Dar en el encierro

Lectura de viernes | Por Leandro Calle

A estas alturas uno no tiene ganas de nombrar al maldito bicho, incluso tampoco tiene ganas de oír acerca de él, pero vamos, ¿acaso puede hablarse de otra cosa? Pareciera que no. La cuarentena comienza a ahondar poco a poco sus raíces y los efectos del encierro empiezan a amplificar las pequeñas neurosis, antes insignificantes, hoy obesas y altaneras, paseándose por la casa calzadas con el pijama de la normalidad. Cuando nos preguntan: ¿cómo estás? Uno tiende a responder: Hay días y días. Como si antes de la cuarentena, no hubiese acontecido más o menos lo mismo. Lo cierto es que uno se cansa de las redes sin jamás salir de ellas. Uno cree que vuelve cuando en realidad nunca salimos de allí. La palabra red, habla por sí sola. Somos un pescadito más en ese gran cardumen capturado por la red. Y así como hay días y días, también hay cosas y cosas. Uno llega a detestar a aquellos que envían diariamente al inbox un mensaje personal, un video, un flyer, meme o como se llame. Y hasta inconscientemente repetimos aquellas decisiones que detestamos en otros. Pero en ese pequeño-inmenso mar de la red, hay a veces hallazgos que manifiestan, no sólo la creatividad y la imaginación, sino ese momento mágico en que aparece, la belleza del mundo, la grandeza del corazón humano.

Dentro de las redes adecuadas a mi edad, la única que utilizo es la de Facebook. Allí, cada tanto pude ver y escuchar al tenor Marcelo Balsells. Una serie de videos de factura casera que aparecen en su página, de manera discreta sin aspavientos pero con la fuerza incontestable del arte. Balsells, es músico y tenor. Perteneció durante tres décadas a la célebre agrupación Opus Cuatro de amplia trayectoria en el ámbito nacional e internacional. Entre 2012 y 2016 se desempeñó como director de la Casa Argentina en París y hoy continúa su camino como solista. Este domingo de Pascua, en su página de Facebook, apareció el video con un encabezado que decía: “Cantando para mis vecinos. Gracias Esteban Morgado por grabarme la guitarra”.

Es conmovedor, ver a este hombre reconocido internacionalmente, asomarse a la gran escalera de su edificio, buscar una posición adecuada, saludar a sus vecinos que contestan sus “buenas tardes” desde otros pisos, escuchar los primeros acordes del maestro Morgado y cantar, en este caso, nada menos que “Como la cigarra” de María Elena Walsh. Marcelo canta como si estuviera en cualquier teatro del mundo. Está asomado al hueco de la escalera de su edificio. Nadie se acerca, todos respetan la distancia que impone la cuarentena. Canta con toda el alma. Se nota la entrega. Al final de cada estribillo abre los abrazos como si estuviera dando un abrazo: “Igual que sobreviviente, que vuelve de la guerra”. Termina la canción y se escuchan los aplausos de un conjunto de personas ciertamente privilegiadas. Marcelo sonríe, se asoma por el hueco de la escalera y con la mano saluda hacia abajo y hacia arriba. El encierro también genera estas cosas hermosas. Un corazón capaz de darse. La belleza posible, la belleza del mundo que solamente destella cuando puede compartirse. Yo, que no vivo en ese edificio, me encuentro escuchando una y otra vez la canción de María Elena.

Con los ojos llenos de lágrimas por la emoción que esta vez las redes del encierro y el encierro de las redes me han brindado, me adelanto hasta la biblioteca porque aparece como un relámpago en mi mente un poema de Nazim Hikmet. Curiosamente un poema que sin tener que ver con el encierro lo escribe en sus largos años que estuvo en prisión. Nazim, poeta turco, miembro del Partido Comunista, amigo inseparable de ese chileno universal que fue Pablo Neruda, anduvo de prisión en prisión así como anduvo de poema en poema. Varios poemas hablan de la necesidad, de los dolores y padecimientos de la cárcel. Por supuesto, del encierro. Un encierro más duro que el nuestro. En sus “cartas-poemas” se lamenta haberle escrito a su esposa la posibilidad que pendía sobre él de la pena de muerte. Ese poeta, arrinconado en la prisión, en una celda seguramente de dos por dos, húmeda y fría, escribió tal vez uno de los poemas más hermosos y esperanzadores:

“El más bello de los mares
Es aquel que no hemos visto.
La más linda criatura
Todavía no ha nacido.
Nuestros días más hermosos
Aún no los hemos vivido.
Y lo mejor de todo aquello que tengo que decirte
Todavía no lo he dicho”.

Todavía laten los hermosos versos de Nazim y la voz melodiosa de Marcelo Balsells. ¡Cuánto! me asombro, ¡Cuánto tenemos para dar en el encierro! La cuarentena y el aislamiento, nos han vuelto quejosos, el corazón se arruga como un bandoneón porteño y se queja. ¡Cuánto hemos perdido! ¡Cuánto vamos a perder! Sin embargo, la belleza del mundo, abre sus alas en esta posibilidad del darse. Habrá, es muy probable, una nueva reconfiguración del mundo. El encierro que nos tira para abajo socava también nuestra comodidad. Como el exilio que nos desinstala, este encierro es un exilio interior. Escuchando a Marcelo Balsells y leyendo a Nazim Hikmet me asombro ya no, ante lo que podemos perder como sociedad sino ante aquello que podemos ganar. Ojalá podamos cantar esos versos de María Elena Walsh en “Como la cigarra” esta manera de ofrecerse, de dar, en el encierro: “A la hora del naufragio/ Y la de la oscuridad/ Alguien te rescatará/ Para ir cantando”.

 

 

 
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