Fly Fly Caroline: nostalgia para combatir la nostalgia

Fly Fly Caroline: nostalgia para combatir la nostalgia
comillas01.pngEs domingo. Me parece importante aclarar esto de entrada. Es domingo y hace frío en pleno noviembre. Di vueltas en la cama hasta el hartazgo...comillas02.png

por Manuel Esnaola
Especial para HDC
UNO


Es domingo. Me parece importante aclarar esto de entrada. Es domingo y hace frío en pleno noviembre. Di vueltas en la cama hasta el hartazgo. Entendí que ese no era mi hábitat natural. En la cabeza, la borrachera y su ejército de neurodepresores ya hicieron su parte. Siempre es importante tener un plan, algo ahí adelante que nos diga que todavía no hemos renunciado a todo, que podemos combatir el aburrimiento con alguna modificación. No estoy siendo tragicista. En el fondo es un retrato bastante común. Como dijera Alejandro Dolina, un domingo es como una fiesta a las cinco de la mañana donde uno se da cuenta de que ha esperado en vano: no ha sucedido algo extraordinario, no han venido personas a salvarnos la vida ni hemos conocido mujeres maravillosas. Mientras busco en la heladera un alimento que definitivamente está en otra parte, me asalta una repentina energía. Este no es un domingo común. Caroline me invitó a un concierto de su banda en una casa en Alto Alberdi, algo bien íntimo, “entre amigos”. Vamos al punto dos entonces, que les cuento algo extraordinario.

DOS

Caímos con el Metra a la calle Haedo. Dimos un par de vueltas hasta que vimos dos globos en una puerta y entramos. Las luces tenues, las guitarras apoyadas a contra la pared y los almohadones desparramados por el piso aportaban su magia. Nos acomodamos en un sillón que estaba exactamente a un metro del escenario improvisado, mientras un dueto genial soltaba canciones de folklore, bossa nova y soft rock.
Después, cuando apareció ella, Caroline y su banda, todo fue sucediendo como si un telón de serenidad se apoyara sobre nosotros. Ella podría ser, de algún modo enigmático, una alucinante personificación de la filosofía hinduista. Acomoda los cables de sus pedales como si no la apremiara el tiempo… Caroline está fuera del tiempo. Le pregunta al bajista (Nicolás Travaini) “¿está bien así?”, acaso porque sabe que es la más desordenada de la banda y son muchos los cables.
Fly Fly Caroline es una banda de rock alternativo bien conectada a los parlantes. Fusiona talentosamente estilos como el pop, trip hop, “groove”, rock y folklore. Es increíble el sonido de la batería de Gabriel Merlo, a veces adulterada con un bombo legüero, pezuñas y hasta un juego de llaves que parece haber sido armado por él mismo. A esto se le suman las percusiones de Fernando Uñates, que despliega todo su arsenal de instrumentos: glockenspiel, shakers, theremin, quenas, flautas y quién sabe cuántas cosas más que escapan a mi conocimiento musical. Esa noche no estaba Manolo Lagos (primera guitarra)… pero no me fue difícil encontrar videos y canciones en la web. El tipo es un eximio guitarrista, refinado y muy prolijo. El bajista Nicolás Travaini parece ser el gran brasier del equipo, con sus acordes compuestos y una digitación implacable.  

TRES
    
Estamos a un metro de la batería. El Metra me dice que esta gente nos va a reventar los tímpanos. El espacio es reducido y Fly Fly Caroline ha multiplicado su variedad instrumental como si estuvieran a punto de tocar en Woodstock. Pero no. Caroline empieza a cantar y entonces todo es un viaje de introspección. Déjenme decirlo: la música de esta banda, al mejor estilo de los “romanticísmicos” alemanes, es una vuelta hacia uno mismo, a la naturaleza, a la revelación espiritual.
Mientras Caroline (que en realidad es Carolina Merlo) canta “no está tan mal, la soledad no está mal, ni de más”, pienso que ese sonido me recuerda a las canciones nostálgicas de Nick Drake. “Sunday”, le digo al Metralla que está hechizado como una cobra con el serpenteo de la flauta, “la canción de Drake se llama Sunday, ¿qué alegoría no?”. Pero no hay caso, ahora yo también soy una serpiente hipnotizada por el flautista de Fly Fly Caroline.
La cosa se pone heavy en “Las Ruinas”. Gabriel Merlo hace lo suyo y ahora es la batería la que rige el hechizo. Los otros instrumentos se van sumando a la manera del viento, levantando cortezas, restos, viruta de una nostalgia profunda… capa sobre capa de una materia indisoluble. Un sonido indescifrable detrás de muchos sonidos. “Acá estoy sola y al frente, el atardecer me conmueve / hasta que de repente, comienzo a quererme. / Y estoy recordando quién soy, yo vengo desde muy lejos…”, contraataca Caroline con su particular voz, el condimento exótico de la receta alucinógena de la banda. Definitivamente estas letras cuentan las cosas que no podremos decir nunca en voz alta.

CUATRO

Es domingo. Me parece importante aclarar esto otra vez. Es domingo y hace frío en pleno noviembre. Caroline me dice que le gusta escuchar a artistas como Radiohead, Björk, Atahualpa, Sigur Rós. Paremos acá. ¿Sigur Rós?... ¿esos islandeses maníacos de la tristeza? Yo escuché esa banda en un invierno alemán allá por el 2006. La escuché durante seis meses hasta que me doliera el último hueso del cuerpo. Tienen una canción que sólo repite algo como: “suspiras silencioso esta noche / estás tan solo / estás tan…”. Fly Fly Caroline es una banda como Sigur Rós. Si, ¡acá en Córdoba! Eso es. Yo también tengo una revelación. Estos cinco fenómenos cantan desde la nostalgia con esa impunidad de quien ha entendido que la vida también es un matiz de la tristeza. Fusionan sonidos, inventan, se caen “in the groove” de los acordes menores… hablan un idioma que está vedado pronunciar en la vigilia, un idioma que sólo puede existir en la revelación de los sueños. Díganme si este domingo no me acaba de suceder algo extraordinario. Knock Knock y me despierto “aunque no quiera hacerlo”.  

 
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