Crónica negra: Ballagas y Senghor

Lecturas de viernes | Por Leandro Calle

La primera vez que escuché hablar de Emilio Ballagas fue en la zona Oeste de la provincia de Buenos Aires. Un amigo recién llegado de Cuba se había entrevistado con el poeta Cintio Vitier, y había llenado sus alforjas con una innumerable cantidad de libros de poetas cubanos, en donde, particularmente, se destacaban aquellos del grupo “Orígenes”. Depositario de la generosidad de aquel amigo, que prefería la filosofía a la literatura, conservo aún hoy sus antologías de Ballagas, de Vitier, Gaztelu, de Carilda Oliver y de muchos más.

De Ballagas me interesó su poesía “negra”. Uno estaba acostumbrado a leer a Nicolás Guillén, pero el otro cubano a mí no me sonaba por ningún lado; pasaron más de diez años de aquel encuentro fuerte con la poesía cubana, y me volví a hallar ante los libros de Ballagas en un balneario de la costa atlántica argentina. A la moda de cualquier bañista que se precie en tiempos de calor, con pantalón corto y ojotas, anteojos de sol y bronceador, me encontraba en una misteriosa librería de saldos que todavía no comprendo cómo evitaba el percudirse de los libros ante la incesante humidificación salitrosa que traía la brisa de mar. Allí, en un anaquel bien alto, pude leer de nuevo el nombre de Ballagas. El librero, no era un desprevenido, pero se ve que hacía mucho tiempo que ese libro no recibía ningún tipo de consultas. Así fue que, después de un regateo amable, conseguí por unos pesos hacerme con el “Mapa de la poesía negra americana”, de Emilio Ballagas, poeta cubano del grupo “Orígenes” y parte, junto con Guillén, de lo que da en llamarse el “negrismo” en la literatura latinoamericana.

Es evidente que no hay muchas antologías de la poesía negra, y que, a partir de los estudios decoloniales, y de las intervenciones de autores como Édouard Glissant, Walter Mignolo, Albert Memmi, Aníbal Quijano, Rita Segato y otros, la cuestión de la llamada “negritud” ha vuelto a ponerse sobre el tapete.

Pero todas estas discusiones ya habían comenzado mucho antes, allá por los años 20, con el grupo del renacimiento de Harlem. Poetas norteamericanos como Langston Hugues y Countee Cullen ponían de manifiesto la cultura de raíz africana y la incesante discriminación y maltrato por parte de los blancos.   Unos años más adelante surge en Francia otro movimiento literario cultural alrededor de la revista “El estudiante negro”: Aimé Césaire, de Martinica; Léon-Gontram Damas, de Guyana; y Léopold Sédar Senghor, de Senegal, fueron los fundadores. En aquel contexto surgió y se acuñó el término “negritud”. Fue recién en al año 1948 que Léopold Sédar Senghor, publica la célebre y reconocida “Antología de la nueva poesía negra y malgache en lengua francesa”. El libro, aparte de una sucinta selección de poemas de un número cerrado de escritores (no hay ninguna mujer en la antología), contenía un prólogo de Jean-Paul Sartre, que, bajo el título de “Orfeo negro”, daba el puntapié inicial y publicitario a una de las antologías que más ruido hicieron en el hexágono del viejo continente.

Con Sartre a la cabeza, propulsor del existencialismo en boga, las luchas contra la discriminación, y el racismo y los movimientos independentistas africanos de la década del 60, la antología de Senghor se convirtió en un libro casi de culto. La fecha misma de su aparición tenía que ver con el centenario de las revueltas parisinas de 1848. Y aquí hay un dato que me parece interesante para volver a Ballagas.    Leyendo y releyendo algunos críticos antillanos y de la negritud, en medio de la traducción de poetas provenientes del África, volví los pasos sobre la antología de Ballagas, pero esta vez comparándola con la de Senghor. El cubano presenta una antología un poco más extensa (o, si se quiere, más representativa) en la que incluye, dentro del mapa americano, la lengua inglesa, la francesa y la portuguesa de Brasil. Pero lo más llamativo es la fecha y lugar de edición: Emilio Ballagas publica en el año 1946 su “Mapa de la poesía negra americana”. Es decir, dos años antes de la antología de Senghor.

Además, y para mi sorpresa, la casa editorial en donde se realiza la edición es Ediciones Pleamar, editorial argentina. La serie donde se aloja el libro del cubano es la Colección Mirto, dirigida nada más y nada menos que por Rafael Alberti. ¡Qué años aquellos para la edición argentina y americana! El libro es de una factura delicada, con tapas duras e ilustraciones. Como leí alguna vez, tal vez lo que le faltó a Ballagas, a diferencia de Senghor, fue un Sartre. Claro: esto lo leí de un español, y no deja de estar presente el criterio o argumento de autoridad, que no es otra cosa que una vieja dependencia colonial en lo que concierne al mundo intelectual.

Esto no significa dejar de lado a Senghor, u oponer los criterios de la negritud francoafricana con los criterios del negrismo antillano y latinoamericano. Surge, sí, el interrogante ante la persistencia de un pensamiento eurocéntrico, en desmedro de una perspectiva propiamente americana.

Asimismo, parece noble y justo visibilizar la discriminación y los olvidos del continente africano y de sus respectivas relaciones con Europa; sin embargo, pareciera que cuesta más visibilizar y poner en relación los temas de la negritud que subyacen olvidados en nuestro propio territorio americano.

Tenemos nuestro propio Senghor, que vendría a ser Ballagas; nos queda aún el desafío de pensar desde nosotros mismos, sin los habituales trasplantes del pensamiento europeo. Reconociendo y visibilizando, a su vez, el recorrido importante de muchas mujeres y hombres de la cultura que pensaron desde América Latina.

 
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