La cultura del despido, los despidos en Cultura

Lecturas de los viernes | Por Leandro Calle

Los otros días se me perdió una cita que había encontrado en las lecturas que estuve haciendo del romanticismo francés durante esta cuarentena. Me había quedado dando vueltas en la cabeza, y a mi modo de ver, me parecía suficientemente adecuada para algunas cuestiones que estamos viviendo en los espacios político-culturales. Del divertido ejercicio de buscar, pasé al de no encontrar y de ahí a la desesperación obsesiva y ansiosa. La cita era de Alfred de Vigny: me perdí en su “Diario de un poeta”, del que hemos hecho alguna cita en otro de estos viernes de lecturas, y pasé a buscar en Chateaubriand y en Goethe. Cuando ya estaba dando por perdida la cuestión la encontré en el mismo laberinto del diario en que buscaba. La cita dice así: «On ne doit pas avoir ni amour ni haine pour les hommes qui gouvernent. On le leur doit que les sentiments qu’on a pour son cocher; il conduit bien ou il conduit mal, voilà tout». Lo que en castellano se traduciría, más o menos, como: «No debemos tener ni amor ni odio por los hombres que gobiernan. Uno les debe los mismos sentimientos que uno tiene hacia su cochero; conduce bien o conduce mal, eso es todo”. Es una frase típica de la nobleza francesa en tiempos de decadencia y, por otra parte, evidentemente estamos jugando en el aspecto más superficial y descomprometido de la política, pero (siempre hay un pero) un poco de pragmatismo no nos viene mal.

Desafectarnos a veces de las cuestiones ideológicas de las “filias” y “fobias” vinculadas a la historia personal puede ayudar a objetivar la apreciación. Entonces: ¿conducen bien o conducen mal nuestros dirigentes? Y, si pensamos en las resonancias que han tenido los últimos despidos en la ciudad de Córdoba, la respuesta se cae de madura. ¿Puede ser una buena decisión echar a empleados públicos en medio de una pandemia? Obvio que no. No solo revela un desacierto, sino una falta de delicadeza y de cariño para con la gente. Ni que hablar si introducimos la palabra “justicia”. Un despido en estos momentos es la peor noticia en el peor contexto. Y en lo que concierne a la cultura, además del desacierto revela falta de idoneidad en las decisiones.

El clima político de los últimos años revela, en muchos sectores, que la cultura no ha dejado de ser una moneda de cambio, donde, en general, van a parar “vueltos” y “pagos” de favores, con las esperadas consecuencias: una estructura poco idónea. Nadie imagina un ministerio de Justicia (de la ciudad o de la provincia) en los que no haya abogados en las posiciones ejecutivas, ni tampoco podemos imaginarnos directores de hospitales o de áreas de Salud que no tengan una fuerte competencia en el campo médico. Sin embargo –y a lo largo de muchos años y de gestiones de diferentes signos políticos- en el área de Cultura aparecen sujetos (o sujetas, o sujetes) que no provienen de la especificidad del área en cuestión, y que, por extraño que parezca, poco o nada saben de la misma.

La cultura, en general, está vista como un gasto, y no como una inversión social. Echar gente en el área de Cultura para ahorrar no solamente es una decisión estúpida, sino que también revela la magra importancia que se le da a la cultura en esta ciudad y en esta provincia.

La educación y la cultura rinden frutos a largo plazo, por eso es una temática alejada de las campañas electorales y mucho más de la asignación presupuestaria. El “cortoplacismo” político al que nos hemos aferrado como comunidad termina manifestando un “enanismo” espiritual y político del que, a largo plazo, sufriremos las consecuencias.

¿Nos merecemos los dirigentes que tenemos? Tal vez sí, tal vez no. En el campo de la Cultura, hay que decirlo, no hemos logrado en la ciudad de Córdoba ni siquiera una representación gremial propia, profunda y de contundencia. En general el área de Cultura está atomizada y fragmentada, y ya lo sabemos: a río revuelto, ganancia de pescadores.

Lo paradójico, a su vez, es que somos la segunda ciudad importante del país, y siempre se hace referencia a esta urbe como “la Docta”… Creo que ya es un mote lejano, tan lejano como la Reforma del 18, o el Cordobazo. ¿No habrá que dejar de vivir de glorias pasadas? La Córdoba culta (y hablo de cultura en un sentido amplio, no elitista), y la Córdoba revolucionaria, están a años luz. ¿Se hacen cosas? Sí, por supuesto que se realizan cosas. Muchas y de buena calidad. Pero todo lo que se hace es espasmódico: no hay un proyecto claro y visible desde hace muchos años. Todo parece andar “como bola sin manija” empujado a los topetazos por el funcionario o la funcionaria de turno. Esta conducción espasmódica que se viene padeciendo en muchas áreas tiene que ver un poco con la cita de De Vigny. ¿Cómo conduce el cochero? Mal. Conduce al tun-tun. Va para allá, luego para acá. Esto puede deberse a varios factores: el cochero no oye bien; el cochero está desquiciado o también no sabemos decirle con firmeza y claridad al cochero hacia dónde queremos ir. Seguramente se deba a una mezcla de estos tres factores y algunos más que sería largo enumerar aquí.

Volviendo a De Vigny, dice en su diario: “La mayoría del público ordinario, en Francia, busca en las artes lo divertido y nunca lo bello. De ahí el espectáculo de la mediocridad”. Parafraseando al francés, me animaría a decir que muchos de los funcionarios buscan no estar al servicio del pueblo, sino del éxito personal, de ahí proviene la superficialidad de sus acciones.

Con el tiempo, diría Leopoldo Marechal, estas cosas se desnudan: “Conozco a personajes que se creían águilas/ temidos y solemnes en su pluma oficial,/ y que al ser desnudados exhibieron risibles/ alones de gallina”.

 
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