Las patas en la fuente y las barbas en remojo

Lecturas de viernes | Por Leandro Calle

El 17 de octubre es, indiscutiblemente, un hito significativo en la historia política argentina. A partir de ese acontecimiento, los trabajadores y las trabajadoras ingresan en la vida política del país, y Juan Domingo Perón abre la puerta a un liderazgo social y político que tiene implicancias hasta el día de hoy.

Por eso es recomendable volver a las fuentes. El 17 de octubre, “día de la lealtad” para el peronismo, es una de las fuentes originales de este movimiento político y social. Volver a las fuentes como camino etiológico, para encontrar una explicación al presente. Paradojalmente, allí, donde la masa obrera puso “sus patas en la fuente”; allí, en la blanca capital porteña que se vio invadida por las hordas de hombres y mujeres de tez oscura; allí, la dirigencia peronista debería poner hoy las barbas en remojos para refrescarse un poco la memoria y saber de dónde viene y hacia dónde debe ir.

La historia, si bien conocida, es compleja en su interior y con diversas aristas de intrigas palaciegas en los ámbitos del ejército argentino. Edelmiro Farrell, presidente de facto, gobernaba la Argentina. (¿Gobernaba la Argentina?) El coronel Juan Domingo Perón, había ostentado tres cargos en ese Gobierno: vicepresidente de la Nación, ministro de Guerra, y secretario de Trabajo y Previsión. Habiéndolo quitado de los tres cargos, permanece preso en la isla Martín García. El día 17, por la mañana, comienzan a llegar a la capital desde distintos puntos del país y el gran Buenos Aires una llamativa masa de trabajadores. La Plaza de Mayo comienza a llenarse. Perón ya estaba en el Hospital Militar, con un astuto diagnóstico falso de pleuresía, preparando algunas estrategias. Farrell y su entorno ya no sabían qué hacer: había que negociar con Perón. Perón les dice que hay que llamar a elecciones.

El vínculo de unión del entonces coronel Perón con los trabajadores era bastante sólido, en razón de la labor que el coronel había realizado desde la secretaría de Trabajo y Previsión: la ampliación y profundización de los derechos laborales, en una Argentina todavía oligárquica y mezquina, había comenzado, y daría todavía mejores frutos en el próximo Gobierno, al que Perón llegaría por el voto popular.

La primera palabra con la que Perón se dirige al pueblo en la Plaza de Mayo es: “¡Trabajadores!” La identificación del líder con el pueblo está en esa palabra. Entre otras cosas, como el llamado a la unidad, hay una captación concreta del suceso histórico: “interpreto este movimiento colectivo como el renacimiento de una conciencia de los trabajadores, que es lo único que puede hacer grande e inmortal a la Patria”; y también un anhelo particularmente sensible: “que todos los trabajadores sean un poquito más felices”.

Felicidad y conciencia no son palabras que solemos poner juntas. Sin embargo, pienso que, para cualquier dirigencia política que abrace las causas del movimiento peronista, deberían ser un lugar de reflexión. ¿Trabaja hoy la clase dirigente para que los trabajadores y trabajadoras de nuestro pueblo sean un poquito más felices? ¿Tienen conciencia de que representan los derechos de la gente y no los de sus propios intereses? ¿Se articula el discurso con la praxis política?

Porque, de manera insoslayable, el “ser peronista” debería estar intrínsecamente relacionado con la clase trabajadora. Ni el carnet de afiliado, ni un título, ni un cargo en el Gobierno, ni una supuesta trayectoria en el pasado, ni un apellido, ni una genealogía familiar otorgan la verdadera e intrínseca pertenencia ase movimiento social que ha cruzado la historia argentina.

Por eso es necesario volver a las fuentes, y, en algunos casos, poner las barbas en remojo mientras otros se refrescan las patas en el agua. Porque en nombre del peronismo se siguen realizando incontables y diversas acciones que podrían clasificarse de diferente forma, pero hay algo insustituible: la conciencia de pueblo. Esta pertenencia debe ganarse todos los días. El “ethos” cultural de un pueblo pervive más allá de los clientelismos, de las trampas y de los engaños. Justamente porque está arraigado en la tierra de la memoria, abonada por el trabajo del dolor, la felicidad, la lucha cotidiana.

En la fugaz alusión que hace Eva Duarte sobre el 17 de octubre en “La razón de mi vida”, dice: “la luz vino únicamente desde el pueblo”. Tal vez en estos tiempos adversos, donde se encuentra a un peronismo unido apenas electoralmente, pero fracturado hacia su interior, sea necesario hacer una “señalética de la conciencia” y buscar en las fuentes el camino original, o, al menos, hacer un pequeño examen de conciencia civil, despojándose de la mentira, la hipocresía y la incoherencia. Es tan simple como la diferencia entre estar al servicio de la gente o servirse de ella.

Las ya famosas y tal vez un poco añejas “veinte verdades peronistas” cerraban la última página del Plan Quinquenal. En la “tercera verdad” puede leerse: “el peronista trabaja para el movimiento; el que en su nombre sirve a un círculo o a un caudillo, lo es solo de nombre”. ¿Y qué es el movimiento? bueno, eso quedaría para otro viernes. Mientras tanto, tal vez sea el momento de volver a las fuentes, peronistas y no peronistas, y allí refrescarnos las patas. O poner las barbas en remojo.

 
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