En mi barrio le decían de otra forma

En mi barrio le decían de otra forma
comillas01.pngHay algunas cosas sobre las que uno preferiría no escribir más. Por cansancio, por monotonía, por hartazgo. Pero la realidad no entiende de conceptos...comillas02.png

por Pablo Moragues
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Hay algunas cosas sobre las que uno preferiría no escribir más. Por cansancio, por monotonía, por hartazgo. Pero la realidad no entiende de conceptos tan mundanos y, con la violencia de un verdugo, asesta golpe tras golpe en la cabeza hasta que uno toma la lapicera y deja discurrir las palabras que, al fin y al cabo, terminan escribiéndose solas. Y uno siente que esta historia empieza a asomar cuando el reconfortante ronronear de la computadora cesa súbitamente. En segundos, caen también, como por un efecto dominó, los cadáveres exánimes del aire acondicionado, el ventilador y la impresora. Y ahí estoy yo solo, rodeado de patéticos artefactos que, sin fuerza motriz que los propulse, se convierten en una simpática e inútil chatarra.

Abrir la ventana para buscar algo de aire fresco es una mala decisión. Ya con el vidrio y la cortina descorridos el sol de la siesta infernal irrumpe como una erupción volcánica y la piel se humedece en el acto con millones de perlitas saladas. Afuera arrecia el averno. Adentro, ahora, también. Émulas de Satán, adoradoras de las llamas estivales (aunque sea primavera), abajo, en la vereda, pululan las almas descarriadas que una y mil veces creyeron. Oh, sí, creyeron todas las promesas que una y mil veces les espetaron en la cara, y ellas las aceptaron así como así porque de eso se trata la credulidad, combinada con apatía y con una buena dosis de estupidez.

Mejor bajar. Jornada laboral obligadamente concluida. Desde ya, el ascensor está descartado. Por las escaleras, entonces. Precioso. Por lo menos es cuesta abajo. Y uno, a esta altura, se consuela con cualquier cosa. En la acera las suelas de las zapatillas se hacen chicle al tomar contacto con las baldosas calcinadas. Por todos lados la gente se arremolina y comenta la desgracia con una inagotable catarata de frases hechas que, en definitiva, no dicen nada de la situación y sí dicen mucho de quienes las profieren.

Por la ventana veo a los parroquianos de un bar, sudorosos y apretujados debajo de un ventilador al que miran con desesperación mientras las aspas del aparato se van deteniendo sin remedio. Giran cada vez más despacio, más despacio, despacito, muy despacito hasta quedar inmóviles, interrumpiendo el último hálito de frescor que tornaba habitable el ambiente. Todo es incertidumbre. Qué será de nosotros. Me corro rápidamente cuando veo venir al dueño del bar arrastrando una heladera, cuyo contenido, ahora líquido, vacía sin miramientos en una alcantarilla. Detrás viene un ayudante que tira a la basura kilos y kilos de comida en un primoroso estado de putrefacción. Sustancias viscosas, descomposición, melazas llenas de moscas. Um, ya me dio hambre.

Cazo el coche y pongo proa a casa, con la ingenua esperanza de llegar rápidamente. Pero no todo puede ser siempre como uno lo espera y en este país, precisamente en éste, las cosas nunca son como uno las espera. Como tanto otro utensilio inutilizado, los semáforos abren sus cuencas vacías de toda luminosidad dando paso a un caos metafísico. Si uno tiene en cuenta que incluso cuando funcionan el caos es de proporciones colosales, sólo una imaginación retorcida y bien argentina puede asimilar qué pasa en las calles cuando ni siquiera hay semáforos. Pasa esto, lo que vos sabés; el retorno a las cuevas primigenias, a los instintos más básicos, a una jungla original de la que acaso no hemos salido todavía. Es el imperio de los elementos, la naturaleza arrasando con la soberbia humana. Y uno mira con envidia a esas siluetas que se adivinan detrás de los vidrios polarizados. Uno se las figura irritables pero al menos confortadas por el aire acondicionado del vehículo. En mi caso, el Taunus modelo 82 no da para tales sutilezas.

La aproximación a casa es un anticlímax. Las avenidas y los espacios verdes lucen oscuros, muy oscuros, y eso nunca es un buen augurio. En efecto, abrir la puerta e ingresar al hogar, dulce hogar, es adentrarse en una dimensión alternativa que resulta ser una mixtura de baño sauna, ambiente de submarino de la década del 40 y vestuario de Chacarita después de un partido con 40 a la sombra. La sofocación golpea los oídos como estrujando el cerebro y mantener la cordura, la poca que va quedando, se torna muy difícil, muy muy difícil. Sin nada que prenda o se accione, la única alternativa es sumarse al corrillo de vecinos que lucen en la vereda, y en medio del crepúsculo, sus mejores galas de ojotas, bermudas hilachentas, rollos adiposos y soleras manchadas con salsa de tomate.

Uno de ellos, de dudoso buen gusto, saca a relucir una vetusta radio que exhala algún que otro signo de vida cuando le ponen las cuatro doble A. Ahora todos, reunidos alrededor de ese postrero contacto con la civilización, escuchamos y esperamos noticias mientras nos secamos los sobacos con la sábana del perro. Inmediatamente inundan el éter palabras archiconocidas, insípidas, que desde hace años se han convertido en significantes sin significados. Explicaciones, justificaciones, excusas y, cómo no, más promesas. Palabras como “imponderables”, “imprevistos”, “mala suerte”, “viento norte”, “destino”. Curiosa colección de eufemismos. De chiquito, en mi barrio le decían de otra forma.

 
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