Elogio del café

Lecturas de viernes | Por Leandro Calle

 

El bar de la esquina suena y resuena con altos decibeles entrada ya la noche. Me asomo por el balcón y llego a ver las luces de colores, el clima de “boliche”, mitad bar nocturno, mitad levante y dancing. Imagino que si atravesara la cortada caminando, me alejaría del bullicio y me acercaría a ese otro bar que suele estar despierto las 24 horas. Vaya uno a saber si así es ahora, en tiempos de pandemia. La gente ya no puede juntarse en sus casas y cierta lógica hay por la escalada de contagios, sin embargo, absurdamente, puede juntarse en un bar a tomar algo.

Tal vez sean medidas contradictorias, en un tiempo contradictorio que camina dos pasos hacia delante, tres hacia atrás y permanece en la intemperie. En el minúsculo balcón aparece el frío y casi como un amigo me invita a guarecerme. Estos no son tiempos de andar fisgoneando entre las rejas. Enciendo un cigarrillo y dejo que la noche baje su telón mojado sobre mis recuerdos y aparece un verso de Discépolo. Aparece solo, como una estrella fugaz. ¿Qué deseo hay que pedirle? El verso de Enrique viene acompañado por la voz de Edmundo Rivero: “… de chiquilín, te miraba de afuera/ como esas cosas que nunca se alcanzan”. La voz de Rivero parece inevitable y seguramente se debe al programa de Gerardo Sofovich, “Polémica en el bar”, cuya cortina musical –a la misma hora y por el mismo canal- anunciaba el comienzo del programa con “Cafetín de Buenos Aires”, de Mariano Mores y Enrique Santos Discépolo. Y así las cosas, parece que hemos revisitado o regresado a una especie de estado infantil en donde “con la ñata contra el vidrio” sentimos el anhelo, de entrar allí, a ese pedazo de médula barrial que late en las orillas de los cordones de la vereda que albergan las chupadas colillas de cigarros.

Nostalgia del café, del bar. En este país, cuando no se sabe qué hacer, cuando hay que tomar una decisión profunda, cuando nos encontramos con un amigo/a, cuando hay que separarse o juntarse, se toma un café. Córdoba está bastante desprovista de cafés. Porque es necesario no confundir las panaderías y los locales de moda, atendidos por estudiantes mal pagos (y en negro) que casi nada saben del oficio y donde, en la mayoría de los casos, el café está tibio e insípido como el alma de un político.

El mozo o la moza de un café es una especie de transfiguración. Uno cree que va a ordenar algo: un café en jarrito, un cortado mitad y mitad, una lágrima. No, no es así. El café puede ser la gruta de Calipso, incluso la de Polifemo. Allí Circe nos hace conversar entre nosotros, “los dopados” por la realidad de arreglar el mundo. Allí se nos inyecta la valentía, el desparpajo de decir lo que hay que decir: “esto se arregla así”; “si yo lo tuviera al gobernador le diría…”; “en este país somos hijos del rigor… (y si el que habla es un porteño, va a cambiar país por “ispa”).

En la travesía cotidiana, el café es una isla. La isla de los Feacios de Ulises donde contamos nuestras hazañas, penas y alegrías. Donde -como dice Homero Expósito- “se agrandaron tus hazañas con las copas de ginebra”. De algún modo, el café es el aeropuerto imposible de un paraíso perdido que no dejamos de buscar.

¿Y ahora? Ahora qué me quiere decir esta estrella fugaz que cruza por el escueto cielo de mi balcón. ¿Otra vez, estas cosas que nunca se alcanzan? Como un estado de puerilidad, sin fantasía, con el café virtual de las redes: Facebook, Zoom, Meet, Chat. Nostalgia del café. Escuela de todas las cosas. Y lo más importante, discepolianamente hablando: “Yo aprendí filosofía, dados… timba… y la poesía cruel de no pensar más en mí”. Efecto centrifugador que tienen los cafés, que nos descentra, nos saca de uno mismo. Poder mirar por la ventana para ver qué logran los viandantes, descubrir en el mendigo un escuálido dios griego capaz de hacer tronar las economías locales, o vislumbrar en el mozo un ángel terrorífico que tiene que pagar su hipocresía para volver a cantar en los coros celestiales.

Ahora estamos adentro, y estar adentro significa estar de nuevo afuera, con “la ñata contra el vidrio en un azul de frío” esperando volver a esas mesas “que nunca preguntan”, simplemente acogen como un abrazo el derrumbe de las penas o el encuentro con las alegrías.

Hace frío, y como no es un café, no pienso violar la cuarentena para deslizarme al corazón del ruido de un boliche apretujado con los colores de la alienación. Como preso, me prendo a los barrotes de la reja que mi balcón ostenta. Ni la luna ha venido a saludarme. Pienso en “El último café” (Catulo Castillo y Héctor Stamponi). Casi como una escatología del aroma humeante de una taza. Duele, la palabra “último”. Y mirando a la estrella fugaz, le pido un último deseo: no abandonar la pelea, parafraseando a Chico Novarro: “¡Qué bronca!/ Ver que la vida se apura/ en cada cacho de sol/ en cada noche de amor,/ en cada curda./ ¡Qué bronca!/ Saber que el tiempo se va/ y abandonar la pelea,/ antes del último round”.

 
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