significaban nada.

Barreiro miente sobre ese tema. Dice que en La Perla no moría gente, y eso está debidamente probado. La muerte era algo habitual, sea por los excesos en las torturas sea por los fusilamientos. Allí se hacinaban habitualmente medio centenar de personas de ambos sexos y de distintas edades. Cada tanto, cuando el número crecía demasiado, se disponía un fusilamiento. Los condenados eran subidos a un camión y llevados a algún lugar del campo de la guarnición donde ya se había cavado una fosa de un metro y medio de profundidad y de dimensiones adecuadas al números de prisioneros que serían ultimados. A éstos se los hacía parar al borde de la fosa y eran ultimados a balazos, de manera que cayeran al fondo de la excavación; posteriormente se los rociaba con gasoil y se les prendía fuego, tras lo cual la fosa era rellenada. Era el procedimiento habitual pero no quiere decir que se aplicara siempre. Dicen que Tomás Di Toffino murió de esa forma, en febrero de 1977 (había sido secuestrado el 30 de noviembre de 1976), pero también existe el relato de un estudiante de arquitectura que falleció por efecto de una trompada y el golpe contra una saliente al caer dentro de los edificios de La Perla. Cualquier cosa podía suceder en ese inframundo de la represión dictatorial.

Otra declaración sospechosa de Barreiro es la referida a los nombres que mencionó ahora a la Justicia. Trascendió que corresponden a víctimas de hechos acaecidos antes del golpe del 24 de marzo de 1976. Si se trata de la seguidilla de secuestros ocurridos en enero de ese año, podría incluir al dirigente lucifuercista Alberto Caffaratti; y si alude a secuestrados en las horas previas al golpe, podrían involucrar a Vaca Narvaja y Burnichon. Pero es difícil creerle a un sujeto tan siniestro como Barreiro; tan sólo podría aportar nombres de esa etapa de la represión porque él se hizo cargo de los procedimientos en La Perla después del 24 de marzo. Así, se diluiría parte de su responsabilidad en esos actos. Barreiro tiene un antecedente que habla a las claras de su capacidad para sembrar la confusión. En 1987, cuando debía declarar por otra de las causas derivadas del terrorismo de Estado, se hizo fuerte en dependencias del Tercer Cuerpo y ese acto de rebeldía se extendió entre sus camaradas y derivó en la asonada de los carapintadas. En crisis, la Democracia aprobó las leyes de Punto Final y de Obediencia Debida; las propuso Raúl Alfonsín y fueron votadas por el Parlamento. El proceso iniciado por Barreiro concluyó años más tarde en los indultos dictados por Carlos Menem, lo que da cuenta de la efectividad del ex mayor y hace que nos intriguemos ante lo que podrían ser sus objetivos actuales.

No nos cabe duda de que Barreiro esconde propósitos ocultos. Pero no podemos identificarlos, por lo menos con lo sabido hasta ahora. El ex torturador ha ofrecido una lista de nombres de desaparecidos y el lugar donde, dice, están sepultados. Se dice que espera a cambio una mejora en sus condiciones cuando este proceso judicial acabe, en alguna fecha del año próximo; y se afirma también que Barreiro confía en que un gobierno de otro signo cambie las políticas de derechos humanos, con una visión más favorable a él y al resto de los militares y civiles involucrados. Es posible: Mauricio Macri prometió acabar con “el curro de los derechos humanos”(allá él con esa definición) y operadores de Sergio Massa, aunque más cautos, sugieren la posibilidad de un cambio de perspectiva en cuestiones relacionadas con esos mismos derechos. Clarín y La Nación, diarios que sostuvieron al Proceso, han comenzado a hablar de reconciliación.

Acaso sea ésa la clave de todo este misterio creado deliberadamente por Barreiro y acaso el verdadero objetivo del otrora temido represor sea cambiar un pieza menor (la lista de desaparecidos con el lugar de enterramiento) y un vago reconocimiento de los crímenes de la dictadura, para que un Presidente de distinto signo político clausure definitivamente los juicios que todavía siguen desarrollándose. Un Caballo de Troya.

Hasta aquí, lo único positivo que se avizora es la posibilidad de que una veintena de familias pueda recuperar los restos de sus seres queridos. Para esas familias no sería poco.

E.P.

 
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