Crónica de un libro quemado

Lecturas de viernes | Por Leandro Calle

Hay un montón de libros muy interesantes, tienes que ir, me dijo Mestre mientras extendía sobre una mesa varios ejemplares de Nicolás Guillén autografiados y con unos dibujos espectaculares. No, no vaya Usted a pensar que me refiero al ex intendente de nuestra ciudad, que vaya uno a saber si leyó al poeta negro cubano. Hablo de Juan Carlos Mestre, poeta y pintor español: una de las voces más representativas de la poesía española actual.

Habíamos coincidido en un encuentro de poesía en Buenos Aires; Mestre es un gran coleccionista, el living de su casa es una suerte de trampa, en la que uno, si llega a realizar algún movimiento brusco, puede hacer caer una terracota del Tíbet, una porcelana antigua o una pila de libros importantes. Lo cierto es que yo le pasé el dato de una librería de libros antiguos, tal vez la más importante de la capital porteña, y Mestre encontró allí un tesoro recién recuperado. Se había quemado parte de una biblioteca, pero no era cualquier biblioteca, era un anaquel -o varios- de la biblioteca del poeta Roberto Juarroz.

Por qué terminaron esos libros de Juarroz en la librería de libros raros y antiguos, no lo sé. Lo cierto es que arriba, y aún sin precio y sin clasificar, había un mueble con varias maravillas a la venta. Cuando fui, los de Guillén ya no estaban, pero yo los había visto en manos de Mestre y quedaban en buenas manos. El dueño me dejó pasar porque tenía un afecto especial por los poetas; le aclaré que era un poeta pobre y, a diferencia de Mestre, sin euros. Cuando vi una decena de libros del francés René Char, con largas dedicatorias a Juarroz, enmudecí. Luego, más allá de enmudecer, me impregnó un irrefrenable deseo de convertirme en ladrón, cuando adentro de los libros encontré cartas manuscritas entre Juarroz y Char (en francés, claro). Dejé los libros en su correspondiente estante y llamé al vendedor, que me había dejado a mis anchas en el piso de arriba. Logré aplacar mi deseo delictivo y pregunté los precios. Les confieso que, al escuchar los montos, maldije no haber metido una carta en los bolsillos de mi saco. Pero el aguijoneo de la conciencia pudo más.

Seguí observando y, entre los libros todavía teñidos por el humo del incendio, encontré algo llamativo que decidí comprar a pesar de su costo: un libro de Neruda que no era Neruda. Sí, escuchó bien: “Los versos del capitán”. El poeta chileno lo escribió para Matilde Urrutia (la Chascona) cuando todavía estaba en pareja con Delia del Carril (la Hormiga). Fue por esa cuestión personal que Neruda publica de manera anónima ese libro. Primero, en una edición pequeña, pero luego apareció por la editorial argentina Losada. La portada lleva el título del libro y no hay autor. Su solapa es muy divertida: “Por una vez, los datos biobibliográficos que suelen preceder en esta solapa a la presentación de cada libro, faltarán inevitablemente. La forma espontánea como ha llegado el manuscrito a esta Editorial, el anónimo indescifrable que oculta al autor de los Versos del Capitán son, en última instancia, factores que pueden aumentar la curiosidad del lector o hacer que ésta se vierta únicamente sobre la belleza acrisolada y la autenticidad poética del libro en sí mismo… quien lo escribió no puede ser en modo alguno poeta primerizo, sino alguien que posee una destreza consumada… su autor parece ser, indudablemente, un hombre de lucha y de pasión. ¿Será pues, muy aventurado predecir que Los versos del capitán habrá de contarse algún día entre los más famosos y leídos libros amorosos de nuestro tiempo?”

Para más datos, en la portadilla del libro se lee, arriba del título: “Anónimo”. La complicidad de la editorial con Neruda es evidente, y también podríamos aventurar un planificado golpe publicitario.

Una vez ordenados los temas personales e íntimos del poeta, el libro saldría con todo el brillo de su nombre. La fecha de impresión es 1953; Losada, en estos casos y en otros, realizaba tiradas de 5.000 y 10.000 ejemplares y sucesivas reimpresiones: épocas de oro de la edición argentina. Más tarde, el capitán de los versos salió de su anonimato, y Losada publicó infinitas tiradas con el nombre bien claro en letras de molde.

Más allá de algunas incipientes marcas del incendio, encontré otras señales mucho más interesantes. Al parecer, como tantos y tantas otras, Juarroz subrayaba sus libros. Con marcador negro, encontré versos y estrofas señalados por el autor de “Poesía vertical”. En la última página, con lápiz y una caligrafía pequeñísima, una nota, según Mestre y el dueño de la librería, de puño y letra de Juarroz.

¿Un poema? ¿Una estrofa? ¿Un poema de otro poeta en el libro de otro poeta?

Transcribo: “(Crecer)/ Agrandarse, agrandarse, agrandarse:/ ¿Pero hacia dónde? ¿Y si no/ hay hacia dónde agrandarse?/ Empequeñecerse, empequeñecerse/ empequeñecerse. ¿Pero hacia dónde?/ ¿Y si no hay hacia adónde/ empequeñecerse?”

Ahora, el libro de Neruda, que era de Juarroz, que pasó por las manos de Mestre y descansó poco tiempo en un anaquel de la librería Carlos Casares, está en mi biblioteca. Un poco chamuscado, pero salvado del fuego. Ya sabemos de lo que es capaz el fuego en estas latitudes. Hago guardia de cenizas ante el fuego de la poesía y pienso que, de aquí a un tiempo, me va a ser necesario regalarlo. Algo así como pasar la antorcha para empequeñecerse y que pueda agrandarse con su luz la llama que pervive en el poema.

 
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