La edad de las Fiestas

La edad de las Fiestas
comillas01.pngLa última fiesta (si es que en realidad nos es permitido llamarla así) es la menos feliz de todas. Somos los anfitriones, es decir, los máximos protagonistas...comillas02.png

por Manuel Esnaola
Especial para HDC

UNO

La última fiesta (si es que en realidad nos es permitido llamarla así) es la menos feliz de todas. Somos los anfitriones, es decir, los máximos protagonistas, mucho más que en cualquier otra, pero eso no importa porque ya ni nos damos cuenta. Los amigos comen sanguchitos de miga de jamón y queso, de verdura con aceitunas y posiblemente toman una coca fresca, a lo sumo un vaso de whisky si es que los organizadores tienen solucionado el tema económico. La familia y las clásicas tías solteronas de asistencia perfecta están de pie a tu lado, siempre ahí, insoportablemente, bañándote con lágrimas, ensuciando con buenas intenciones el último destello, la última aparición pública de tu cuerpo. Es la fiesta de la muerte. Ahora mismo me acuerdo de aquello que escribió Borges en “Los conjurados”… eso de que debemos entrar en la muerte como quien entra en una fiesta.  


DOS
Generalmente hay cierta reticencia a festejar los cumpleaños de la tercera edad temprana. Los 60 años, por ejemplo. En los círculos familiares uno escucha cosas como: “no me vayan a organizar nada, ehhh, que ya saben que no me gustan las sorpresas” o “este año quiero estar tranquilo, no me gusta el amontonamiento de gente”. Creo que la cosa tiene que ver con que uno no quiere ser protagonista de las sentencia del tiempo, que es el único concepto en el mundo sin capacidad de engaño. Igual no siempre es así. A los sesenta también reflota, en algunos casos, una segunda adolescencia. Hay quienes buscan filtrarse por las grietas de una juventud que sienten perdida pero que de algún modo extraño ahora han recuperado a través de sus hijos. En casos como estos los varones sesentones clavan chombita de piqué con el cuellito levantado, pantalones a la moda y un buen par de gafas a tono. Sienten que todas las minas los miran… un clásico de época. En el caso de las mujeres de sesenta, hay cierta tendencia a emular la vestimenta de sus hijas y a menudo suelen parecerse tanto a ellas que tenés que correrles el platinado y mirarles los detalles del rostro para saber cuál es cuál. Las fiestas de 60 años son fiestas agridulces con comidas sofisticadas: siempre nos dejan un poco vacíos.     

TRES
Con el advenimiento de las conquistas sociales progresistas, el divorcio se ha convertido también en una fiesta popular entre los grupos humanos. Lo que allí se celebra, más que el acceso a una nueva libertad y las posibilidades de una renovada vida (que en realidad es, siempre, más de lo mismo, porque estamos condenados a vivir en los ciclos), es la superación de la engorrosa instancia legal que tironea de los bienes gananciales, esto para vos, esto para mí, no, no, no, eso es totalmente injusto, ¡sos un/a hijo/a de puta!, con la casa me quedo yo, bla, bla, bla. Y bueno, una importante parte de la torta para los cuervos.
Las fiestas de divorcio generalmente incluyen cena con los amigos o amigas, testeo de cócteles bien snobs, monotonía en diálogos direccionados al sexo, emborrachamiento excesivo, vómito en el inodoro de la casa de algún amigo porque aún no entregaron las llaves del departamentito de soltero (¿codiciado?) Después, el alcohol con su ejército de neurodepresivos hacen lo suyo al día siguiente.   


CUATRO
Los casamientos son celebraciones efímeras. Es como una convención para consagrar institucionalmente un sentimiento. Sería algo así como darle un marco legal y, a veces, hasta teórico y metodológico, a una conjunción de alegrías simples que acabarán convirtiéndose, posiblemente, en una conjunción de amarguras complejas. En las fiestas de unión matrimonial hay algunos personajes imprescindibles: el langa que baila con las viejas o alguna niñita inocente para sensibilizar a las solteras; el desubicado que le tira champán a la novia al estilo de los podios de la Fórmula 1; el tímido que se hace el sota copeteando en la mesa para que no lo saquen a bailar y del otro lado la típica cínica guapetona que juna al timidón y lo saca a la pista a los tirones. Las amigas, está claro, se cagan de risa como hienas. El casamiento, como los afiliados al catolicismo, es una liturgia que tiende a su extinción.  


CINCO
Las fiestas de recibidas universitarias suelen coincidir con la época furiosa de las discotecas. Sin lugar a dudas, en este tipo de festejos es donde más abunda el sexo. Claro está que coincide con la adolescencia madura y una variable no menos importante, uno vive solo por primera vez, en un departamentito equipado (en el mejor de los casos) o en alguna pensión o habitación alquilada. Pero no importa la naturaleza del inmueble, porque para la edad de oro de las fiestas, uno no necesita más que una cama o un colchón tirado en el piso. El amor y las endorfinas crepitan en los sueños húmedos de los estudiantes recién llegados a la “big city”.    


SEIS
Un renglón merecen las fiestas de 15 años. Generalmente uno va vestido con la combinación de un daltónico (como vos Esnaolita), pelo engominado y zapatillas luminosas. Este tipo de meetings suelen ser clave para los primeros besos y franeleos. Época propensa al dolor de huevos como variable constante. Yo sinceramente preferiría que todo sea al revés, es decir, que la vida termine acá, en las fiestas de la infancia, “los asaltos” como les dicen. Allí todo nos sorprende porque aún el mundo no ha asesinado nuestro asombro… el hecho de que alguien te roce la mano, por ejemplo, ya es una herida dulce para la posteridad. Termino con un párrafo de la novela “El Mar” de John Banville: “La felicidad era diferente en la infancia. Entonces se trataba sólo de (…) coleccionar cosas –nuevas experiencias, nuevas emociones– y aplicarlas como si fueran relucientes azulejos en lo que algún día sería el maravillosamente acabado pabellón del yo. Y la incredulidad, eso también era otra parte importante de ser feliz, me refiero a esa eufórica incapacidad de creer del todo en tu buena suerte”.

 
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