El monte arde

Lecturas de viernes | Por Leandro Calle

Cuando le pregunté por qué plantaba árboles, me dijo: “pienso el futuro sin mí”. Mi amigo Diego Fonti es filósofo, se doctoró en Alemania y lo conozco hace ya veinte años. A lo largo de las numerosas conversaciones que hemos tenido, en algún momento desliza humildemente esa tarea que acomete desde hace ya mucho tiempo: plantar árboles. Comencé equivocándome, me dice, porque al principio reproducía paraísos, hasta que supe que son una plaga para la flora nativa. Así que me fui informando, y continué de otra manera. Pero lo hago básicamente porque me gusta y por los beneficios de la sombra. También es un modo de resistencia política: no tengo el poder sistémico de hacer grandes cosas, pero esto sí lo puedo hacer. Y una vez que vi a una señora mayor con las piernas todas hinchadas descansando con las bolsas de las compras sentada bajo un árbol que yo había plantado, entendí que algunas cosas tienen sentido.

Paralelamente a este silente trabajo de hormiga en la paciencia de las siestas cordobesas, que probablemente es emulado por muchos más, aunque nunca los suficientes ni los necesarios, el monte arde. Este año encontramos devastadas 50.000 hectáreas y los fuegos continúan.

A diferencia del brote pandémico, al que podemos achacarle la originalidad novedosa de su aparición, los incendios en Córdoba son moneda corriente. Casi en su mayoría comenzados por descuidos humanos, o por perversas intencionalidades que luego son agravadas por el viento y la sequía. Más tarde aparecen los conatos de proyectos inmobiliarios, sembradíos de soja, carreteras, etc. Un hilarante y triste dato es encontrar que mientras se queman miles y miles de hectáreas de bosque nativo, en el Boletín Oficial de la Provincia, aparece aprobada la licitación por ocho millones de pesos para la realización de un arbolito de Navidad en Nueva Córdoba.

El tema de los incendios no es nuevo, y exige una toma de decisión en la política que vaya más allá del aspecto coyuntural. Los criterios espasmódicos al que la política argentina nos tiene acostumbrados, el triste y célebre “lo atamos con alambre”, no sirve más y no sirvió nunca. Necesitamos una política ambiental de largo y mediano plazo, que pueda prever y educar, porque también los ciudadanos tendremos que aprender a cuidar la vida.

¿Qué pasaría si cada estudiante de cada una de las escuelas de la provincia plantara un nuevo árbol allí donde la vida fue arrasada, o allí donde la tierra lo necesita? Cuando miramos el panorama desolador que dejan los incendios, parece que asistimos a una novela distópica en que la humanidad, acorralada, se da cuenta muy tarde del daño y la violencia que hemos ejercido en nuestro planeta. Me viene a la memoria este párrafo de “La carretera”, del escritor estadounidense Cormac McCarthy: “Se quedó escuchando el goteo del agua en el bosque. Lecho rocoso, este. El frío y el silencio. Las cenizas del mundo difunto trajinadas de acá para allá por los crudos y transitorios vientos en el vacío. Llevadas, esparcidas y llevadas de nuevo. Todo desencajado de su apuntalamiento. Sin soporte en el viento ceniciento. Sostenido por una respiración, temblorosa y breve. Ojalá mi corazón fuese de piedra”.

Pero nuestro corazón no es de piedra, y el mundo muerto o moribundo al que comenzamos a mirar despide olores nauseabundos, porque el estado de descomposición de la política es alto.

Incendios y pandemias en la boca de quienes mandan y comunican son botines de guerra para punzar una u otra idea política. Los medios de comunicación, en su gran mayoría, agitan el avispero, porque más importante es el rating que el futuro ambiental de nuestra tierra.

Desde diferentes organizaciones y algunos referentes de partidos políticos han propiciado el pedido de que no se puedan realizar negocios inmobiliarios en las tierras arrasadas, hasta que pasen, al menos, cincuenta años. El trabajo de concientización social, la incorporación de las cuestiones ambientales en el proceso de enseñanza-aprendizaje y la prevención, no son medidas coyunturales: exigen una política pública de largo plazo que debe, asimismo, manifestar idoneidad, interdisciplinariedad y transparencia.

El escapismo, las decisiones espasmódicas herederas de la violencia patriarcal (entre otras cosas) y el silencio estéril son contraproducentes y nocivos. Por otra parte, esto no es privativo de la dirigencia política, sino que tiene que ver con todos los ciudadanos y ciudadanas.

¿Por qué mi amigo filósofo planta árboles? Ya vimos algunas de las razones, pero hay algunos datos más que yo sé, aunque él no los refiera. En su incansable sembrar por los caminos, el filósofo que escribe sobre Levinas, Heidegger y otros lleva a sus hijos y les enseña: esto es un árbol, esto es plantar un árbol. ¡Argentinos, a las cosas!, diría Ortega y Gasset.

El poeta suizo Philippe Jaccottet, en cuya poesía habitan los pájaros y los árboles, encierra en unos pocos versos misteriosas y cálidas palabras: “Poco me importa el comienzo del mundo./ Ahora sus hojas se mueven/ ahora es un árbol inmenso/ del cual toco la madera desolada/ Y la luz atravesándolo/ brilla de lágrimas”.

Hay que llorar hasta la última lágrima. Hay que indignarse, sí. Pero también es necesario ponernos de pie y hacer algo, algo pensando en el futuro, sin nosotros.

 
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