Televisión porcina

Lecturas de viernes | Por Leandro Calle

El cerdo se remueve en el lodo y no se da cuenta de que todo lo que a él lo salpica es también lodo. Pero el cerdo no se da cuenta. No se da cuenta porque está en el lodo. ¿Cuánto de telespectador tienen nuestros periodistas televisivos? ¿O están tan metidos en el lodo de la pantalla que ya ni siquiera saben con qué sustancia salpican-informan a la sociedad?

Lo cierto es que, en estas últimas semanas de marchas, acusaciones, cadenas televisivas, etc., se ha visto en numerosos noticieros una moneda que ya viene siendo común: la pregunta al público. La pregunta por: “¿qué dice la gente común, el ciudadano de a pie?” Entonces los minutos pasan, y uno escucha diversos ciudadanos y ciudadanas, la mayoría de las veces con sus caras tapadas por el barbijo, criticar al gobierno, insultar a los periodistas, apoyar al gobierno anterior o al actual, esgrimir teorías extrañas, dar veredictos, acusar. El marco y el contexto de esta proliferación de opiniones se dan en el plano de los informativos de la tarde-noche, generalmente. Poco a poco, uno va notando que comienzan a visibilizarse sin sentido un conjunto de personas que no se sabe ni de dónde vienen ni a dónde van y, por otra parte, se opera desde los estudios mediáticos una real sobredimensión de opiniones superficiales (por ser suave en la adjetivación).

Las preguntas tampoco son muy originales que digamos, tendenciosas y simples, van al hueso del momento. Y algo peor aún, son preguntas cuyos destinatarios están en otros lados. Me explico: a quién puede importarle lo que opina Mengano, Fulano o Zutano sobre la reforma judicial, la cuarentena o la Organización Mundial de la Salud. Sin embargo, sería interesante que los mismos periodistas televisivos que con ahínco agitan, defienden, atacan o promueven el circo mediático de la banalidad hicieran las mismas preguntas a quienes deben hacérselas. Por ejemplo, aquí, en nuestra ciudad, sería interesante conocer de primera mano en la pantalla la opinión de los legisladores que apoyan o rechazan la llamada (por los mismos medios televisivos) reforma judicial. También sería interesante escuchar la opinión de fiscales y jueces y abogados. Es curioso que el televidente se entretenga con la zanahoria de si cuatro o cinco personas en una marcha atacan el proyecto de reforma de la justicia federal, o plantean un sinnúmero de propuestas frente al avance de la pandemia, mientras que, por otro lado, quienes toman decisiones permanecen en un silencio pueril y sospechoso.

¿Qué intereses se tejen en los medios televisivos nacionales y provinciales que no consiguen hacer un buen reportaje, una buena información a la ciudadanía? ¿Existe hoy la diferencia entre un informativo y un programa de chimentos? Porque después de tocar esa parcela raquítica y pobre de la realidad, se vuelve a estudios y los conductores hablan y opinan entre ellos, casi como si fuera una charla en la vereda o en el café de la esquina.

Aparte de sobredimensionar la estupidez pública, pareciera que el telespectador debe asistir a la opinión personal de cada uno de los que están en el programa, como si la opinión individual del que transmite una noticia fuera más importante que la noticia misma. Se podrá objetar que no existe la objetividad, pero un poquito de profesionalismo a la televisión argentina no le vendría mal.

Los conductores/as, celular en mano, tienden a decir: “¡me está llegando una noticia de último minuto que es importante!”, y entonces se puede observar a dos periodistas con la cabeza baja sobre la pantalla de su celular. Ni siquiera pueden mirar a la cámara. Esto, si pasara una vez, dos veces, no llamaría tanto la atención, pero es casi cotidiano.

Desde hace tiempo venimos hablando del exceso de la información. Hoy deberíamos agregar, a su vez, el exceso de superficialidad en la información. De algún modo, el resultado es que se pela la naranja para comerse la cáscara. Lo esencial no solo es invisible a los ojos, como diría el amigo del Principito, sino que pareciera que lo importante está conscientemente ocultado.

¿Habrá dolo… o habrá lodo? Y hablando de lodo y recordando a los cerdos de la primera línea, como dice la sabiduría popular “la culpa no es del chancho, sino del que le da de comer”. Pues bien, allí habrá que hacer las preguntas, allí deberíamos dirigirnos para preguntar y visibilizar los porqués y las causas de esta mediocridad. ¿Nos merecemos una televisión mejor? ¿O la dichosa “caja boba” no es otra cosa que el reflejo sinecdótico de lo que nos hemos convertido?

Los efectos de que la piara a la que todos pertenecemos elija comerse la cáscara tiene que ver con los intereses que hay en juego. Cuando se tocan los intereses propios, duele; y cuando se tocan los ajenos, puede ser peligroso si el tal ajeno es un poderoso que prefiere tejer desde las sombras y el anonimato. Hélder Cámara (Brasil, 1909-1999), arzobispo brasileño de Recife y Olinda, activo miembro por los Derechos Humanos y propulsor de la teología de la liberación, dicen que decía: “Cuando le doy comida a los pobres, me llaman santo, pero cuando pregunto por qué son pobres me llaman comunista”. Hacer buenas preguntas, a los destinatarios correctos, y preguntar por las causas, generalmente se vuelve peligroso porque toca intereses concretos y devela los entretejidos del poder.

Hay que dejar de jugar en el chiquero. Y recordar aquello de la sabiduría popular: a cada chancho le llega su san Martín.

 
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