Las estrellas están muy lejos

Las estrellas están muy lejos
comillas01.pngEl bramido del cohete sorprendió a todos. A doña Eugenia la encontró resoplando por lo caro que están los tomates redondo...comillas02.png

por Pablo Moragues
Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.


El bramido del cohete sorprendió a todos. A doña Eugenia la encontró resoplando por lo caro que están los tomates redondos; Isabel y Marcos se sobresaltaron en medio de sus arrumacos, y los de traje bien cortado y anteojos de sol interrumpieron su conciliábulo para mirar por la ventana. No parecía nada especialmente impresionante, ninguna visión apabullante, pero era el primero. De a poco, la gente salió a la calle para observar al ingenio elevarse y elevarse, como una estrella fugaz en sentido contrario. Carlos, el mecánico, dejó de regatear con su cliente y el encargado de la sucursal abandonó por un momento la maquinita remarcadora. No era un espectáculo corriente.
Curioso contraste. Ahí arriba, una frontera que se esfuma, un objetivo que se cumple. Algo que se puede marcar como realizado en la lista de las compras. Pero acá abajo todo sigue igual. El aplastamiento, el derrumbe. Pasado el primer encantamiento, doña Eugenia rasca el fondo del monedero para pagar los tomates. Isabel y Marcos buscan cobijo una vez más en ese refugio obra de su propia invención. Los hombres, y mujeres, de ropa cara y lentes oscuros prosiguen con el complot. Hay que ver si todo se está desarrollando como lo han planeado. Parece que sí. Por lo menos, siempre ha sido así y no hay nada que indique que ahora la cosa sea diferente.
La estela del cohete persiste en el cielo nocturno y arroja una luz mortecina sobre una fosa. Es una fosa lúgubre de la que brotan huesos blanqueados por los años que buscan desesperadamente oídos que quieran escuchar. Parece mentira: la tecnología desafía el firmamento sideral mientras en la superficie fosas como ésta, que están donde la lógica siempre dijo que podrían estar, son descubiertas recién ahora. Un dolor largamente escondido bajo una tierra que tiembla ante el rugido de ese objeto que pugna por engullirse las estrellas. Claroscuros, singularidades de un pueblo que ha construido, y construye todavía, su identidad a remendones, renegando o ensalzando alternativamente a próceres y traidores.
El aura del bólido espacial alcanza también a un grupo creciente de casitas desvencijadas, en las que se hacinan cinco personas por metro cuadrado. Los cientos de mocosos que juegan en las calles embarradas miran para arriba y sonríen ante la luz fantasmal. Estiran la manito y se entristecen al notar que no pueden alcanzarla. Miran hacia adelante, hacia su futuro, estiran la manito y se entristecen al notar que no pueden alcanzarlo. Llama la atención que los hombres sabios que lograron remontar el barrilete a la órbita terrestre no sean capaces de mensurar con precisión los índices de mendicidad y de abandono que predominan en el fango. Será que no querrán, será que no podrán, será que no los dejan. Vaya a saber.
El estruendo del petardo etéreo parece ensanchar la grieta acá abajo. Será por eso que tantos andan siempre de salto en salto, haciendo pie en el primer rinconcito apacible que encuentran, hasta que con su olfato infalible se dan cuenta de que es momento de pegar otro brinco hacia lugares más tranquilos. Cosas de la fauna autóctona; la supervivencia de los más ricos, perdón, de los más aptos. Vaivenes permanentes. Un péndulo que hoy indica blanco y, previo transas y tráfico de voluntades, mañana nomás indicará negro. Los pies en agua helada y las manos en agua hirviendo. Un rompecocos eterno. Tratar de conciliar el sueño en arenas movedizas.
Pero el lanzamiento ha sido todo un éxito. Lo dicen los titulares y los titulares nunca mienten. Parece que ahora se podrá exportar algo más que productos primarios y futbolistas. Quién lo hubiera dicho. Un triunfo de la capacidad de la gente que habita esta tierra desgarrada por las contradicciones lanzado desde un anacrónico enclave colonial. Una postal de lo que es posible conseguir pese a las rupturas, pese a las corrientes encontradas y los intereses en juego. Pero la noche se está poniendo más oscura y el cohete ya es un puntito más de luz en el terciopelo negro. El hechizo parece desvanecerse irremediablemente. Las personas se meten en sus casas y ponen ocho trabas y cinco candados. Las motos calientan motores y sus conductores aprestan los cascos. La rueda de la fortuna empieza a girar y espera que salga el nombre del afortunado, aunque rara vez la timba derrama el néctar de la buenaventura sobre los elegidos.
Por entre las rejas, los sistemas de alarma y los alambres electrificados llegan los ecos de una nueva cuenta regresiva. Diez. Impulsores preparados. Nueve. Millones de almas perdidas buscan fuerzas para afrontar el día de mañana. Ocho. Los dueños del circo ultiman los detalles del plan para tomar otra vez el control de la situación. Siete. Sistema de guía en línea y listo. Seis. Viera usted el precio del kilo de cebollas. Cinco. Más de doscientos años y el rompecabezas todavía sin armar. Cuatro. Una tristeza enorme e inabarcable. Tres. El milagro desconocido de una caricia. Dos. Las estrellas están muy lejos. Uno. Un bebé que llora desconsolado. Cero. Hay que confortarlo, urgente.

 
© 1997 - 2019 Todos los derechos reservados. Diseñado y desarrollado por HoyDia.com.ar