Un León de cien años

Por Leandro Calle

Conocí personalmente a León Ferrari hacia fines de 2004, es decir, en medio del escándalo. El Centro Cultural Recoleta, exhibía una muestra retrospectiva de León, que iba de 1954 a 2004. El reduccionismo dogmático solamente puso los ojos en dos o tres salas en las que Ferrari parecía ensañarse con el mundo religioso. El escándalo fue desproporcionado, hubo disturbios que, evidentemente, contribuyeron a agrandar más la fama que León Ferrari tenía ya bien merecida. 

Filas eternas para entrar a ver la muestra, en las que había curiosos, interesados y malintencionados. Asimismo, fanáticos religiosos rezando de rodillas el rosario, y el cardenal primado de la república –hoy actual pontífice- señalando con dedo acusatorio el carácter blasfemo de la muestra y la burla a los valores morales del cristianismo. Bergoglio pidió un acto de reparación en la víspera del 8 de diciembre, día de la Inmaculada Concepción. El cardenal y el artista se trenzaron en un “toma y daca”, que generó un chisporroteo social no solo en el mundo cultural sino en toda la sociedad, particularmente en la ciudad de Buenos Aires. La muestra cobró una mayor notoriedad, pero hubo también amenazas de bomba, destrozos por parte de vándalos al grito de “viva Cristo Rey”, y largos ríos de tinta en los periódicos. 

Recuerdo que Andrea Giunta, curadora de la muestra, me comentó que cada vez que traían los catálogos, que eran unos libracos enormes y maravillosos, había que revisar las cajas de los mismos, porque cada tanto había amenaza de bomba. Estas amenazas, en tiempos democráticos, pueden parecer un chiste, pero no lo eran y resonaban fuerte en el interior de León Ferrari y Alicia, su esposa, que sufrieron la desaparición de su hijo Ariel en el año 1977 bajo la dictadura cívico-militar.

La retrospectiva de León era mucho más extensa y considerable que las dos o tres salas que generaron tanta molestia al cardenal. Hablamos de 50 años de creación artística. Cabe destacar, por ejemplo, la obra en cerámica en los tiempos italianos, y las numerosas salas con caligrafías y arte abstracto con alambres. Sin embargo, los medios comprendieron bien la contienda, y se dedicaron a exacerbar las salas en cuestión, donde, a modo de collage, aparecían referencias religiosas vinculadas a la dictadura, o asociadas a un preservativo o cualquier otro tipo de provocación. Si algo no había en León Ferrari era la corrección política. Por suerte. 

En esos años, escribí una carta de lectores en el diario La Nación. Mi carta, pequeñita y de apoyo al artista blasfemo, pretendió ser publicada aquí en Córdoba, pero a nadie le interesó. Por caminos muy curiosos llegó a La Nación y si no fuera porque al final de la carta el que suscribía firmaba como jesuita, hubiera sido una carta de las tantas que llegaron. El avispero se movió bastante en el ámbito personal. Al otro día tenía cerca de 300 mails en mi correo. Había adhesiones, amenazas, felicitaciones y preguntas. También sonó algunas veces en el teléfono una voz chillona: “los zurditos como vos y Ferrari van a arder en el infierno”. Esas llamadas, evidentemente no atemorizaron a nadie, eran solamente la muestra de la intolerancia y de un espeso dogmatismo. 

En lo personal, creo que la obra más famosa de León, “Civilización occidental y cristiana”, que es un collage realizado magistralmente con la unión de un cristo de santería y un avión norteamericano, es una expresión profunda a nivel teológico de la que se puede sacar mucho jugo. Lo cierto es que me tiraron de las orejas, con vehemencia, en la orden jesuita a la que yo pertenecía en esa época, y me llamaron a silencio por un tiempo (“convendría que no hablaras ni en radio, ni en la televisión, ni escribieras sobre el tema”). No fue tan grave, pero sí marco una profunda desilusión. 

Lo cierto es que entre los correos electrónicos llegaron algunos del mismo Ferrari. Me invitaba al cierre personal de la muestra y allí fui. No lo conocía personalmente; cuando llegué estaba con un piloto para lluvia, era una persona muy alta. Nos dimos un abrazo largo. Venga, me dijo, pase y mire la muestra. Recorrí la muestra solo. Quedé maravillado ante las cerámicas y las esculturas con alambre. Y por primera vez me paré debajo del gran Cristo de Ferrari, que tanto ruido ocasionó en los años 60 en el Instituto Di Tella. 

Desde los 50 Ferrari viene haciendo ruido, y el ruido provocador no tiene el solo afán de provocar, sino de desinstalarnos, de sacarnos de nuestra comodidad dogmática. Luego pasé a las salas más cuestionadas, y mientras miraba observé en el reflejo del espejo que alguien estaba detrás de mí. “Estas son las salas problemáticas”, me dijo León con una sonrisa entre pícara y triste. Seguimos, juntos, recorriendo la muestra, para luego juntarnos con otras personas en el hall. Tres años después recibiría el “León de oro” de la Bienal de Venecia. Siguió trabajando a destajo, y falleció en Buenos Aires a los 92 años, en 2013. Este año hubiera cumplido unos redondos cien años. 

Ante tanto “jabón neutro” en el mundo de la cultura, yo celebro la provocación y la incorrección política de este León de cien años, cuyo emblemático Cristo es ya un clásico del arte argentino. Seguirá dando que hablar, y merecería estar, incluso, en un espacio de culto. 

 
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